[EDITORIAL] Venezuela, un nuevo escenario político

Venezuela, un nuevo escenario político

Equipo Editorial

Revista Nuestra América

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Actualmente Venezuela se encuentra en el centro de la política latinoamericana,  ¿Cómo no? Violencia en las calles, acciones terroristas de amplia naturaleza, quema de personas, -intentos- de asaltos a cuarteles por partes de civil y militares; Asamblea Nacional Constituyente, “consultas democráticas” por parte de la oposición, etc., en definitiva todos los condimentos y aderezos necesarios para tener, en los hechos, una situación en extremo compleja. De hecho, analizar estos sucesos, incluso la configuración de factores que articularon las posiciones en la actual arena política, se hace un ejercicio casi imposible de abordar. No obstante intentaremos esbozar una opinión respecto a las perspectivas y tareas que abren en este particular nuevo contexto político.

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Los más de 8 millones de venezolanos que participaron en la elección de los constituyentes expresaron un apoyo impresionante al proceso de discusión democrática que ya se abrió. Esos 8 millones son más de lo que el Gran Polo Patriótico Simón Bolívar (coalición compuesta por el PSUV, Partido Comunista de Venezuela -PCV-, Tupamaros y otros partidos menores que gobierna Venezuela) sacó jamás representan más del 70% del padrón electoral efectivo (incorporando el porcentaje de quiénes no votan en promedio). Es una victoria aplastante, una mayoría objetiva sin igual, la cual, obviamente… ni el propio gobierno proyectó obtener. ¿Pero a qué se debe ese apoyo? o más importante aún: ¿En función de qué va ese apoyo popular-electoral inédito?

A nuestro parecer, por un lado, es un abierto rechazo a la política terrorista que la derecha -apoyada sistemáticamente por el imperialismo y una serie de gobiernos títeres por todo el mundo- viene desplegando hace meses sin control. Pues, pese a lo que muestra la prensa internacional, la mayor parte de los muertos se debe a la acción ofensiva de la derecha en las calles, y no a la represión del gobierno que -permítanos afirmar- se caracterizada por ser (salvo puntuales excepciones) bastante aquilatada, esto por supuesto teniendo en vista el nivel de las acciones -terroristas- que la oposición viene emprendiendo contra la población. La violencia terrorista ejercida por la oposición en las calles tiene un claro origen: El paramilitarismo formando por los yanquis, especialmente en Colombia, y el sicariato (delincuencia común, pero de alto nivel de fuego y violencia en Venezuela) que “presta sus servicios” -a cambio de unos dólares- a la reacción venezolana que, en efecto, cada vez va perdiendo más apoyo popular. Eso explica prácticas tales como la mutilación, el asesinato selectivo combinado con el ataque a masas concentradas, la quema de personas vivas, etc. Todas dinámicas  únicamente asimilables, en la actualidad, a los movimientos radicales que operan en Medio Oriente, como el Daesh.

La sociedad venezolana, por supuesto, rechaza ampliamente estás formas de “oposición”, incluso dentro de la propia derecha hay sectores que tampoco comparten dicha forma de plantearse en las calles contra… ¿el Gobierno? No, contra la población civil desarmada. Entonces, parte importante de estos votos son un rechazo a la derecha y sus prácticas terroristas, las que además -para los venezolanos- alcanzarían un terrorífico nivel de “política de Estado” en un potencial gobierno de oposición. Este sector no necesariamente es de izquierda o “chavista”, más bien se ubica en una posición que se identifica con ideas de “justicia social” (así, de forma muy amplia) y que a la vez rechaza la violencia terrorista de la derecha, perfectamente podría ser asimilable a un forma de “centro ideológico” o “centro programático” (no necesariamente sectores “medios” en un sentido económico) que en el caso de que existiera un alternativa intermedia, una “tercera posición”, podrían alinearse con ella; no obstante, dada la situación política venezolana, esa eventual posición de centro fue anulada en el contexto de la creciente polarización política y social. Otra dimensión del apoyo esta dado por una doble situación: Un sector, fiel a los postulados del proceso bolivariano, vota por lealtad y convicción política (lo cual no quiere decir que no se reconozcan errores o mucho menos). Este sector esta compuesto sobre todo por esa enorme masa social que durante estos años de Gobiernos Bolivarianos han logrado salir de la pobreza y sortear -en gran medida- la exclusión social. Son los más pobres de todo el territorio venezolano, quienes -por supuesto- bajo ningún motivo están dispuestos a volver a las condiciones de miseria humana características de la IV República y el “puntofijísmo”. Este activo social y político está dispuesto -sabemos bien- a defender el proceso con armas en mano e incluso a resistir del mismo modo un eventual gobierno “democrático” de la derecha. Dicha base social (que se cuenta por varios millones) es la que más se auto-identifica como “chavista” (independiente esto de lo que signifique esa definición para cada persona, pues es muy amplia y heterogénea) pues ven en el líder militar y político, en sus ideas, el reflejo de su más profundo sentir. Este fue el sector que precisamente -de forma mayoritaria- acudió a las urnas (“pese a todo”, como mucho de ellos dijeran) para refrendar su apoyo a las listas del Gran Polo Patriótico en las elecciones parlamentarias del 2015 (ganadas por la oposición), y que entrego la mayoría o la totalidad de los votos sacados en aquella elección. Hoy, en Venezuela, este sector es el activo político más ofensivo y sólido que el proceso posee, siendo también la fracción social que proveyó la mayoría de los votos sacados en la elección constituyente (al menos 5 millones de votos, un 60% o más del total obtenido).

En este mismo plano de apoyo (por la izquierda), también participó -en este elección- masivamente una izquierda política (partidos) y social (masas/electores) que se reconoce como socialista, pero no necesariamente “chavista” (independiente de las enormes diferencias conceptuales que puedan haber en torno a magno concepto), la que en un parte había participado en las elecciones parlamentarias (como Tupamaros, CRBZ y PCV), llevando programas y consignas centradas en la profundización o desborde -por la izquierda- del proceso bolivariano. Es, en sencillo, un tercer sector político que también aportó significativa en las urnas, movilizando recursos humanos y materiales por todo el país. Tampoco podemos dejar de mencionar que, por este mismo lado del espectro político, hubo también sectores sociales y políticos que se abstuvieron de participar en las elecciones del 2015 (debido a que sentían que había un agotamiento del proceso bolivariano o que, derechamente, las actuales donaciones eran insalvables), pero que a la vez no se habían prestado tampoco para votar por la derecha; este es un cuarto sector que también acudió a las urnas en un cantidad no menor, de hecho para las elecciones pasado al menos fue un millones y medio de personas que se ubicaron -mediante la abstención- en esta línea.

Pero las votaciones mayoritarias sacadas por los constituyentes (pese los matices, diferencias o abiertas contradicciones) tienen un claro sentido político-programático, común a todos los sectores que participaron masivamente en la elección: nada puede seguir igual, debe mejorar, y ese mejoramiento es profundizando lo ya alcanzado, dentro del contexto del propio proceso bolivariano. Sin desmerecer ni perder de vista el impacto de las políticas imperialistas en el territorio venezolano, ni todo lo realizado por la oposición para producir una crisis social que se traduzca en un levantamiento derechista de algún sector de las fuerzas armadas o la intervención extranjera, la situación social  alcanzará un mayor grado de estabilidad -o superación- en la medida que las políticas impulsadas -desde todos los organismos de representación y participación hoy conformados- logren un cometido fundamental: el control de la violencia, el fin del desabastecimiento, el fin de la corrupción (íntimamente ligada al desabastecimiento); la destrucción o superación del Estado burgués y la democracia liberal burguesa, lo cual no es otra cosa que el fortalecimiento del poder popular por medio de las Comunas y Consejos Populares, o sea el desarrollo real y ofensivo del Estado Comunal; la expropiación de los capitales de las empresas en manos de la burguesía reaccionaria y demás capitales estratégicos, junto a un mejor control del Banco Central y el comercio exterior; ampliación y elevación a rango constitucional de las Milicias Bolivarianas, que aseguren la defensa popular y de masas del proceso, junto a una serie de medidas progresivas más que debiesen ayudar (no sin complicaciones, avances y retrocesos) a mejorar la situación social, política y económica. Entonces no es un “cheque en blanco”, sino -más bien- un “voto de confianza” que se debe ir traduciendo -en el corto plazo- en medidas y resultados concretos.

En efecto, si el proceso bolivariano (en el sentido más amplio y masivo) no transita en este sentido, no siendo capaz de solucionar estas problemáticas, es probable que la oposición y el imperialismo puedan nuevamente retomar la iniciativa estratégica, hoy en las manos mayoritarias del pueblo trabajador venezolano quiénes, por cierto, eligieron por primera vez a sus representantes, no por medio de métodos democrático-liberales, sino mediante una democracia obrera y popular, desde abajo, desde las Comunas y otros organismos de auto-organización obrera y popular; desde los estudiantes, las mujeres y los indigenas. Este modelo debe profundizarse y extenderse.

A nuestro parecer, hoy en Venezuela se perfila -por fin- auténticamente la posibilidad de dar los primeros pasos certeros hacia el socialismo (entendiendo de manera integral este concepto), para que ello ocurra es fundamental que la sociedad venezolana se organice políticamente bajo el poder popular comunal, y que los actores revolucionario dentro del Gran Polo Patriótico y fuera de él, logren ganar protagonismo en el debate social hoy en curso y definir certeramente las prioridades programáticas que hoy deben ser resueltas. Que aquello resulte dependerá únicamente de la fuerza de su pueblo y la voluntad de luchar desde sus bases por un nuevo programa social, político y económico, el cual tomará la forma de una nueva Constitución Política de la República, discutida y zanjada -por cierto- sin la presencia de la burguesía en el nuevo parlamento constituyente, y donde se debieran ver refrendadas muchas de las respuestas a las problemáticas aún por resolver, las cuales, ciertamente, ubicarían al proceso bolivariano en un nuevo curso histórico.

Agosto del 2017