Notas de la coyuntura nacional

Notas de la coyuntura nacional

Por Ignacio Abarca

Militante de la Izquierda Guevarista de Chile

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En momentos que los ricos y poderosos golpean salvaje y despiadadamente a los pueblos de Chile, América Latina y el mundo entero, no escatimando métodos de toda índole para desorganizar a la clase trabajadora y los movimientos de masas, apostando por mantenerla en la más absoluta desintegración política, “ideológica”, organizativa, cultural, intelectual y “espiritual” en tanto clase social; nuestra tarea consiste precisamente en dotarnos y dotar a los trabajadores, las trabajadoras y el pueblo de un complejo de herramientas, conocimientos y destrezas de naturaleza política, práctica y colectiva que nos hacen falta.

Y nos hacen falta con urgencia en la perspectiva de constituir una fuerza de la clase trabajadora y los sectores populares más compacta, más sólida, con capacidad de confrontación en el nivel de sus necesidades sentidas e inmediatas, educada -dadas las condiciones objetivas- en la movilización radical y con capacidad a su vez de dirección, de visión estratégica de la lucha de clases y la senda que deberá recorrer -inexorablemente- la clase obrera y los pueblos rumbo a su emancipación y la de la sociedad en su totalidad.

Pensando en esto, conscientes de nuestras limitaciones como sector revolucionario, es que disponemos de una serie de planteamientos en relación, puntualmente, a la coyuntura nacional y algunos de nuestros desafíos más concretos. Tenemos la necesidad de mejorar; debemos afirmarnos y avanzar.

Reconfiguración de las fuerzas del sistema político, pero con absoluta hegemonía capitalista “interna”

Actualmente en Chile estamos atravesando por pleno proceso de reconfiguración de las fuerzas que componen el sistema político. Nos referimos al sistema de partidos políticos que conducen o administran el aparato de Estado. Este proceso de reconfiguración está signado, está definido o caracterizado fundamentalmente por una tensión -es decir un debate político- entre cuáles son las mejores formas de administrar el capitalismo. Dicho de otra forma, la tensión entre las fuerzas que compiten por la administración del Estado se encuentra centrada en el cómo hacer del capitalismo, brutalmente asentado y arraigado en la realidad chilena con todo su andamiaje político-jurídico-institucional, un sistema más estable y legítimo para el conjunto de la sociedad, o más exactamente, para la clase social y las capas sociales que cada partido representa o pretende representar. La posición anticapitalista está, por el momento, afuera de los marcos del debate desarrollado en las arenas de la institucionalidad burguesa.

Concretamente, los dos polos de la tensión en el seno de la institucionalidad burguesa son: un patrón de acumulación capitalista híper-liberalizado, sostenido y resguardado por un régimen político de democracia restringida -cerrada, excluyente, elitizada, etc- y policial, por una parte; y en el otro término, un régimen de acumulación también liberalizado, capitalista en su forma neoliberal, pero con cierta regulación y fiscalización de orientación “proteccionista” desde las instituciones del Estado -nada distinto a lo de cualquier país integrante de la OCDE-, asociado a un modelo político en vías hacia una ampliación moderada, gradual y controlada, aunque igualmente policial -y contrainsurgente-. Como podemos ver, la distancia sustantiva radica, por sobre todo, en el papel que deba cumplir el aparato estatal y sus instituciones en la administración de la sociedad capitalista.

La acepción de “hegemonía capitalista” o “hegemonía burguesa”, en este caso, la uso para referirme a la situación de un campo de disputa política -de pensamiento, ideológica, de las ideas vueltas “sentido común”- al interior de los órganos de conducción del aparato de Estado, llámese gobierno con sus ministerios y secretarías, el parlamento con su multiplicidad de instrumentos, el aparato jurídico, el sistema de partidos del régimen, etc, todos los cuales confieren continuidad y movimiento, de manera global, a la dominación capitalista y patriarcal -para comenzar, voy a dar por entendida la imbricación entre el sistema de explotación capitalista y la relación social patriarcal, o patriarcado-.

Es que como pueblo trabajador chileno nos encontramos en un momento histórico que, si bien -como hemos argumentado en múltiples ocasiones- los sujetos que administran el poder político se encuentran ampliamente deslegitimados por la gran mayoría del pueblo, así como también las instituciones desde donde ejercen el poder -ejemplo el parlamento-, y en este sentido específico podemos decir que la burguesía ejerce su poder sin plena dirección, sin plena hegemonía, sin pleno consenso sobre la clase trabajadora y las capas populares y oprimidas; la cruda verdad es que el capitalismo ha demostrado en la práctica que cuando la clase trabajadora y el pueblo han llegado a un nivel abundante y profundo de devastación de su conciencia de clase, perversión cultural e ideológica, empobrecimiento subjetivo, destrucción de su organización independiente, etc. -a través de los métodos de guerra reaccionaria que ya sabemos- la burguesía no necesita en realidad la participación, el concurso ni la aprobación de grandes masas de la población: puede, nos guste o no nos guste, hacer funcionar el aparato político de Estado como un instrumento burocrático en el sentido más extremo del concepto, como una máquina burocrática que, con ínfimas capas populares a su base -muchas veces compradas y atraídas al poder por la utilidad material-, es capaz de mantener su integridad, conservar en orden sus funciones, preservar su dotación de funcionarios y funcionarias -no confundir necesariamente con las “instituciones públicas”; pensemos en el rol que juegan las instituciones de educación superior privadas y los colegios particulares y particulares-subvencionados en la sustentación ideológica del conjunto del sistema, por ejemplo-, preservar a los partidos políticos del poder y sus cuadros partidarios en su labor de animación u oxigenación de la máquina burocrática -los cuadros de estos partidos son los verdaderos pulmones del régimen político- y mantener, en términos generales, una considerable “solidez institucional interna”, a pesar de la desaprobación generalizada de la sociedad.

La estabilidad relativa del sistema, así como la composición política, ideológica y orgánica de los partidos políticos dominantes -sistema de partidos- debe ser entendida en el sentido de esta complejidad. Este es uno de los grandes dramas de la fase que nos toca vivir y enfrentar como pueblo proletario. Parafraseando a Lenin en una especie de juego de palabras: los de abajo no quieren a los de arriba, pero eso a éstos no les molesta demasiado.

Chile Vamos, Nueva Mayoría y Frente Amplio

La derecha

En este proceso de reconfiguración o reacomodo del sistema de partidos, la derecha -podemos hablar de derecha y Chile Vamos como su bloque referente en tanto sinónimos, aunque esto no es completamente exacto- asume una posición abierta e inconfundiblemente conservadora y reaccionaria. Nos referimos a Renovación Nacional -RN-, Unión Demócrata Independiente -UDI-, Evópoli, Amplitud y Partido Regionalista Independiente -PRI-, con la dirección predominante de los primeros dos, quienes con uno u otro matiz se ubican en el primer término de la tensión indicada. Vale recordar: un modelo de democracia más bien cerrada, restringida para la clase obrera y las capas populares, con un fuerte componente policial y contrainsurgente, con un carácter social “benefactor” o “garante” reducido a su mínima expresión -inexistencia de la “Seguridad Social” en su totalidad, etc-; sin mayores variaciones a lo que se fundó como la institucionalidad política en medio de la dictadura y la transición pactada a la democracia burguesa “tutelada” por las Fuerzas Armadas y la clase dominante, funcional a un régimen de explotación despiadado.

Los matices entre estos partidos, a modo de paréntesis, radican por sobre todo en cuestiones de índole “ética” o “moral”: la discusión en relación al aborto y los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, el reconocimiento de las relaciones parentales homosexuales, el matrimonio igualitario, acuerdo de vida en pareja, etc; incluso sobre las atribuciones y poderes eclesiásticos en el conjunto de la vida social, el trato hacia los criminales y violadores de los derechos del pueblo en el período de dictadura o la actitud más o menos xenófoba hacia la creciente población inmigrante. En torno a estas temáticas y otras, es sabido que por ejemplo, Amplitud -de la mano de Lily Pérez y Karla Rubilar, ex RN- representa posiciones más liberales, en contraste con UDI, RN y hasta la propia Democracia Cristiana que representan “valores” más conservadores. Pero respecto al carácter del régimen de dominación y el funcionamiento de la máquina de explotación capitalista, en esencia, los partidos de este bloque coinciden en sus posturas.

Con Sebastián Piñera como el primer vocero de su sector, la coalición se ha distanciado en estas coyunturas de la retórica más característicamente populista utilizada en las elecciones presidenciales pasadas, para la fase de promesas y grandes consignas de “aperturas democráticas” encabezada por Michelle Bachelet, y se cuadra con una postura declaradamente “anti-progresista” o “anti-reformista”. El programa de la derecha consiste en la estimulación de la acumulación capitalista -máxima libertad para el capital- y el aumento-profundización del control y disciplinamiento social. Sucede que para ese fin, las reformas al sistema político resultan ser -en el plazo inmediato y corto- una perturbación negativa e indeseable ya que afectan las expectativas de los inversores de capitales, produce incertidumbre e inseguridad para los dueños del capital, etc, en un clima de franca “histeria” y alarma exagerada frente a medidas de gobierno que ni siquiera tocan sus intereses, o más correctamente, están enfocados en solventarlos y darles proyección.

Las raíces de esta alharaca las encontramos, más que en la depresión económica del capitalismo, los precios del cobre y las tasas de crecimiento de la economía nacional -como algunos/as marxistas sostienen-, en razones de naturaleza histórica y cultural: la burguesía “local”, asociada y fundida con el capital financiero -transnacional-, la verdad es que no presentó durante todo el siglo pasado interés alguno por desarrollar al país o construir “proyecto nacional”, sino que tuvo desde siempre un carácter primordialmente parasitario y rentista -como es el caso también de Perú, Paraguay, Colombia, entre otros-; y además esta burguesía, lacaya del imperialismo, conserva todavía el “fantasma del comunismo” y un verdadero “terror al marxismo” del período de la Unidad Popular y la dictadura. La gran burguesía “chilena” reacciona con prepotencia inusitada frente a la más tímida iniciativa de democratización política y compensación económica para los sectores explotados, porque tiene pánico y también posee un odio muy vigente por la osadía de la clase trabajadora y el pueblo de haberse acercado a las puertas de la revolución socialista, y luego haber resistido con una amplia acción directa de masas y la lucha armada a la fase de la tiranía.

La Nueva Mayoría

Por su lado, la Nueva Mayoría -NM- se tensiona y disocia a la interna precisamente en función de los dos polos con los que abrimos el texto. Aquí estriba el fundamento de sus tensiones. Durante los años 2013-2014, Michelle Bachelet logró presentarse como la vocera de un “programa de reformas”, más o menos en el sentido del segundo polo que definimos, de inspiración “socialdemócrata”, arrastrando tras de sí al conjunto de Partido Socialista -PS-, Partido Radical Social Demócrata -PRSD-, Partido por la Democracia -PPD- y el Partido Comunista de Chile -PCCh-, más otros menores, y subordinando de facto a una impotente y decaída Democracia Cristiana –DC-.

Pero ahora 2017, luego del fracaso rotundo de las reformas -cosa que no podemos ni viene al caso detenernos a explicar acá, solamente reconozcamos ese hecho-, con el consiguiente fortalecimiento político del bloque derechista, la situación es que el PCCh queda como el más firme y leal defensor del “programa de 2013” de la Nueva Mayoría. Hay que afirmar que el PCCh, pese a la burocracia rancia y moderada que lo dirige, es el partido del campo socialdemócrata y el reformismo más consecuente de los que están anclados al gobierno; en mi opinión, están donde están por verdaderas convicciones en primer lugar, dentro de todas maneras de la claudicación y el abandono más horroroso del proyecto comunista en su sentido original, en su sentido revolucionario. Mientras que el PS, el PRSD y el PPD vacilan entre mezquinos cálculos electorales y conveniencias políticas -de posicionamiento en el poder del Estado, de uso de sus cargos y funciones, del consumo parasitario de sus recursos, etc-, alineándose en todo caso tras la candidatura presidencial de Alejandro Guillier -como también lo hace el PCCh-, continuador relativamente más moderado del mandato y las apuestas políticas de Bachelet. No podemos dejar de recordar que el mes de abril, el Comité Central del PS decidió apoyar por amplísima mayoría la candidatura de Guillier y no la de Ricardo Lagos Escobar, principalmente por motivos de marketing y cálculo electoral.

A su vez que la DC contribuye a la fragmentación interna de la NM, lanza una candidatura presidencial propia a la primera vuelta, la de Carolina Goic, y se ubica al interior de la NM como un dique de contención de lo que decíamos, el tránsito hacia una ampliación moderada y controlada del aparato político y una democratización gradual de la institucionalidad, sectores de ésta como el educacional y el previsional, etc. Más exactamente, la DC opera al interior de la NM desde ahora en adelante como una válvula de contención o una válvula de regulación de las iniciativas “reformistas” de la coalición que desde hace unos 15 años su partido ya no encabeza, cuando el centro de gravedad política se trasladó del eje noventero DC-PS al eje PS-PPD, del 2.000 en adelante. En concreto, en un parlamento con mayoría NM este período de gobierno, la DC fue la principal responsable de bajar los proyectos de reforma bacheletistas; si se hubieran alineado con los demás partidos habrían sido aprobados casi en su totalidad, salvo los que implicaran reformas constitucionales.

Así quedan manifestadas, más claramente que nunca, las alas izquierda de la NM, representada por el PCCh como orientación socialdemócrata, y derecha, representada por la DC como socialcristianismo conservador, moderado y “tecnocrático”, apegado a la gradualidad, la técnica, la eficiencia y eficacia en el manejo del aparato público, en oposición a las “irresponsables aventuras” del ala izquierda. Es una reedición y continuidad del espíritu -consecuente para ellos/as- de “la medida de lo posible”. Tenemos entonces una NM en cuyos costados se encuentran el PCCh y la DC respectivamente, con un centro PS-PRSD-PPD, todos en conjunto constituyendo el principal agente de conducción del aparato de Estado capitalista post-dictadura.

Notas aparte, que solo alcanzamos a dejar mencionadas sin profundizar, merecen: el descalabro que ha significado para la NM el no presentarse a primarias presidenciales y consiguientemente, no llevar un candidato/a único a primera vuelta y no aprovechar las generosas franjas televisivas y la prensa donde se referenciaron Chile Vamos y el Frente Amplio; el significado de esta opción política de la DC, que según pensamos, no es una mera decisión “impulsiva y egoísta” sino que responde a una profunda reflexión político-programática del camino que debe seguir tanto su partido como el bloque Concertación-Nueva Mayoría; la división de posiciones en que la DC ha puesto a la NM a propósito de la “ley de despenalización del aborto en tres causales”, acerca del cual incluso miembros de Amplitud dan un abierto respaldo -es lo que decíamos más arriba-; y las posiciones encontradas que tiene la NM acerca de la cada vez más intensa y renombrada situación de Venezuela, donde la verdad es que en este caso el partido “díscolo” es el PCCh que ha respaldado al gobierno venezolano y su Asamblea Nacional Constituyente, en contra de la DC que un poco más y clama furiosamente por la intervención armada -tal como hicieron con el gobierno de Salvador Allende-, y los demás partidos del bloque todos enrolados en la línea imperialista de la Casa Blanca.

Cabe especificar que del programa de reformas diseñado por Bachelet y su equipo político, la única reforma que, podríamos decir, se cumplió enteramente como estaba pensada es la de poner fin al “sistema electoral binominal” tal y como lo conocimos del 90′ hasta el 2014-2015. Hoy lo que existe es técnicamente un “sistema de representación proporcional”, quiere decir que, a diferencia del sistema binominal que favorecía tremendamente a los dos bloques mayoritarios -Concertación y derecha- y excluía a los partidos que no los integraran -incluso si en determinados casos obtenían un mayor número de votos que los candidatos de las grandes coaliciones-, este nuevo sistema tiende a ir integrando gradual y controladamente a los partidos más pequeños que no hacen parte de los dos bloques principales, lo cual se hace especialmente claro en la política electoral parlamentaria.

El objetivo, ciertamente, es ir asimilando institucionalmente a las expresiones políticas que han surgido durante la última década “a la izquierda de la Concertación” -teóricamente aplica también para las expresiones que surjan a la derecha de Chile Vamos, pero la derecha tiene un menor grado de dispersión orgánica que la NM y la izquierda-, con la intención consciente de mantener un control político-institucional en nuevas condiciones históricas. Debemos resaltar que la derecha, en su mayoría, estuvo de acuerdo o no se opuso tajantemente a la incorporación institucional de partidos pequeños que, en la práctica, funcionarían como socios menores de la NM, reforma que evidentemente va en el sentido de una democratización gradual y moderada del aparato político. Pero sí se opuso tenazmente, cerca de la DC como un agente decisivo, a la “reforma constitucional”, la “reforma educacional”, la “tributaria” -las cuales finalmente resultaron atenuadas- y la “reforma laboral”, en especial contra aquellos minoritarios puntos que propendían a mejorar la capacidad de negociación del sindicato frente a la empresa, la negociación colectiva, la titularidad sindical, etc.

La razón por la que la derecha -y la DC- no se opuso a la reforma al sistema electoral es que a todo el sistema de partidos que conduce el régimen necesita y le sirve: a) incorporar a la institucionalidad democrática a sectores que “desde afuera” podrían ser en mayor medida fuerza de confrontación y factor de inestabilidad; y b) ajustar -ya lo hemos dicho, gradualmente- el régimen político al “sentido común” de la sociedad, a lo que la sociedad de forma mayoritaria está pensando en un momento histórico determinado. Dicho ajuste es realmente la única opción que tiene la clase dominante para restituir de forma contundente la “gobernabilidad” o la estabilidad de la dominación. Y ese sentido común social, de manera mayoritaria, me atrevo a afirmar que se ubica actualmente en ideas de “cambios progresistas” o “socialdemócratas” si se quiere, de la afirmación de los derechos sociales; es la lógica de la adquisición de derechos sociales. Por eso es que las propuestas, por ejemplo, de que haya educación gratuita o el fin de las AFP, la educación y la previsión como un derecho hasta ahora negado, cala con tanta fuerza y amplitud en las masas.

En síntesis, desde 2014 la NM intentó implementar un paquete de medidas políticas, ajustes y actualizaciones necesarias -desde la perspectiva burguesa- al modelo político-económico, las cuales apuntan en términos generales a conferir estabilidad, solvencia y proyección a la democracia burguesa y el sistema capitalista en su totalidad -ejemplo más que claro el de la Reforma Laboral, a partir de la cual recientemente en más de 100 nuevas empresas los trabajadores y trabajadoras ven prohibido su derecho a la huelga por ser consideradas legalmente “empresas estratégicas”-. Frente a las cuales la coalición de derecha con el auspicio de la DC, respondieron de modo temeroso y reaccionario -excepto aquella que puso término al “sistema electoral binominal” como tal-, en concomitancia con los relatos de los dueños de la riqueza y el poder -los Lúksic, Matte, Angelini, Paulmann, Piñera, Yarur, Claro, Ponce y toda esa casta de ricachos-, aferrados a sus tasas de ganancia estrictamente inmediatas. Guillier se presenta como el continuador relativamente más mesurado -todavía- de las apuestas programáticas de Bachelet; Piñera, ya sin tapujos, como el portavoz de la derecha dura, aquella que estima adecuado que el modelo chileno siga siendo el ideado e instaurado por Jaime Guzmán, José Piñera, los “chicago boys” y la Junta Militar.

El Frente Amplio

Y por otra parte, el Frente Amplio (FA) se posiciona de manera hegemónica, clara y decididamente en el segundo término señalado de la tensión, dirigido predominantemente por Revolución Democrática -RD- y Movimiento Autonomista -MA-. Recordemos de qué se trata este término: un modelo de democracia capitalista, con un régimen de acumulación liberalizado, capitalista todavía sin romper o superar lo que podríamos llamar un carácter neoliberal, pero con el agregado -para nada incompatible- de una regulación y fiscalización de orientación “proteccionista” desde las instituciones del Estado, como componentes de un modelo de democracia en vías hacia una ampliación moderada, gradual y controlada, aunque igualmente policial y contrainsurgente.

En este lugar, que es básicamente la concepción socialdemócrata, se posiciona sin lugar a dudas Beatríz Sánchez, flamante candidata presidencial del conglomerado, Giorgio Jackson y Gabriel Boric y compañía. La principal razón por la que RD y MA pueden a finales del año pasado e inicio del presente tomarse la conducción del bloque y adquirir una maniobra política superior, es que comienzan la partida con los naipes sobre la mesa enseñando dos diputados sumamente aliados y afines -Jackson y Boric- y el recién electo alcalde de la Municipalidad de Valparaíso, Jorge Sharp; los tres muy jóvenes y perceptiblemente diferentes a las viejas caras conocidas y desprestigiadas de la política, lo cual les entrega desde el primer minuto una ventaja relativa y una moneda de canje valiosa al interior del frente.

Respecto al fenómeno del surgimiento del FA durante este año, afirmo con entera seguridad que éste se constituye como “fuerza emergente” en el momento y el lugar en que la NM, o un ala “progresista” de la NM, se ha demostrado incapaz de representar consecuentemente una tendencia socialdemócrata en Chile, sobre todo, desde 2013 -programa de gobierno de Bachelet- hasta 2017, último año del mandato con un fracaso descomunal de ese programa. Así se explica su origen concreto, como en parte también la dinámica con la que han logrado aglutinar y desarrollarse como referente político; sin desconocer, de todas maneras, la gran habilidad con la que se instalaron comunicacional y políticamente con suma rapidez, lo cual es mérito de ellos/as indesmentiblemente.

Pero siguiendo la línea, es completamente cierto que el FA existe, crece y adquiere vigencia como bloque de hegemonía socialdemócrata a expensas de la NM, a través de un sector de su base social descontenta, a costa de los votos que le extrae, a costa incluso de muchos de sus antiguos cuadros y funcionarios políticos y en sustitución de un lugar político que los partidos de la NM -particularmente el PS, PRSD y PPD- no se atrevieron, no quisieron o no fueron lo suficientemente competentes para ocupar dado que, al final del día, ya eran sanguijuelas muy firmemente adheridas al aparato público, sus cargos y beneficios y, ante el choque de posiciones frente al ala conservadora de la NM, la derecha y la gran burguesía reaccionaria, no estuvieron -ni lo estarán- dispuestos a avanzar. Sino por el contrario, se arrodillan, piden disculpas y reducen la intensidad. En cambio, en este sentido específico, los/as dirigentes de los partidos del FA no podemos decir que sean sanguijuelas del poder, todavía.

Acerca de la candidata presidencial Beatriz Sánchez y el sector político que la apoya y al cual representa, algunos puntos que dejamos también solamente planteados: a propósito de sus dichos sobre Venezuela y Cuba, descalificándolas a ambas como dictaduras, queda clarísimo que desde su punto de vista democrático-burgués ella es y será una tenaz enemiga de los procesos socialistas, o siquiera de aquellos que incipientemente se planteen tomar el poder de la organización social y productiva; respecto a la materia de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer y los humanos en general, ella y su sector representan una corriente liberal, absolutamente lo contrario del conservadurismo rancio de la UDI, RN y la DC; estará a favor del matrimonio igualitario, se ubica más a la izquierda del proyecto de “aborto en tres causales” y va por el derecho de la mujer al aborto, se presenta abiertamente como una candidata feminista, etc, claro que una corriente de feminismo liberal-pequeñoburguesa, diferente a la nuestra que es un feminismo revolucionario y de clase trabajadora; y en relación a lo que es la lucha de liberación nacional del pueblo mapuche, queda claro también a partir de sus dichos que no existiría un cambio sustancial de la política contrainsurgente en el Wallmapu; puede haber una diferencia de estilo que no es la que quisiera Piñera o José Manuel Ossandón, pero en la práctica no habría un cambio sustantivo de la política concreta.

Por otra parte, está claro que no todos los partidos del FA son fuerzas políticas de orientación socialdemócrata. De hecho, incluso a su interna se habla de un “polo socialdemócrata” y -de manera un tanto eufemística- un “polo de izquierda”; lo cual es correcto en parte, pero lo más cierto es hablar de una configuración del bloque en la cual existe una dirección socialdemócrata, o hegemonía socialdemócrata, como decíamos, con RD y MA a la delantera, y con otros partidos siguiéndole como Izquierda Autónoma (IA), Poder Ciudadano, Partido Humanista -PH-, Partido Liberal -PL- que vendría a ser una especie de socialdemocracia de derecha, Izquierda Libertaria (IL), etc… Cabe destacar, sobre este último, que es uno de los virajes a la derecha -o al centro- más vertiginosos e increíbles que ha conocido la izquierda en el período post-dictadura; y otro polo subordinado a las orientaciones del sector dirigente, dentro de los cuales están ubicados Nueva Democracia -ND- y Unión Nacional Estudiantil -UNE-, Partido Igualdad -PI-, Movimiento de Pobladores Ukamau, los socialistas allendistas, Socialismo Revolucionario -SR-, etc.

Nueva Democracia apoyó decididamente a Alberto Mayol en las primarias del FA, pre-candidato posicionado ciertamente a la izquierda de Beatriz Sánchez. Este referente, con la conducción de Cristián Cuevas, se ubica y lleva al acumulado de la UNE en un sentido clara y coherentemente reformista, con un componente incluso más de clase a través de la inserción en la CTC y el desarrollo del frente de trabajadores mineros Nelson Quichillao, por ejemplo. La caracterización de reformismo clásico es adecuada para este sector, es la matriz tradicional-histórica del PC chileno, con la centralidad estratégica en una transformación gradual del Estado burgués mediante reformas democratizadoras, con su centralidad táctica puesta en la “lucha legal” o “lucha democrática”, del empleo de métodos institucionales con el fin de penetrar el aparato político, o bien, de canalizar la movilización y la inserción de masas hacia la disputa institucional con el mismo objetivo; y un contenido programático que aspira a la revolución socialista y el comunismo -a diferencia de la socialdemocracia cuyo horizonte programático es un capitalismo “democratizado, humanizado, solidario”, etc-, pero no sin antes atravesar por una fase de “revolución democrática” -democrático-burguesa o democrático-popular, dependiendo de la correlación de fuerzas-.

Y respecto a Igualdad y Ukamau, en relación a lo que nos interesa, los podemos tomar como una misma corriente. Estas organizaciones hacen la apuesta -yo creo que sinceramente- por aprovechar la plataforma del FA que adquiere una creciente fuerza e influencia política, para desarrollar una política propia, distinta a la de su sector hegemónico -Sánchez, Jackson, Boric y compañía-, política que ciertamente es de inserción territorial, popular, local y reivindicativa en los lugares donde tienen presencia, a pesar de que Igualdad tira candidatos en zonas donde no tiene trabajo político alguno, ¿con qué objetivo?-, cuyos programas políticos, a su vez, se desdibujan convenientemente en función del pragmatismo electoral. Vendrían a ser organizaciones clasistas por su composición social y el carácter de sus líneas reivindicativas, que pululan entre el centrismo -o “centrismo de izquierda” de acuerdo a la clásica tipificación de Lenin, que es la combinación entre métodos de lucha radicalizados por momentos, anclados a un techo político que no va más allá del reformismo o la reforma institucional- y el reformismo o “reformismo obrero-popular” propiamente tal, de acuerdo principalmente al campo de alianzas en que están inmersos, los compromisos adquiridos y la política socialdemócrata y reformista a la que se encuentran subordinados directa o indirectamente como integrantes del FA. Para decirlo bien claro, se trata más de toda una tendencia a la omisión política de naturaleza oportunista y pragmática, que un posicionamiento consecuentemente reformista como en el caso de ND.

Breve comentario sobre las apuestas electorales a la izquierda del Frente Amplio

Otras organizaciones políticas, es preciso señalarlo, están realizando apuestas electorales parlamentarias y presidenciales por fuera del FA, por la izquierda del FA. En este momento quiero tomar, como referencia, solamente la desarrollada por el Partido de Trabajadores Revolucionarios -PTR-. En principio, hasta como se presentan y seguramente continuarán, estas son candidaturas que no solamente son clasistas, sino también son anticapitalistas -con sus matices, lo anterior es válido asimismo para la política de Unión Patriótica, UPA-. Sin embargo, esto no las convierte necesariamente en una política revolucionaria.

Volviendo al inicio, había dicho que el debate o la tensión medular al interior del aparato burgués no contempla, desde ningún punto de vista, una alternativa anticapitalista; no forma parte de la discusión ni están los administradores/as del poder mayormente preocupados o aproblemados por esta amenaza. Me podrá replicar algún compañero o compañera del PTR que una organización imbuida de un contenido político claramente anticapitalista, a través de un diputado, lo puede introducir y con esto, cumplir algunos objetivos por ejemplo propagandísticos, mediáticos, de visibilización, solidaridad y apoyo -y si consiguen un escaño, esto seguro que lo harán- de huelgas sindicales que pasando los días y las semanas los medios invisibilizan y todos los agentes del poder son cómplices con su silencio. Perfectamente de acuerdo, en principio.

Pero no es menos cierto, en el escenario concreto que hemos caracterizado, que un parlamento con una ampliación moderada y calculada como el que existe hoy en Chile, con un sistema electoral de representación proporcional diseñado justa y precisamente para hacer ingresar a la institucionalidad a las diversas fuerzas que durante la última década iban surgiendo “a la izquierda de la Concertación”, en su extrema izquierda puede tolerar la presencia de un par de diputados trotskistas, de 155 que componen el total; no supone ningún inconveniente para el sistema en principio: pueden ser -y de hecho serán, si les va bien- arrasados por las mayorías, controlados “desde dentro” o simplemente marginados, vetados, sancionados si encuentran que se les pasó la mano y están causando más inestabilidad de la cuenta. En ese campo estamos jugando con sus reglas, esa es la primera claridad, y no podemos olvidar que existen innumerables normativas que regulan y obligan el “buen comportamiento democrático”, desde luego, todo sistema que por naturaleza quiere auto-preservarse lo hace así. Frente a cualquier conducta que los partidos dominantes estimen sancionar, o bien controlar, contener, neutralizar, tienen todas las herramientas legales para hacerlo. Y a raíz de esto, sobreviene inmediatamente la posibilidad de la “domesticación” de los ex partidos revolucionarios, ante lo cual los compañeros/as del PTR podrían mantenerse consecuentes, o no, admitámoslo.

Sucede que no existe política que sirva única ni fundamentalmente como plataforma de agitación y propaganda. Esa conocida metáfora de Lenin de que el parlamento burgués debe utilizarse como una tribuna desde la cual denunciar a la clase capitalista y a su propio Estado, es justamente eso, una metáfora, que además es expresada en un contexto particular de debate al interior de la Tercera Internacional cuando la ofensiva revolucionaria en Europa estaba viéndose frustrada; además en el contexto de un Lenin a cargo del gobierno revolucionario, en defensa de tesis que no eran exactamente las mismas proclamas revolucionarias del 17, “todo el poder a los soviets”, las “Tesis de Abril” y “El Estado y la revolución”. Pasa que nuestros amigos/as trotskistas suelen leer a los clásicos del marxismo de manera demasiado literal, demasiado mecánica. Entonces, más bien, la difusión revolucionaria es expresión de una actividad concreta que, esperamos, debería ir dando réditos de forma progresiva, ascendente -aunque la realidad nunca se presenta como una escalera que se sube linealmente-.

Entonces, el entuerto real con que nos encontramos es que, si bien podemos aprovechar el parlamento como tribuna desde la cual agitar nuestras ideas, esto es secundario; el objetivo primero y la actividad concreta de una política parlamentaria es legislar. Y aquí viene un verdadero problema: la tesis de la utilidad de la política parlamentaria para fines revolucionarios, más allá del tema de la agitación, adquiere consistencia y proyección en la medida que, en verdad, avanzamos en la tramitación de leyes que no solamente contribuyen a mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora y el pueblo, sino que además la colocan en un mejor pie de organización y conciencia para seguir luchando, en el contexto general de la lucha de clases. Pero lo que sucede en el contexto actual, donde la democracia capitalista al menos en Chile no atraviesa una “crisis revolucionaria”, sino por el contrario, goza de relativa estabilidad, es que para lograr la tramitación de cualquier ley habrá que ir en busca de esa fastidiosa mayoría casi imposible de alcanzar; entonces vamos haciendo pactos y alianzas con el diablo…y como todavía no llegamos al porcentaje requerido, la respuesta es que para las próximas elecciones ya no seremos dos, debemos ser diez…pero todavía no alcanza, vamos con 20, pero esos hay que duplicarlos para que ahora sí que sí…historia interminable hasta que a lo largo de las décadas la conciencia de la clase obrera quedó adormecida y mansa esperando las migajas de la democracia representativa, y su musculatura, escuálida producto de la falta de lucha.

Cuando la política adquiere este tono, compañeros y compañeras, esto tiene un nombre. Adivinen. Se llama reformismo. Incluso el Che Guevara tuvo la genialidad de advertir que cuando ya estamos cerquita de los quórum parlamentarios necesarios, la burguesía nos cambia todas las reglas del juego y hay que volver a empezar. O también, la otra opción es que nunca aspiremos en verdad a que aprobaremos leyes en beneficio de la clase obrera y el pueblo trabajador, y siempre desde la minoría estemos prometiendo y despachando “proyectos de ley”; los que irían en favor de los explotados y oprimidos pero jamás se materializan porque los burgueses, los vendidos y los traidores no están con nosotros. Entonces los denunciamos -¡cómo no, si tenemos tremenda tribuna!- esperando que las masas populares enardecidas, cansadas de malos representantes, junto con tomarse las calles, ¡para las próximas elecciones voten a 10 “diputados obreros” más! No compas… eso no es así. Lo que en verdad sucede con toda esta dinámica es que no pasa nada y la lucha de masas, en el mejor de los casos, cuando mantiene una dinámica de actividad, se desarrolla independientemente a la política institucional o parlamentaria; y el peor de los casos es cuando los movimientos de masas pierden su independencia en manos de la institucionalidad, cooptándola, achatándola, anestesiándola. En este momento es cuando los sectores reformistas se vuelven, propiamente tal, operadores de la reacción, agentes de la contrarrevolución. También concedámosle a los/as compas que, en perspectiva, esto es sólo una posibilidad.

El punto es que si bien, en el mejor de los casos al interior del parlamento se podría cumplir eventualmente algunos objetivos desestabilizadores del sistema -principalmente la irrupción permanente de nuestras ideas-, como contraparte, el efecto concreto en tendencia viene a ser lo que se conoce como la “parlamentarización” de la lucha social o lucha de masas. Esto es, la dinámica francamente absurda de ofrecer a los sectores movilizados una y otra vez “proyectos de ley” como solución a sus problemas concretos, que es lo que vemos patéticamente instalado por los parlamentarios del Frente de Izquierda y de los Trabajadores -FIT- de Argentina-, volviéndose ya, cuando se cae en esta lógica, en política reformista de tomo y lomo. El resultado concreto de lo anterior es la depresión de la lucha de masas, la educación -subjetiva- de los sectores activos de la clase trabajadora y el pueblo en la confianza hacia la “lucha legal” y, consiguientemente, hacia la institucionalidad del enemigo, el estancamiento de las respuestas para nuestra clase en los pantanos de la burocracia burguesa y, como raya para la suma, la aportación considerable en la estabilización de la lucha de clases, la contribución finalmente de un grado de estabilidad a la dominación de la burguesía sobre el proletariado. Parafraseando las brillantes y sencillas palabras de Miguel Enríquez: lo que hace que un militante esté o no en el campo de la revolución, es al servicio de qué dispone sus tareas.

Volviendo al punto inicial: reordenamiento del “mapa político institucional”, pero sin ruptura del consenso

Me di una vuelta larga para recorrer los diferentes sectores y bloques que en esta fase componen el sistema de partidos políticos y administran la institucionalidad burguesa, junto a los que ahora están dando una disputa por su conducción -aunque no están todos mencionados-. Lo que espero es haber puesto de relieve a partir del paneo de estos sectores políticos, el análisis de sus posiciones, las relaciones mutuas que guardan así como el contexto y la forma en que se presentan en el escenario político institucional, que estamos en presencia de un proceso pleno de acomodamiento de las piezas que conforman el “mapa político”, una reintegración o reconfiguración -parcial en todo caso- del sistema, motivada fundamentalmente por la necesidad que los administradores del régimen tienen de: a) mantener bajo control y contención las movilizaciones de masas, las cuales forman parte ya de todo un ciclo histórico en tendencia al ascenso; b) integrar a la institucionalidad política -inevitablemente- a un sector importante de la socialdemocracia chilena y el reformismo moderado, el cual les conviene por mucho tenerlo adentro que afuera y, en sentido estricto, sólo existe en tanto expresión política concreta como un factor inscrito al interior del aparato político; c) refrescar la “desgastada” democracia, hacer frente al problema de la desafección social en relación a ésta -que recordemos, no es lo mismo que oposición o rechazo consciente en el sentido político- o al menos, limpiar los ventanales de su fachada para hacerla presentable de cara a un pueblo que no les cree, pero eso no los inhabilita -ni mucho menos- para ejercer el poder con todas sus funciones; y d) ajustar, acomodar o corregir el sistema político en relación al “sentido común” predominante de la población, el cual en general aspira a cambios más o menos “democratizadores” y a la “adquisición de derechos sociales”, bajo la necesidad de reducir esa distancia y consiguientemente, responder al requerimiento del bloque dominante por mayores grados de estabilidad política.

En este contexto, el fenómeno que está transcurriendo consiste en que se reconfigura el “mapa político del sistema” pero no se altera de manera significativa el consenso sobre el que se asienta la burguesía, el cual se constituye de acuerdo con la siguiente fórmula: un contexto político, institucional y social propicio para una máxima acumulación de capital, así como las condiciones de garantía para la libertad del ejercicio de explotación. Y aquí viene la cuestión central: desde una década hacia atrás el carácter concreto, la forma material de esa fórmula más general era fundamentalmente la Constitución Política creada en el período de dictadura, como sustento del conjunto de la institucionalidad política de la transición pactada a la democracia restringida, con la Concertación de Partidos por la Democracia como su principal agente conductor y un parlamento “binominal”, con la Concertación y la derecha administrando el poder legislativo. Pero desde unos diez años para adelante el carácter concreto de aquella fórmula ha ido variando y seguirá presionando en este sentido, hacia un tránsito a un régimen de democracia burguesa relativamente más abierto, más democrático -en el sentido burgués-, más integrador y que tienda a conceder, parcialmente, algunas de las demandas sociales y del campo popular.

Y es exactamente en este movimiento donde el bloque dominante no logra convenir en un acuerdo. Presenta posiciones divididas, hay apuestas y énfasis distintos, surgen precauciones y conservadurismos de distinta índole que es lo que he tratado de relatar. Y también, muy importante, aparecen incompetencias, ineficiencias y desprolijidades por parte de los administradores del poder. De repente es bueno prestar oreja a lo que los propios dirigentes de la sociedad capitalista piensan y opinan acerca de la situación política actual. Si me permiten una distensión, hace poco tiempo escuchaba por la radio en la mañana el programa “El primer café”, donde invitan a conversar sobre coyuntura a diferentes panelistas presidentes o representantes de partidos políticos del sistema. Y resulta bastante claro que las preocupaciones principales de estos dirigentes, tanto de la derecha como de la Nueva Mayoría, son más o menos: la incapacidad para llegar a acuerdos políticos más bien generales y “programáticos”, tanto al interior de la coalición como entre coaliciones; la inoperancia de los partidos políticos y sus militantes y la desprolijidad en el trabajo que efectúan; la desidia de estos mismos en relación a la actividad de masas y el trabajo de bases; los problemas que los partidos tienen para generar “recambios políticos”, etc… La verdad es que, en este sentido, no figura una gran preocupación por las marchas estudiantiles, ni por las convocatorias del No + AFP, ni por el despliegue del “sindicalismo clasista”, salvo la actividad de los sectores en lucha del Pueblo Mapuche que marca, dado sus rasgos cualitativos de confrontación directa, una nota excepcional.

Ahora bien, poniéndome el parche antes de la herida frente a los suspicaces, está claro que la motivación fundamental, el móvil principal del mencionado tránsito político, tiene que ver con la acción de los movimientos de masas y los cambios producidos en la subjetividad del pueblo, asociados de manera profunda justamente al surgimiento cada vez más nítido de las reivindicaciones populares y el ejercicio de la movilización las últimas dos décadas, la acción directa de masas, la huelga y el paro productivo, la toma de liceos, colegios y universidades, las marchas y protestas por un abanico de razones, etc. Eso es de común reconocimiento, incluso -creo- para los/as representantes políticos en el poder, lo cual obliga a la élite política a responder y mover sus piezas. Y claro está también, todo este proceso ocurre a sobresaltos, con golpes; no de forma tan lineal o plana como se puede leer en el papel.

Donde el régimen político y los partidos que lo conducen encuentran la necesidad de operar ajustes y modificaciones, allí es donde se han producido las grietas del modelo. En sentido general, estas grietas pueden indicar puntos del blanco donde la clase trabajadora y los movimientos de masas apunten sus dardos con el objetivo no de repararlas, sino por el contrario, de ensancharlas, profundizarlas y convertirlas en verdaderas heridas del régimen.

Una nota para cerrar el apartado: debemos advertir que uno de los grandes retos para los sectores movilizados y para la izquierda revolucionaria en particular, consiste precisamente en impedir o dificultar que la transformación señalada del régimen político se lleve a buen término, a punta del robustecimiento de la organización independiente y clasista del pueblo trabajador. Los sectores revolucionarios debemos ser en la práctica una fuerza de confrontación, organizando y acumulando fuerzas sociales desde la vereda anticapitalista, visualizando una y otra vez al enemigo, declarándole un combate de clase sin descanso.

Quebraremos la hegemonía burguesa cuando la movilización obrera y popular se exprese como fuerza organizada: balance autocrítico

La razón fundamental por la que no asistimos a un quiebre del consenso del bloque dominante asociado a los cambios del “mapa político”, es que no se ha producido un cambio relevante en la correlación de fuerzas entre las clases antagónicas. O más bien, producto de que la relación antagónica entre la burguesía y el pueblo trabajador no ha sufrido una alteración al grado de amenazar verdaderamente la estabilidad del sistema, y más precisamente, de que la acción política de la clase trabajadora y los sectores movilizados del pueblo no se ha elevado hasta el punto de fracturar las bases del poder burgués, es que el marco general de acuerdos para la dominación capitalista se haya todavía relativamente inmune.

Cabe indicar que este es un análisis de la situación concreta de la clase trabajadora chilena que explica -creemos- las respuestas globales del aparato de Estado capitalista y sus agentes políticos, pero no atiende con exactitud a la fase que atraviesan los elementos más avanzados de las comunidades mapuche en lucha, sobre la cual no podemos enfocarnos por falta de espacio y porque en verdad no contamos con todos los elementos de juicio para escribir algo serio e informado. Baste con señalar que, tal como lo piensan algunos de sus dirigentes, la lucha de las comunidades mapuche más combativas ya está en un punto en el que necesita expandirse, desarrollar redes y “vías de escape” más allá de las “fronteras” del Wallmapu y sus comunidades, en vinculación solidaria con el pueblo chileno. Este va a ser un factor determinante que encenderá las alarmas del Estado chileno a un nivel que no ha sucedido desde el cese de la dictadura.

Nuestra pregunta entonces, en las condiciones presentes y llegado este momento del análisis, es cómo hacer para elevar cualitativamente -aunque sea lentamente, pero de forma sólida y consistente- los niveles de organización de los segmentos dinámicos de la clase trabajadora y el pueblo, básicamente dispuestos a la lucha reivindicativa, las dinámicas de enfrentamiento y la capacidad combativa de los diversos sectores movilizados por sus necesidades concretas y, a la base de esto, la consciencia política, la consciencia de clase de esta franja de nuestra clase.

Una parte de la respuesta a la pregunta de por qué no hemos podido avanzar en ese proceso de manera contundente creo que pasa porque, salvo contadas excepciones, las fuerzas políticas de izquierda no hemos sido capaces de superar las dinámicas de la espontaneidad social. En el intento -absolutamente necesario- de inserción social, lo que ha pasado es que las militancias de izquierda y revolucionarias hemos quedado ancladas, subsumidas o condicionadas por las dinámicas “naturales” de flujo y reflujo de la movilización de masas, cuando nuestra tarea consiste en ir, con las ideas políticas y la agilidad de la acción práctica, un paso más adelante, facilitando la organización, brindando aunque sea niveles básicos de claridad en relación al quehacer concreto aquí y ahora. Y ojo que en este sentido, la claridad o la orientación tiene muy poco o nada que ver con decirle a los sectores movilizados que tenemos que hacer la revolución socialista.

Con lo anterior quiero desmarcarme rápida y explícitamente de las opiniones de izquierda que consideran, con una u otra variante o formulación, que “es la propia clase la que nos dará las claves tácticas y estratégicas a seguir”, delegando la responsabilidad al respecto en un movimiento abstracto e indefinido. Me atrevo a afirmar con bastante seguridad que se trata de una tesis que no se registra ni se corresponde con la realidad presente ni con la historia. Claro que la clase trabajadora y el pueblo -en general- nos “rayan la cancha”, trazan los rasgos del momento de la lucha de clases y nos informan de las condiciones reales de existencia, la misma -y no otra- que queremos transformar. Pero, las iniciativas contenidas de proyección política necesariamente son una responsabilidad de ciertos elementos del pueblo que dedican su existencia o gran parte de su existencia a la actividad política revolucionaria. Estos elementos no son “selectos”, en el sentido de que no están preconcebidos. Son, nada más y nada menos, los que demuestren en la práctica estar a la altura de hacerlo y hacerlo bien. ¿Vanguardismo? No, porque la vanguardia o las vanguardias se comprueban en los resultados de su acción. Nuestra organización, ni las demás organizaciones de la franja revolucionaria chilena, no somos ni de cerca una vanguardia política, pero aspiramos a serlo y nos imponemos la necesidad de serlo, pues el problema actual radica precisamente en que hace falta una vanguardia organizada de la clase trabajadora y el pueblo para -lo más probable, de manera compartida, conjunta- revertir el escenario político del que no logramos salir.

¿Por qué ha ocurrido esto? Fundamentalmente, ha pasado que hemos tenido serias dificultades en la formación de cuadros revolucionarios, militantes capaces de dirigir y conducir organizaciones revolucionarias con una fuerte inserción y trabajo de masas. Hemos sufrido dificultades en la formación y la acción de una capa de militantes provistos de las aptitudes para asumir las funciones políticas de primera responsabilidad, y también -y por sobre todo- en la reproducción de la cadena, la promoción de sucesivas generaciones de revolucionarios y revolucionarias que aporten un flujo y continuidad a la correa de transmisión.

Visto en retrospectiva, el problema histórico de la izquierda revolucionaria en la presente fase de lucha de clases tiene que ver con que, a la apertura de nuevas expresiones de flujo, movilización y resistencia popular desde finales de los 90′ e inicios del 2.000′, no se ha correspondido un sector político -no me refiero a una organización en particular- que cuente con las capacidades humanas educadoras y dirigentes para hacer, precisamente, que esa movilización, acabada la coyuntura, se traduzca en fuerza, en organización, en consciencia -militante o no militante, eso es secundario-. Y no, que los desenlaces de las movilizaciones de masas sean la dispersión de las fuerzas, la diáspora orgánica y social, la desmoralización, la derrota sin respuestas, “salidas” ni lecciones, o peor aún, la traición en manos de la corruptela -el fatal caso de las burocracias sindicales- o la conciliación de las causas por parte de las conducciones reformistas -el caso del movimiento estudiantil-, como efectivamente ha ocurrido. La gran carencia de la época son los cuadros políticos revolucionarios … mujeres y hombres desarrollados como cuadros integrales; con capacidades políticas integrales, es decir, de asumir y llevar adelante todas las responsabilidades que mandata el quehacer actual -o al menos intentarlo sinceramente- y con destacadas cualidades de resistencia. Necesitamos militantes que resistan, más que los golpes represivos inmediatos -aunque indispensable y principal estratégicamente-, el agotamiento y la presión de un período extenuante, justamente porque opera una gran presión sobre la capacidad de rendir y crear respuestas, propuestas y alternativas concretas en un contexto donde no las hay.

¿Debido a qué ha sucedido lo narrado? Por un lado, a la persistencia de las verdaderas enfermedades que son la vanidad y la egolatría en el seno de la izquierda revolucionaria que no permiten construir; es el problema de la moral burguesa incrustada, endémica en los sectores sociales y populares y también -como expresión de un fenómeno global- en los sujetos activos políticamente. Es asimismo el problema un poco más general del liberalismo como un cáncer en las militancias y las organizaciones revolucionarias que dinamita los procesos de crecimiento y desarrollo. Yo creo que no hace falta poner las pruebas sobre la mesa, ¿o sí? Y por el otro, a la persistencia igualmente de la indisciplina y la incompetencia, es decir, la carencia de una preparación política y teórica suficiente, la falta de estudio y de información, así como también la sensible falta de rigor, de temple, constancia, entrega y -a riesgo de parecer románticos- el indispensable y más urgente que nunca espíritu de sacrificio.

En términos del movimiento del período, la acción política de la clase trabajadora y el pueblo tenderá a ir resquebrajando la hegemonía burguesa cuando las dinámicas defensivas y de lucha reivindicativa “espontánea” del movimiento de masas -que son los rasgos característicos de la confrontación de clases en este período- se vayan dotando de una batería de herramientas políticas de unidad, articulación y alianza con distintos sectores de la clase; de organización cada vez más sólida y consistente políticamente; de un diseño táctico o un conjunto de planteamientos tácticos orientadores para el quehacer concreto, aquí y ahora; de claridades estratégicas y programáticas también, aunque sin apurarnos demasiado con esto y sin caer en la peligrosa rigidez de las “categorías abstractas” -las categorías son formas históricas de dar nombre a lo concreto-; de un aumento de las habilidades combativas, lucha radical, acción directa, autodefensa y capacidad de resistencia; y un desarrollo de los valores revolucionarios o los componentes de una moral socialista, que pensamos, deberá tender a correlacionarse con un ejercicio cada vez más basto de la solidaridad de clase. No nos hagamos los/as desentendidos/as. Estas serán herramientas introducidas y presentadas al calor de la propia movilización de masas y desde adentro de las luchas concretas de nuestra clase por los elementos que en la práctica se demuestren como los más cualificados y sobresalientes, los cuadros. Los necesitamos con premura, los forjaremos. Aprenderemos a crear, así como a nosotros/as mismos/as, los cuadros revolucionarios de este período.

Algunas líneas para avanzar

Para finalizar estas notas de la coyuntura nacional, quisiera hacer el esfuerzo de bosquejar unas líneas a través de las cuales avanzar, aquí y ahora, en nuestra realidad nacional. Todas estas líneas, así como los párrafos anteriores, son un ejercicio de síntesis de un trabajo colectivo que hemos intentado llevar adelante en la organización donde milito. Sin la intención de ser exhaustivo en este último acápite, sino más bien sintético, algunas de las líneas que estimamos pertinentes como campos de acción para los sectores revolucionarios y clasistas, son las siguientes:

Realizar un “encuentro anticapitalista” a final de 2017. Se trataría de un encuentro de los sectores anticapitalistas de Chile lo más amplio posible -numéricamente hablando- a realizarse a finales de este año, posterior a las elecciones presidenciales y parlamentarias, con el objetivo de acercar organizaciones y sectores políticos y de masas a intercambiar un balance del año -y de los anteriores-, evaluar el desempeño real de los sectores anticapitalistas y revolucionarios en la política nacional y proyectar, aunque sea separadamente, las apuestas políticas de acción para el año 2018 y para encarar, desde el campo popular y revolucionario, todo un nuevo ciclo de cuatro años de gobierno.

Sin ser demasiado ambiciosos respecto al saldo unitario que un encuentro de estas características podría dejar para el conjunto de la izquierda, consideramos sumamente probable que sí servirá para tender determinados puentes y enlaces, y que eso ya nos dejaría en mejor pie del que estamos -como sector- para enfrentar el año político.

A partir de este hito, nuestra apuesta deberá consistir en desarrollar la solidaridad práctica entre los sectores de masas en lucha, forjando nexos de organización y unidad de los sectores movilizados de la clase. La forma organizativa de esta fuerza pienso que deberá ser una “coordinadora del pueblo en lucha”, con una real basificación de las luchas y las reivindicaciones concretas y con el foco puesto en la convocatoria a las organizaciones “naturales” de la clase trabajadora en la dimensión sindical, territorial, feminista, estudiantil y juventud, etc.

Unos pilares importantes de esta convocatoria clasista y anticapitalista deben ser las organizaciones feministas y las organizaciones territoriales, como dos momentos donde actualmente algunos sectores de la clase trabajadora y la juventud clasista se agrupan, se encuentran para resolver sus problemas materiales y dan impulso a posicionamientos políticos más avanzados. Por su parte, sería verdaderamente interesante que los territoriales No + AFP se decidieran a participar de otras instancias de discusión y articulación, en el entendido que son fuerzas que han cumplido una función relevante de basificación territorial, desarrollando difusión política y contacto de masas directo, actividades de pedagogía popular, organización de la autodefensa y la acción directa de masas, convocatorias territoriales a jornadas de marcha y protesta, u otras como el plebiscito próximo a realizarse con toda la actividad logística y organizativa que eso requiere, etc… De alguna manera que no podemos definir de antemano, todas estas expresiones debieran avanzar en coordinarse en instancias más complejas desde el punto de vista organizativo y político, sin perder su cualidad masiva y de basificación territorial.

¿Pero qué es lo que confiere dicho carácter territorial, por ejemplo, al movimiento No + AFP o al movimiento feminista? Pues la posibilidad de expresarse como un “coordinador popular”, de los diversos elementos de la clase trabajadora -oficios, ocupación, edades, sexo, etnia, identidad sexual-, en relación a una problemática que atraviesa transversalmente a nuestro pueblo trabajador de norte a sur del país. Por eso es que la organización o la coordinación clasista para dar respuesta al problema previsional, del machismo y la violencia de género, de la cesantía y la precariedad laboral, de la contaminación medioambiental y el daño a la vida de barrios y comunidades, a la discriminación por orientación sexual, al maltrato hacia la población inmigrante -a pesar de que en general el/la inmigrante, llegada/o a Chile hace relativamente poco tiempo, no está exigiendo todavía sus derechos-, al problema educacional o al problema de la salud, es susceptible de producirse, al mismo tiempo que en el nivel nacional o interregional, de forma territorializada, localizada geográficamente, abierta, pública y masiva a su vez. Ese es nuestro desafío.

Y finalmente, esta “coordinación del pueblo en lucha” o como se le llame, así como también el “encuentro anticapitalista” al que hemos hecho alusión, deben desplegar dos líneas de solidaridad fundamentales e impostergables, que por tiempo solamente voy a dejar trazadas: una línea de solidaridad con las comunidades mapuche en conflicto, y una línea de solidaridad internacionalista.

Como profetizara Antonio Gramsci, desplegaremos toda nuestra inteligencia, todo nuestro entusiasmo y toda nuestra fuerza… hasta vencer o morir.