[EDITORIAL] Mujeres: blanco de atrocidades humanas

Indudablemente las mujeres somos el blanco de las peores atrocidades humanas, no importa la nacionalidad, no importa la edad, no importa la contextura física, no importa si somos o no profesionales, estudiantes o trabajadoras de casa, etc., no es importante, la única condición es ser mujer, solo con eso ya estamos en situación de riesgo. Nuestros cuerpos cargan con la acumulación de historias atroces sobre abuso, violación, acoso, maltrato, tortura, las peores violencias que se pueda imaginar. La humanidad mira con total frialdad lo que nos sucede, nosotras continuamos luchando con urgencia para resistir la barbaridad, sin embargo no es suficiente para salvar las vidas de tantas mujeres que se nos van en el camino, que dolor más grande.

Disculpe señora, no haga nada por favor. Pídame lo que quiera, tengo contactos, yo la puedo ayudar en muchas cosas. Piense en mí, soy joven y tengo una hija” fueron las palabras de Gabriel Tejeda Villalobos, cabo segundo de carabineros tras la violación, a modo de disculpas a la detenida en febrero de este año.

Andrea tenía 15 años, tan solo una niña y ya a su corta edad probó el sabor amargo de lo que significa ser mujer en una sociedad que nos odia. Murió en las peores condiciones, tras una larga agonía producto de una violación y la tortura, ella, como muchas, pagó los pecados de nacer mujer, algo despreciable para muchos e imperdonable para el sistema patriarcal. Pobre niña, su cuerpo y su asesinato nos recuerda con impotencia que no somos libres del peligro que conlleva ser mujer, y nos preguntamos, ¿Cómo se puede llegar a tener ese nivel de indolencia? ¿Cómo puede alguien sentirse con el derecho de violar, abusar, menoscabar, oprimir de esa manera? ¡¿Cómo?! Esta clase de situaciones nos mantiene convencidas de que los perpetradores de estas atrocidades son todos hijos sanos de un sistema enemigo para nosotras.

La bestia Steve Sánchez Coyazo, ese criminal para atenuar su culpa alega ser el pololo y, quizás, para algunos sea una atenuante del crimen, llega a ser “un dato” que lo “justifica”, como una especie de derecho sobre ella, que le da permiso para penetrarla hasta destruirle todo: su vida, sus sueños, su cuerpo, su sexualidad, todo por dentro, hasta su familia de aquí para siempre. ¿Cómo perdonar esto? ¿Cómo perdonar al autor? ¿Cómo perdonar a la “justicia”, que sabía/sabe de la existencia de violadores, abusadores, todos ellos libres? Esto era evitable, el culpable tenía antecedentes de haber violado a una niña de 13 años y haber abusado sexualmente a otra de 14 años, tres niñas víctimas del mismo sujeto. ¿Cómo se explica que para la justicia chilena este hombre no signifique un peligro? Quizás sea porque no es una urgencia, cuando las prácticas de abuso y violación muchas emanan de la tradición de quienes hoy detentan el propio poder del estado; hijos de hacendados violadores de las mujeres del pueblo con completa impunidad como para manifestar sus deseos, en ese sentido cómo olvidar el indignante ‘chiste’ que Sebastián Piñera contó en televisión abierta: “las mujeres se tiren al suelo y se hacen las muertas, mientras ellos se tiran encima y se hacen los vivos“, o cuando hablaron de incentivar la economía simulando el abuso sexual a una mujer sin tapujos. Son el patronaje en su más cruel expresión, esa es la gente que cree tener derechos de hacer justicia en este país, nuestros opresores. El patronaje judicial debería comenzar por condenarse a sí mismo por autor y cómplice.

Y no basta con eso, se acentúa que el femicida es peruano ilegal en Chile, como para darle la centralidad a la necesidad de regularizar la entrada en el país a los inmigrantes, la prensa burguesa copa los noticieros destacando que es peruano, claro, eso si que es más urgente según ellos. Como si la sociedad chilena fuera más segura para nosotras, como si el peligro femicida viniera de otro país, pero no, este mismo año una becaria costarricense fue violada, privada de libertad en un psiquiátrico y al igual que Andrea fue fuertemente drogada e incluso secuestrada pero por el propio sistema de salud, para silenciarla y que no dijera nada, con completa complicidad de las instituciones estatales de este país: seguridad, salud, etc. Esta vez el peligro es al revés, una extranjera es violada acá, por un chileno, funcionario estatal cuya función es “proteger”.

Recordemos, a modo de desmetificación de la teoría xenofóbica, el caso de Gabriel Tejeda cuya cita encabeza este escrito, el cabo que también violó a una mujer cuando se encontraba en una celda detenida a principio de este año en la ciudad de La Serena, por un carabinero que la “resguardaba”, ante la completa complicidad – por la alianza criminal que resguarda el privilegio masculino – de sus colegas, y así muchos casos más. Sólo en el transcurso de esta semana van 5 femicidios, en la próxima otros tantos van a ocurrir. Con tal regularidad no tiene sentido pensar siquiera que son casos aislados, porque el hecho de si es o no el pololo y si es o no peruano pareciera ser un dato importante, cuando la esencia es un sistema mundial criminal a la base y, frente a esto, las niñas y mujeres en el mundo corremos riesgos de igual manera.

La cultura hegemónica del piropo callejero que se publicita como orgullo nazional, de una mano con derecho de tocar el cuerpo de una mujer sin su consentimiento, de una mirada lasciva, de un comentario sexual insinuante, de un chiste machista, de la publicidad impune que nos humilla, la infantilización menoscabante de nuestras luchas legítimas, el mercado criminal que nos usa para sus ganancias, la industria femicida de Macarena Valdés, Berta Cáceres y tantas otras, el Estado terrorista chileno que ha tenido que ceder algunas concesiones miserables… todo forma parte del mismo problema: una sociedad formada patriarcalmente en las bases de su existir, donde la cultura embrutece la razón con ideologías como creer que las mujeres no podemos tener decisiones, libertades ni derechos, porque eso amenaza el derecho que tienen otros sobre nosotras y, en su defecto debemos ser sometidas, poseídas, acosadas y humilladas, todo esto a nuestra vista y paciencia, esperando que frente a esto no defendamos nuestros cuerpos y nuestras vidas.

La experiencia nos demuestra a las feministas una vez más que solo nuestra lucha en todas sus formas; nuestras movilizaciones, nuestra organización, nuestra alianza feminista y empuje ha dado resultados sobre la realidad, ha puesto la urgencia, nuestras urgencias, de no querer morir, de no querer ser violada, abusadas, discriminadas, menoscabadas, acosadas, vulneradas en una sociedad que nos demuestra en cada sentimiento de peligro, en cada real peligro, en cada rabia e impotencia, la expropiación histórica que le han hecho de su humanidad, vacía. En lo profundo el patriarcado ha calado a la humanidad en su centro, la mata, nos mata, no hay más salida que acabar con él y con su aliado, el capitalismo enfermo de criminal.

Haremos todo lo que tengamos que hacer para que no haya más Andreas, más Nabilas, más Lucias Perez y tantas otras hermanas arrebatadas de esta vida o heridas de por vida. Debe ser la lucha intransable e incansable, esa que hiere el origen de este mal incluso hasta en nuestras vidas, aunque duela, pues ni al capitalismo ni al patriarcado hay que darle ni la más mínima concesión, sólo el avance en la organización de nuestras fuerzas feministas nos dará la humanidad que soñamos, la que queremos. El Estado chileno, ese órgano de orden patriarcal y burgués, no va a proporcionar la justicia que pedimos si es que nosotras no seguimos luchando, acechándolo hasta conseguir que se haga justicia por Andrea y por todas, pues nosotras no estamos dispuestas a perdonar ninguna injusticia.

Revista Nuestra América

Septiembre del 2017