Izquierda Guevarista de Chile

Juventud Guevarista de Chile

Invierno del 2018

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Este documento es una parte de la propuesta de la Izquierda Guevarista de Chile de base para las discusiones del XI Encuentro Guevarista Internacional -de la Coordinadora Guevarista Internacionalista- a celebrarse este año en Chile los días 13, 14 y 15 de julio bajo el contenido de “América Latina: procesos políticos y proyectos revolucionarios en la actualidad”. 

La propuesta se compone de:

a) Análisis político de la situación regional. En ningún caso muy desarrollado, sino más bien en base a algunos puntos o tesis que nos sirven para afirmarnos, abrirnos a un debate y tener una comprensión de la realidad latinoamericana en la actualidad.

b) Análisis político de la situación nacional. De acuerdo a los mismos criterios que el anterior.

c) Líneas de organización y desafíos para las y los revolucionarios en América Latina.

a) América Latina:

El Estado imperialista de EEUU tiene actualmente la absoluta determinación de “recuperar terreno perdido” en América Latina

Esto se manifiesta con particular fuerza desde la irrupción del “chavismo” -como respuesta a la crisis social, política y económica del neoliberalismo- en Venezuela a comienzos de la década del 2000, a lo cual se suman más adelante cambios de gobierno y de régimen político en Ecuador, Bolivia y otros países, los cuales se desarrollan más o menos en la misma línea que el proceso bolivariano. Respecto a los procesos que se han considerado parte del llamado “progresismo latinoamericano”, más o menos profundos unos que otros, la relación que nos importa destacar en primer lugar es que obstruyeron y obstruyen -particularmente el eje Cuba-Venezuela-Bolivia-Nicaragua- los planes estratégicos de los EEUU relacionados con desarrollar una acción imperialista más intensa, más tenaz, controladora y coercitiva sobre las naciones de la región latinoamericana.

Podríamos decir que por esos tiempos, una alarma importante para el imperialismo fue el “levantamiento zapatista” en 1994, en México, el cual daba cuenta de una situación de convulsión indigenista más o menos latente a nivel regional; junto al hecho fatal y traumatizante para los EEUU de la “supervivencia socialista” de Cuba de los 90’ a los 2000’; más, la continuidad, desarrollo y extensión de las guerrillas revolucionarias colombianas también allí por el cambio de siglo; al mismo tiempo que en pleno corazón del imperio, en Nueva York, fueron derrumbadas las Torres Gemelas el 2001, lo que lleva a Bush hijo por entonces a volcarse en una larga e incierta intervención militar en Medio Oriente, continuada por todos los gobiernos sucesivos. No podemos omitir que los así llamados “procesos progresistas” en América Latina se originan en ese contexto histórico en que a EEUU, potencia hegemónica regional y mundial, se le abre una serie de focos incendiarios cuando se suponía que el mundo ya no estaba en disputa, en el marco de la desintegración definitiva de la URSS y con ello, del “campo socialista” y hasta la noción misma de socialismo.

Como una posición sintética, la cual debemos desarrollar concretamente tanto en el debate como en la práctica, sostenemos que la política imperialista encabezada por los EEUU y la Unión Europea -UE- va en detrimento directo de la clase trabajadora y los pueblos latinoamericanos, en una perspectiva inmediata y de largo plazo. Mirando ampliamente la realidad, debemos oponernos de forma categórica al conjunto de las intenciones y las influencias del “imperialismo yanqui” en la región, como el principal enemigo estratégico, junto con desarrollar todas aquellas las alianzas que sean necesarias para desplegar una amplia resistencia a los planes imperialistas sobre nuestro territorio. 

Por otro lado, a diferencia de lo que muchos “análisis marxistas” plantean, nosotros/as sostenemos que la actual disposición ofensiva por parte del imperialismo no se adopta fundamentalmente a partir de la crisis económica de 2007-2008. No encontramos allí su raíz ni la explicación fundamental del proceso en curso. Más bien, decimos que aquélla está posibilitada y potenciada históricamente por las dinámicas del enfrentamiento político en el plano regional. Para obtener algunas claridades acerca de esto, veamos por ejemplo que las intervenciones del imperialismo yanqui en Indochina y Latinoamérica principalmente, durante las décadas del 50´y 60’ del siglo XX, en uno de los procesos más ofensivos y cruentos que haya registrado jamás la Era del Capitalismo, se dieron en un contexto de crecimiento y superávit económico esplendoroso. No había “crisis económica”, sino que estaba allí la URSS y China con todo su poder regional y se encontraba en desarrollo la Revolución Cubana en el Caribe, con los influjos políticos e ideológicos que lo anterior supone en el mundo entero, amenazando de muerte al capitalismo. Era la intensidad creciente de la lucha de clases mundial. O un ejemplo más cercano, el “Plan Colombia”, concebido entre los gobiernos de Colombia y EEUU en 1999, una de las empresas intervencionistas más monstruosas del presente período, se despliega años antes de la crisis económica de 2007-2008. La “actitud ofensiva” del imperialismo tiene poco y nada que ver con eso. En efecto, los actuales movimientos ofensivos del enemigo de la humanidad se explican principalmente por sus intereses geoestratégicos sobre la región. 

Creemos que lo realmente determinante son, de hecho, las dinámicas de articulación-desarticulación de proyectos políticos en pugna -de proyectos políticos, más allá de que se confronten o no de manera directa capitalismo con socialismo-; o de composición-descomposición -es decir, correlación de fuerzas- de alternativas políticas o alternativas de poder en América Latina, en los distintos territorios nacionales y Estados-Nación del continente, en relación con el poder central de los EEUU o bien, de otras fuerzas imperialistas como son China-Rusia. Dichas dinámicas consisten, en este momento histórico, en este lugar del mundo -más allá de que nos guste o no- en el movimiento entre los polos dependencia y soberanía. Dependencia y subordinación a los dictados políticos, económicos y militares de los EEUU -junto a todo el bloque que dirige, lo que podríamos denominar a grandes rasgos como “imperialismo occidental”-; versus una gama de “expresiones soberanas” respecto de los mismos o relativamente insubordinadas -en el caso de Venezuela es donde el enfrentamiento se viene expresando y se expresa más abiertamente-. Claro que no por eso sus políticas poseen un carácter ni una orientación anticapitalista necesariamente, ni mucho menos revolucionaria, al menos en cuanto a los sectores de gobierno que ejercen el poder. 

Allí radica la tensión fundamental y, en ese movimiento, la razón principal de por qué el imperialismo “arremete”. Pues, porque ahora puede, porque goza de mejores condiciones políticas para hacerlo que hace 10 años atrás en la región latinoamericana -distinto a lo que sucede, por ejemplo, en la región medioriental, aunque no podemos detenernos aquí en dicha explicación-. Iremos en los siguientes puntos desmenuzando esta cuestión central.

Articulaciones, cumbres y foros como la del “Grupo de Lima”, la APEC, el G-20, etc, presentan un carácter completamente reaccionario y amenazante

Son plataformas al servicio de los intereses yanquis y las clases dominantes de las respectivas naciones dependientes. Actualmente están en proceso de desarrollo y organización, con un signo claramente regresivo, de modo que ameritan el repudio decidido y categórico de todas las fuerzas clasistas y de izquierda en América Latina. El siguiente foro del Grupo de los 20 -países industrializados y emergentes- se realizará este año en Argentina, y la próxima cumbre APEC -Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico- se celebraría en Chile el 2019.

Se suma a lo anteriormente señalado el TPP-11 -Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, sin Estados Unidos, firmado en marzo de este año todavía por Bachelet- el IIRSA -Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana- y el hecho de la reciente unión de Colombia a la OTAN -en calidad de “socio global”-, antes incluso de la elección del uribista Iván Duque como nuevo presidente. Este último suceso -integración de Colombia a la OTAN, Organización del Tratado del Atlántico Norte- resulta clave para comprender las dinámicas estratégicas de la lucha de clases en el presente período en la región latinoamericana. Colombia se irá consolidando como “la Israel de América Latina”, es decir, como bastión estratégico del imperialismo yanqui en América Latina, lo cual tiene un impacto potente, concreto y decisivo en la trama de la lucha de clases.

La correlación de fuerzas en la lucha de clases a nivel continental se está desplazando a favor de la reacción imperialista

En el marco histórico de la última década o de los últimos quince años, este fenómeno presenta dos grandes basamentos: 

a) El primero, tiene que ver con que los procesos “progresistas” o “de izquierdas” en América Latina -con lo difícil que resulta agrupar diferentes procesos y tomarlos como una misma cosa, como veremos a continuación-, como un factor relativamente común, han demostrado grandísimas debilidades o distorsiones en los planos ético-moral y político –de desarrollo del proyecto político-, debido a lo cual o se han debilitado considerablemente en unos casos, o han girado hacia “el centro” de manera sustancial en otros, abandonando toda posible perspectiva socialista. Quiere decir, que al día se han debilitado básicamente a causa de los defectos integrales y las deformaciones propias de aquellos procesos. 

Con lo anterior apuntamos, sobre todo, al proceso nicaragüense, al venezolano y al ecuatoriano. Al menos los primeros dos, sumidos en la corrupción y la delincuencia enquistada en el seno mismo del poder, lo cual no pudo ser resuelto ni superado por parte de sectores y elementos militantes que sí se planteaban -y se plantean todavía- un proceso revolucionario honestamente; además, tanto en Nicaragua como en Venezuela, en perspectiva de la última década, las políticas emanadas de la dirección de gobierno -que no es toda la realidad política y social del país, por supuesto- se han venido inclinando en sentido de la adaptación a un modelo capitalista adecuado a los requerimientos concretos del imperialismo: en el caso nicaragüense, por lo que sabemos, casi voluntariamente; en el venezolano, en gran medida -pero no totalmente- mediante la presión y la guerra, el bloqueo económico despiadado, el aislamiento diplomático, etc. Y en el caso ecuatoriano, renegando garrafalmente de una perspectiva socialista -desde los tiempos de Correa-, se halla ahora, de acuerdo a lo poco que conocemos, irremediablemente “derechizado”. Bolivia es tema distinto porque su proceso -definido por García Linera como “capitalismo andino-amazónico”- no se encuentra debilitado económica ni políticamente, o al menos no tanto como sería Venezuela o Nicaragua; y Cuba igualmente es caso aparte porque se trata de la única Revolución Socialista en el mundo que no ha dejado de serlo, además que no está derrotada para nada, más allá “concesiones” específicas que ha debido -y/o ha optado, queda abierto para el debate- realizar al imperialismo, nos atrevemos a decir, sin comprometer en esencia su carácter revolucionario. 

b) Y en segundo lugar, es menester advertir que las condiciones subjetivas predominantes de la clase trabajadora en el continente -y el mundo-, en general, le ha permitido en algunos países a proyectos “de derechas” –desde las más extremas y retrógradas hasta las social liberales- asentarse socialmente y desarrollar bases en el seno del pueblo trabajador, con mayor o menor solidez y amplitud, debido, básicamente, a los retrasados y descompuestos niveles de consciencia de clase que marcan más la norma que la excepción. Aquello está instalado con fuerza en los países donde “la derecha” conduce gobiernos, como en Chile, Argentina, Perú, Colombia -Brasil es levemente distinto porque allí hubo un golpe y en Paraguay también, sin embargo, la situación histórica es más o menos esta misma- y en general, en todos los países donde las izquierdas tienen poca llegada, en parte, dadas las condiciones subjetivas de la clase trabajadora –la otra parte, quizás la más abundante, tiene que ver con nuestras propias incompetencias-. 

Claramente, este panorama de conjunto es favorable al avance agresivo del imperialismo y la reacción, con alternativas “de izquierda” menguadas y proyectos de derechas -en el sentido amplio de la palabra- que encuentran un piso social para crecer. De todas maneras, acerca de la situación de los sectores de izquierda en el continente, afirmamos que donde es más fuerte la izquierda en general, y la izquierda revolucionaria en particular, es en Colombia y Venezuela -a pesar de todas las dificultades que atraviesan-. El hecho objetivo del crecimiento de la izquierda en el seno de la clase trabajadora y el pueblo nos señala la región colombo-venezolana como el punto de mayor desarrollo de los antagonismos de clase en América Latina y, por ende, donde se presentan mayores niveles de consciencia de clase en relación al panorama general. Todo esto se expresa  categóricamente tanto en los niveles de organización clasista alcanzados por vastos sectores del pueblo trabajador, los espacios de poder popular/comunal autónomos conquistados e incluso el desarrollo de una fuerza militar con miles de personas agrupadas en el marco de ideas socialistas y revolucionarias.

Estas son las relaciones que colocamos en primer orden de explicación a la hora de observar los avances de proyectos de derecha, conservadores y reaccionarios en el continente, junto con el retroceso, degeneración o potencial caída de procesos autotildados de “progresistas”; antes que el trillado lugar común de la caída del valor de las materias primas de exportación, que mal explica, por ejemplo, por qué Bolivia no se encuentra mermada económicamente como sí lo está Venezuela.

A diferencia del ejercicio más común, queremos destacar la heterogeneidad y singularidad de cada proceso político nacional en América Latina

Consideramos incorrecto y bastante común en los análisis de la izquierda, pensar como un mismo “proyecto político” o “bloque político” más o menos homogéneo a Cuba, Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia, e incluso a veces Brasil, Argentina y Uruguay. Es decir, quienes fueron o son parte del ALBA -Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos- y otros más que nunca la integraron. Esto no es así, ciertamente, de modo que partimos entendiendo mal las cosas. Cabe mencionar que resulta llamativo, de todas maneras, que el mismo ejercicio –generalización, homogenización- no se practique al referirse, por ejemplo, a Chile, Perú, Colombia y México. Siendo que los gobiernos –o un poco más allá, los sectores políticos dirigentes- de estos países se agrupan hace más de cinco años en la “Alianza del Pacífico” y presentan grandísimas coincidencias en materia de política internacional, a nadie se le cruzaría por la cabeza omitir la singularidad política e histórica y las enormes diferencias entre los procesos de estos cuatro países.

Vale mencionar, a propósito de lo que estamos argumentando, que como organización criticamos y nos desmarcamos del mote de “progresismo”, como decíamos arriba, para hablar de los gobiernos agrupados en el ALBA y otros más. Básicamente porque, bajo una chapa de carga positiva, gobiernos nada de progresivos -en el sentido estricto de la palabra, históricamente- se han aprovechado para aplicar políticas y adoptar posiciones que en realidad poseen un carácter regresivo -muy en términos generales, solamente dejaríamos aparte a Cuba de este planteamiento-. Recordemos, solamente como un ejemplo, que el gobierno de Cristina Fernández se opuso a la idea de legislar acerca del aborto en Argentina; mientras que ahora, “paradójicamente”, esto sucedió en el mandato de Macri.

Más bien, lo que hay -y lo que hubo- es una alianza geoestratégica, geopolítica y geoeconómica entre gobiernos de corte social liberal, como es el caso de Argentina, Uruguay y Brasil -los tres en tiempo pretérito en relación a esta alianza, durante el kirchnerismo, el mandato de Mujica particularmente y los de Lula y Dilma, de forma respectiva; socialdemócratas, Ecuador -también antes, con Correa- y Nicaragua; reformistas, Bolivia y Venezuela; y un gobierno socialista y revolucionario que es el cubano.  

No tenemos el espacio ni es el objetivo referirnos a los procesos concretos de cada uno de los países latinoamericanos. Baste por ahora con tan solo instalar la idea de que una cosa son las alianzas diplomáticas o las relaciones “geopolíticas” en el concierto internacional; y otra cosa muy distinta -en verdad, a veces puede ser muy distinta- son los proyectos o procesos políticos propiamente tal que llevan adelante movimientos políticos, partidos políticos, frentes políticos y gobiernos. Por poner un ejemplo, la Cuba de inicio de los 60’, curiosamente hacia cuya misión estaba destacado el Che Guevara, ¿con cuántos países del mundo no intentó abrir relaciones diplomáticas y comerciales, específicamente? La respuesta es: literalmente, con todos los que estuviesen dispuestos a hacerlo. Realmente con todos, independiente de si era una democracia capitalista, o si más bien era de tipo monárquico, si el poder se transmitiera por herencia o lo que fuera, porque en ese contexto y en este caso, la decisión de avanzar en un proceso revolucionario se sabía traería por consecuencia el bloqueo comercial y la furia política y militar de parte de las potencias del capitalismo imperialista. No estamos diciendo que esto mismo ocurra hoy; decimos que alianzas internacionales -o “diplomáticas”- no igualan procesos y perspectivas políticas por sí mismos.

Aprendizajes y síntesis básicas

Lo que tenemos hoy día a la mano son unas lecciones básicas, que nos ha vuelto a demostrar la historia reciente -últimos 20 años- en Latinoamérica: 

a) El carácter necesariamente internacional de todo proceso revolucionario, sobre todo en países como los nuestros en América Latina, atrasados y dependientes económicamente. Esta tesis tiene más vigencia todavía hoy que en períodos anteriores, puesto que los mercados internacionales tienden a ser más interdependientes, el control desde las potencias capitalistas, más férreo y acabado y los monopolios capitalistas, más robustos y extendidos. Además, indefectiblemente, serán procesos internacionales de transición socialista, no de socialismo propiamente tal -a no ser que aceptemos la vieja tesis estalinista de “socialismo en un solo país”-. A menos que haya todo un vuelco de la lucha de clases a escala mundial favorable a la revolución, que permita a los incipientes procesos revolucionarios latinoamericanos un soporte intercontinental de tipo material, técnico, económico, militar, diplomático -justamente como lo tuvo Cuba en el contexto de la “Guerra Fría”-, lo cual no se ve cercano por ningún lado.

b) La indispensable calidad moral de las direcciones revolucionarias, fuente de legitimidad y arraigo popular. Hoy vemos nuevamente expresada la necesidad de aquel papel del ejemplo sobre el que las y los revolucionarios no podemos cansarnos de insistir, sobre condiciones históricas concretas y expectativas realistas, como exigencia presente hacia nosotros/as mismos/as. 

c) El poder debe radicar y surgir desde las bases organizadas del pueblo trabajador. Son las bases populares las que deben desarrollar procesos “no-burocráticos” a través de los contenidos y las formas de su propia organización de clase, combatiendo las tendencias e inclinaciones burocráticas a partir de los propios instrumentos revolucionarios de organización del pueblo. No se trata de que las tendencias burocráticas al interior de los aparatos estatales sean “contenidas” porque eso es imposible, dado que la burocratización es constitutiva de la propia esencia del Estado. Se trata de que la organización del socialismo no contempla Estado alguno y consiste en la destrucción de la máquina burocrática estatal, sustituida por las comunas, los consejos, los cordones, los soviets, las asambleas o como se le denomine.

d) El socialismo deberá adquirir un carácter “indoamericano” o “indigenista” en la gran mayoría de los países del continente latinoamericano. Piénsese en un proceso revolucionario en Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Guatemala, México -Chile y Argentina también- sin este componente esencial. Con esto no necesariamente nos referimos a una “integración” de los pueblos originarios al socialismo, sino, quizás, lisa y llanamente al derecho a la autodeterminación de los pueblos. Destacamos además la posibilidad de recoger o aprehender procesos ancestrales de los pueblos originarios, en cuanto a modos de producción económica comunitarios -no existe la propiedad privada propiamente tal- y a una organización social igualmente comunitaria en ausencia de cualquier forma de Estado y de burocracia estatal. Pensando, particularmente, en el Pueblo Mapuche.

e) El proyecto socialista deberá ser de naturaleza antipatriarcal y feminista, anticolonial y ecológica o ecosocialista; o no será. Por ahora solamente podemos mencionar dichos caracteres, en los apartados de abajo iremos desarrollando algunas líneas incipientemente.

b) Nacional:

Contexto económico

El patrón de acumulación capitalista en Chile demuestra relativa estabilidad durante la fase actual -más allá de algunos altos y bajos en los índices de crecimiento, etc-. Las tasas de ganancia para la burguesía propietaria del capital monopólico están más que garantizadas y en constante desarrollo.

La gran burguesía local no padece crisis económica alguna. Quien sufre las fluctuaciones propias del movimiento capitalista es la clase trabajadora, actualmente en la forma de precarización o pauperización de las condiciones de vida. Y de manera particularmente aguda, la creciente masa de trabajadores y trabajadoras informales, o de modos de contratación laboral que tienden a ser cada vez menos formales, como el “boleteo” o los honorarios. A este respecto, es importante señalar que según estudio de la Organización Iberoamericana de Seguridad Social -OISS-, año 2012, el porcentaje de empleo informal en Chile es de 35,8%. Podríamos hipotetizar de que hoy día es mayor, teniendo en cuenta que, “a nivel mundial, el avance significativo logrado en el pasado en la reducción de este tipo de empleo [vulnerable, trabajadores/as por cuenta propia y trabajadores/as familiares auxiliares] está prácticamente estancado desde 2012 […] Es preocupante que la proyección actual indique una reversión de la tendencia, con un aumento anual de 17 millones de personas en empleos vulnerables en 2018 y 2019”. 

Como paréntesis interesante, observemos los porcentajes de informalidad laboral en los demás países latinoamericanos -2012-, asumiendo que seguramente al día de hoy existen variaciones, por ejemplo en la economía de Argentina o Venezuela: Argentina 50,4; Bolivia 60,2; Brasil 51,1; Colombia 38,4; Costa Rica 44,3; República Dominicana 47,6; Ecuador 74,9; Guatemala 56,1; Honduras 58,2; México 50,1; Panamá 49,4; Perú 67,9; Paraguay 65,5; El Salvador 56,6; Venezuela 49,4. Podemos concluir rápidamente que, dentro del fenómeno de la extensión del empleo informal y de su precarización, el porcentaje chileno se encuentra entre los más bajos de América Latina. Y también, llama la atención que los países con mayores niveles de informalidad laboral, son precisamente aquellos con mayores porcentajes de población indígena u originaria. Ya habrá momento para abordar esto seriamente.

El modelo económico chileno, como sabemos, se sostiene en la dependencia extrema en relación a los mercados foráneos. Esto condiciona una fortaleza y una debilidad a la vez, por supuesto, para la burguesía monopólico-financiera.

Agregamos en el análisis, a su vez, el elemento del trabajo doméstico no remunerado y su aporte para la economía capitalista en base a la labor reproductiva de la mujer, el cual además carece de cualquier tipo de “seguridad social” y es pilar principal de la opresión patriarcal sobre la mujer trabajadora.

No obstante lo señalado sobre las crecientes condiciones precarias de existencia de la clase trabajadora, el pueblo trabajador chileno, en general, tiene acceso a niveles de consumo considerables, si lo comparamos con la media de los países de toda América Latina y específicamente, del Cono Sur. Las tasas de consumo de la sociedad se sustentan en gran medida sobre la base del endeudamiento, completamente extendido y generalizado. Lo que da cuerpo a una “economía nacional” que es fundamentalmente crediticia. Gatillada por el crédito, es decir, por el capital financiero. De la expansión del PIB nacional total, la mayor parte viene aportada por el consumo, el sector terciario. Al respecto, el informe de Cuentas Nacionales 2013-2017 del Banco Central de Chile, señala: “Durante el año 2017, la actividad económica creció 1,5% con respecto a 2016, siguiendo una tendencia creciente a partir del segundo trimestre […] Desde la perspectiva del origen, se observaron incrementos en la mayoría de las actividades, siendo servicios personales y comercio las de mayor contribución al resultado del PIB. En tanto, las principales incidencias negativas provinieron de servicios empresariales, construcción y minería”.

A propósito de las relaciones de endeudamiento, acceso al consumo, economía de servicios abundante, niveles de consumo elevados -en comparación a las realidades de los países vecinos- y trabajo precario, se constituye como resultado toda una subjetividad individualista, descompuesta, mercantilizada y alienada en el seno del propio pueblo trabajador chileno, condicionada por el modo de vida.

Transformaciones a nivel de las fuerzas políticas del sistema

En este punto corresponde detenernos a discutir lo que significa y cómo se explica el surgimiento e instalación del Frente Amplio –FA-, la debacle de la Nueva Mayoría –NM-, ya definitiva al parecer, y el robustecimiento -relativo- de la derecha en el gobierno –coalición Chile Vamos-.

Acerca del FA, podemos decir que se constituye un sector político que logra capitalizar en gran medida -a nivel electoral- una serie de demandas populares que ya tienen algunos lustros de desarrollo, maduración e instalación social. Que expresa un carácter político que podríamos llamar como “consecuentemente socialdemócrata”, a diferencia de la difunta NM, perdida entre las contradicciones internas y los anclajes con el aparato estatal, la corruptela, las redes mafiosas y los compromisos con los grandes grupos económicos. Que viene libre –todavía- del flagelo de la corrupción. Y que, dirigido o hegemonizado por una política socialdemócrata, y con un ala más a la derecha, social liberal, arrastra e incorpora a su vez a algunos sectores reformistas de izquierda, otros que los consideramos clasistas e incluso, posiblemente, algunos grupos revolucionarios que han tomado esa opción o que -hipotéticamente- pudieran ir entrando al conglomerado. 

Los partidos componentes y dirigentes del FA son los herederos directos de una política “originalmente bacheletista”. La conformación del FA es uno de los dividendos políticos más desarrollados del, todavía en curso, flujo de la juventud estudiantil, de donde proviene de manera sustancial. El FA no presenta programa político común, ni se ve tampoco en el mediano plazo que puedan hacerlo; más bien, Revolución Democrática estará en lugar de imponer unilateralmente sus condiciones políticas dado el porcentaje de parlamentarios/as al interior del conglomerado -20 diputados/as y un senador-. Las dinámicas de agrupamiento interno siguen -y seguramente, seguirán- siendo fundamentalmente electorales.

De alguna manera, se confirma un elemento que veníamos señalando desde el año pasado: y es que posiblemente existirían algunas coyunturas de movilizaciones sociales que sobrepasarían la capacidad del FA para conducirlas y contenerlas integral o mayoritariamente; en especial si se tratara, por ejemplo, de determinados sectores radicalizados de la juventud. Y sucedió que, antes de lo que creíamos y con mayor claridad de la esperada, la irrupción del movimiento feminista desde las universidades, liceos y colegios -posiblemente el sector más radicalizado y encendido actualmente de la juventud- avanzó, se organizó, se masificó y se tomó la escena política y mediática por fuera o, mejor dicho, por sobre el FA y la CONFECH -Confederación de Estudiantes de Chile-, conducida fundamentalmente por los partidos del FA y las JJCC -Juventudes Comunistas-. Estos últimos se encuentran en la posición, casi desesperada, de cooptar, de ubicarse a la cabeza aunque no dirijan, de figurar en el punto de prensa a pesar de no tener las principales vocerías de facto, de pretender la parlamentarización del movimiento mediante las diputadas comunistas Karol Cariola y Camila Vallejo, aunque las bases movilizadas no las toman en cuenta a ellas para nada de lo que hacen. Es decir, tratan, con pobres resultados, de “aparatear” las movilizaciones con mezquinos fines electoralistas. Esto último genera desconfianzas en las bases no solo hacia ese sector o conglomerado, sino que también hacia toda orgánica política en general, en tanto orgánica, revolucionaria o no revolucionaria. Dicha cuestión de la parlamentarización de la lucha por parte de estos sectores, se ha dado concretamente en el movimiento estudiantil y en el movimiento contra las AFP, en ambos casos, como hemos podido ver, con efectos nocivos sobre las fuerzas de la movilización.

El contexto de todo lo que hemos dicho, lo caracterizamos como de “fisura del consenso neoliberal” en Chile. En algunos casos, estas fisuras se han manifestado como la recuperación de derechos -ejemplo, el aborto, la educación pública o la negociación colectiva-, y en otros como adquisición de nuevos derechos sociales -el respeto a la mujer en las diversas esferas de la vida y a las identidades sexuales disidentes, por ejemplo-. Pero la fisura del consenso neoliberal -donde radica fundamentalmente la alianza del FA- no es fractura, ni ruptura ni crisis del consenso o de la hegemonía. Ahondando un poco más en esto, lo que ha habido es un cambio en el bloque en el poder, el cual, como hemos señalado, se pluralizó con la incorporación y el surgimiento de todo un nuevo sector político que es el FA. De modo que, lo que en un momento -durante el gobierno anterior de Piñera, precisamente- se vivió como una fuerte tensión sobre el “consenso neoliberal”, dicha tensión fue disminuyendo a causa -principalmente- del desarrollo y la presencia política de sectores “concertacionistas” y “frenteamplistas” que han sido capaces de contener la movilización de masas y canalizarla institucionalmente. Aquella reorganización a la que hacemos referencia le ha dado oxígeno al sistema político dominante, efectivamente.

Mientras que, por su lado, la derecha se asienta socialmente, desde el ejecutivo, también interpretando aspiraciones y sentimientos de masas. No desconocemos la aprobación social que han recibido algunas de sus políticas sobre “seguridad y delincuencia”, educación, cuidado de la infancia, internacionales -en torno a Bolivia y Venezuela, por ejemplo-, inmigración, aumento de las atribuciones de las policías, etc. Con menores niveles de fragmentación, además, en esta fase la derecha adquiere nuevas expresiones de dimensiones más radicales, como el Movimiento Acción Republicana, de José Antonio Kast, el cual podríamos entender como una expresión de derecha radical, junto a la aparición de grupos realmente fascistas -Movimiento Social Patriota, Acción Identitaria-.

Hoy se está hablando ya de ex NM. La NM ya no existe. Para la Democracia Cristiana –DC-, Partido Socialista –PS-, Partido Radical Socialdemócrata –PRSD- y Partido por la Democracia –PPD-, en tanto partidos parasitarios del aparato de Estado, solamente les queda agruparse, al menos con fines estrictamente electorales. El Partido Comunista –PC- puede perfectamente existir sin ese conglomerado, pero le tuerce -relativamente- su perspectiva de copamiento institucional y su aspiración de ser gobierno, como fue el mandato pasado –los partidos señalados en este párrafo, más otros menores, integraron la Nueva Mayoría, coalición del saliente gobierno presidido por Michelle Bachelet-. Los sectores más “derechistas” de la DC ya se han ido, han salido expulsados por la fuerza de los hechos. Del punto de vista de un rearme de esta alianza, sin programa político a la vista, el anterior dato significa una “depuración” de la DC.

Movimientos sociales, movimientos de masas y transformaciones ocurridas a nivel de la subjetividad popular

Una porción importante de la sociedad chilena y de la clase trabajadora es sensible y propensa a la movilización de masas en el sentido de la obtención de demandas sociales, en una perspectiva de “adquisición de derechos”. A su vez, determinados sectores de avanzada de la clase trabajadora están en una perspectiva clasista y más radical, de cuestionar y buscar transformar los fundamentos del sistema capitalista. Estos son claramente minoritarios.

Más allá de sus indudables y patentes limitaciones, la movilización de masas por “derechos” y “demandas sociales”, las más de las veces por mero mejoramiento de las condiciones de vida -y de la capacidad adquisitiva, de consumo- que ofrece el capitalismo, copa la escena social y política nacional, en todos los planos, en todas sus aristas. Sumado lo anterior al hecho de que el rechazo consciente de la población no es, en general, al sistema capitalista, ni al modo de producción, ni al Estado -en tanto determinada forma de organización social- ni a esta institucionalidad democrática como tal, siquiera. Sino más bien a determinados sujetos desprestigiados de la política, de las “fuerzas de orden y seguridad”, de la iglesia o del “mundo empresarial”, o a la “forma de administrar” las instituciones que no sería la socialmente esperada. Lo demás es simplemente apatía, desafección, desvinculación con los asuntos políticos, alienación; y no oposición política consciente.

La mayoría de las veces, los movimientos de masas en Chile encarnan tendencias que reconocemos como “progresivas”, por mayor justicia o igualdad social. Por sí sola esta es una fuerza de presión hacia las instituciones del Estado y las autoridades. Por lo general, constituye un terreno fecundo para el despliegue de una política revolucionaria.

Mientras que otra porción del pueblo trabajador, no menos cuantiosa, no es sensible en absoluto frente a estos movimientos de masas. Por el contrario, en parte preocupantemente extensa y creciente, proliferan a nivel de masas las ideas reaccionarias en todos sus aspectos y contornos. Nuevamente tenemos en frente el patrón subjetivo de la alienación.

Irrupción de un movimiento feminista

Respecto a la forma en que lo concebimos, creemos que el movimiento feminista -remitiéndonos al panorama chileno- encierra una potencia progresiva política e históricamente. Expresa un conjunto de reivindicaciones sentidas de la juventud estudiantil, pero a su vez, interpreta y moviliza –al menos en potencia- las demandas y aspiraciones de todas las mujeres del pueblo trabajador. Esto a pesar de que, en la actualidad, su composición social es fundamentalmente estudiantil y de mujeres profesionales pauperizadas, hilando un poco más fino, principalmente del área de las Ciencias Sociales y las Humanidades. A las mujeres de sectores de menor acceso educativo -no por eso necesariamente de menor ingreso económico- de la clase trabajadora, el movimiento feminista no logra de momento convocarlas a la movilización y la organización; sin embargo, ocurre un fenómeno -que lo hemos visto otras veces en el movimiento estudiantil- de que, no obstante no se movilicen y activen colectivamente, sí se sienten interpretadas por lo que se está reclamando, simpatizan, apoyan la movilización y expresan algunos grados de compromiso. Todo lo cual se va traduciendo poco a poco, casi imperceptiblemente, en cambios subjetivos que afectan y subvierten las relaciones sociales en todas partes, en toda la sociedad. Es decir, se van cuajando procesos de maduración de la consciencia.

Impulsamos enfáticamente una dimensión de lucha por las mujeres mapuche, inmigrantes y asesinadas. Contra los feminicidios, contra toda expresión de violencia machista. Por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, y una serie de reivindicaciones que no viene al caso detallar acá porque ya las hemos publicado en otros documentos. Nada más añadir que el movimiento feminista forma parte de una gran corriente internacional, y en ese sentido, ahora estamos viendo cómo una votación favorable en la cámara de diputados/as de Argentina por la despenalización del aborto impacta fuertemente en Chile y el resto de los países de la región. Sin ir más lejos, este suceso en el país vecino inyecta combustible a las movilizaciones feministas en Chile y aporta un motivo concreto para continuar la lucha feminista -más allá de la educación no sexista-, a pesar de que la lucha por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito ya está bastante instalada en el movimiento chileno.

Existe un campo popular abierto para desplegar una política de masas feminista, antipatriarcal, clasista y anticapitalista.

El fenómeno de la inmigración y la aparición de “movimientos de extrema derecha”

Las condiciones económicas y políticas en Chile fomentaron y fomentan un fenómeno de inmigración masiva proveniente de países latinoamericanos pobres, pauperizados y/o sumidos en crisis o conflictos de diversa índole. En esta línea, Rojas y Silva afirman que “la migración latinoamericana a Chile se ha cuadriplicado en números absolutos desde el fin de la dictadura cívico-militar hasta hoy -INE, 2015-; pero desde el año 2001 se enfatizan ciertas particularidades, como una fuerte presencia femenina, indígena y, más recientemente, afrodescendiente. Si bien estos flujos estarían marcados por motivaciones laborales, en muchos casos se trata hoy de una migración forzada por contextos de origen golpeados por la violencia social y estructural, que busca en Chile cierta estabilidad política y económica que -aparentemente- los países vecinos y los propios países de origen no estarían brindando”. Además, indica el mismo estudio -al parecer, hasta el momento el más serio y reciente que hay- que en relación a los países de origen de la población migrante en Chile, “la principal comunidad residente es la peruana -31,7%-, seguida por la argentina -16,3%-, boliviana -8,8%-, colombiana -6,1%- y ecuatoriana -4,7%-”. Ciertamente, en estos dos años desde que el informe es emanado hasta la fecha, hace falta conocer la situación de la migración venezolana y haitiana, pero no hemos encontrado cifras más actuales que lo sustenten.

Este fenómeno es beneficioso, en general, del punto de vista de todo el sector terciario de la economía, tanto por el aumento del consumo que significa como por el empleo de mano de obra peor pagada. O también para determinados propietarios de tierras o negocios agrarios; para diversos servicios como el aseo, venta de alimentos, atención al público o participación en el comercio más ampliamente; para arrendatarios de piezas, apartamentos y casas; o en general todo tipo de empleo informal que se beneficia del trabajo migrante, muchas veces, única salida que éste/a encuentra para enfrentar una situación de cesantía crónica en un país que le es ajeno y hostil, cuya sociedad lo/a discrimina y le cierra oportunidades. 

Sin embargo, al mismo tiempo que hay un usufructo del trabajo y la residencia migrante, se incuban tendencias reaccionarias, xenófobas y antimigrantes en el seno de sectores pobres de la clase trabajadora, adormecidas anteriormente en Chile. Las cuales además suelen tener rasgos patriarcales -misóginos, “anti-mujeres”-, “pro-vida” -anti-aborto en realidad, jamás han estado a favor de la vida-, anti-mapuche y anti-indígena, clericales en muchos casos, capitalistas e imperialistas en un grado más definido. Dichas tendencias, que a nivel de masas se expresan de manera fragmentaria y difusa, repudian la migración al país de masas trabajadoras empobrecidas, peor aún si son negras; detestan profundamente a la mujer que lucha y al trabajador y la trabajadora que protesta, así como al/la homosexual o transexual que decide libremente sus orientaciones e identidades, rebelándose contra el canon patriarcal; odian al delincuente y al drogadicto, siempre y cuando sean pobres; y desprecian al/la mapuche, pero en el momento que está luchando por la recuperación de su territorio ancestral, el Wallmapu. No así, si todas las y los anteriores fueran mansos serviles del sistema. 

En algunos casos, lo anterior adquiere contornos definidamente fascistas -como ya dijimos, las organizaciones Movimiento Social Patriota y Acción Identitaria-. En otros -que es la corriente más fuerte de este movimiento, encabezada por J.A. Kast- combina una especie de liberalismo en cuanto a las relaciones de producción, autoritarismo del punto de vista de la administración del Estado y la política y conservadorismo en el sentido ético-moral. Esta corriente -con base popular, no podemos olvidarlo- podemos identificarla con la denominación de derecha radical.

Asimismo, debemos añadir aquí un debate contingente y que se ha vuelto bastante mediático, en relación al aumento de las atribuciones de las “fuerzas de orden y seguridad” y de las sanciones frente a delitos y crímenes -los que cometen los sectores empobrecidos del pueblo trabajador-. Sería interesante contar con datos concretos, pero nos atrevemos a adelantar que una porción abrumadoramente masiva de la sociedad chilena estaría a favor de dotar a las policías de mayores herramientas y facultades represivas, hasta el punto de disparar a matar descriteriosamente -como hemos visto a propósito del chofer de Uber-, de confrontar el “accionar mapuche” -¡e incluso a veces el estudiantil!- con fuerzas militares, de endurecer las penas carcelarias y de legalizar la pena capital, para aplicarla por doquier en cualquier caso. El pueblo trabajador, en alta medida, está a favor de la represión y el disciplinamiento feroz en contra del pueblo trabajador. No estamos diciendo que la mayoría del pueblo chileno es fascista. Decimos que una parte importante presenta rasgos subjetivos y psicológicos proclives a nociones reaccionarias, abono para la “ultra-derecha” y el “fascismo”. La dictadura cívico-militar hizo su obra y no se encuentra tanto tiempo atrás. 

Se abre de par en par, la perspectiva y la necesidad histórica de una política antifascista.

Daño ecológico y socioambiental, procesos de movilización y de organización

El daño socioambiental y ecológico que genera el capitalismo se hace sentir fuertemente, ya desde unas décadas atrás. El modo de producción, el patrón de acumulación instalado y la relación del Estado con los capitales transnacionales no tiene perspectivas de remediar ni morigerar la situación, sino por el contrario, de agravarla raudamente. 

Ya de forma no tan incipiente ni aislada, se va produciendo una consciencia ecológica o ambientalista, con algunos instrumentos de organización y movilización social. Está el campo abierto para el desarrollo de una corriente ecosocialista, totalmente necesaria y urgente desde nuestro punto de vista.

Sin embargo, es importante destacar que las movilizaciones socioambientales en general, hasta el momento, han sido dirigidas por las corrientes que defienden la “belleza natural” y las que proponen un capitalismo más amigable con el medio ambiente, solo en contadas ocasiones se han expresado posiciones más radicales contra la devastación -contra las consecuencias del IIRSA o en el caso del Pueblo Mapuche, por ejemplo-. Enfatizamos asimismo lo “novedoso” que vendría a ser la integración de una perspectiva ecosocialista de la lucha de clases, tanto a nivel teórico como práctico, lo que nos pone en la necesidad de desarrollar el tema y orientarlo desde una perspectiva guevarista y latinoamericana.

Además, apuntamos que debemos trabajar la problemática del extractivismo en el continente, entendido como la relación depredadora de los capitales, los Estados y organizaciones transnacionales -Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc- con las sociedades y su entorno natural, en la dinámica mercantil del saqueo de los territorios y las masas trabajadoras de las naciones dependientes, destinadas a proveer de materias primas a las metrópolis del imperialismo. Así como también, parte del mismo razonamiento político, comenzar a desarrollar el debate sobre el antiespecismo, bajo la comprensión de que la liberación del conjunto de la humanidad, a través de la revolución que abolirá las relaciones subyacentes al modo de producción capitalista -trabajo enajenado, acumulación de capital, relaciones de dominación- deberá significar a su vez la liberación de la totalidad de los seres vivientes y del mundo en el que habitan, de todas las especies y formas de vida, sin subyugación de unas sobre otras, como un gran sistema unitario y armónico, pero que resulta destrozado por el imperio de la acumulación capitalista. 

Avanzar en la profundidad de estas reflexiones y debates, lo consideramos como un paso adelante en el sentido de la consciencia revolucionaria. Por el momento, anotamos que no podemos asumir lo anterior como si se tratara de una cuestión “para mañana”, supuestamente después de “resolver otras contradicciones principales”; sino que la propia militancia nos empuja a desarrollar determinadas prácticas concretas el día de hoy: qué comer, hábitos de reciclaje, modo de transporte, hábitos de consumo. Tal cual como lo entendemos con el feminismo, acerca de lo cual necesitamos desarrollar prácticas transformadoras para el ahora.

Movimiento Mapuche

Es el movimiento popular más potente que tenga lugar actualmente -y desde los últimos 20-30 años- en territorio dominado por el Estado chileno. De forma mayoritaria, predomina al interior del Movimiento Mapuche un programa de “autonomía” respecto al Estado chileno -y argentino también- y una estrategia de “violencia revolucionaria y acción directa de masas”, en confrontación con el Estado, el capitalismo y el imperialismo. Diciendo algo que es cierto y sabido, esta corriente del Movimiento Mapuche ha emprendido un camino de lucha armada que ya lleva 20 años constantes e intensos. Dentro de Latinoamérica, junto con Colombia, en Wallmapu es donde hay un mayor nivel de operaciones armadas en la actualidad.

Las demás corrientes mapuche, no revolucionarias -que existen en una amplia gama-, son relativamente minoritarias, quizás no en cuanto al número, sino desde el punto de vista del impacto y la influencia político-social.

El aparato de Estado chileno tiene como carta principal la profundización de la represión, la coerción y el control; pero constreñido por los requerimientos o parámetros del Estado democrático, el Estado de Derecho y la normativa jurídica internacional. La Ley Antiterrorista está ya por fuera de ese marco legal –a nivel internacional-, lo cual supone, en gran medida, un aprieto para los dueños del poder y la riqueza, siempre que el Movimiento Mapuche se desarrolle y no se debilite. Cuando se debilite, los dirigentes del Estado podrán administrarlo dentro de los marcos democráticos; así como viene desarrollándose, no, viéndose obligados a tropezar una y otra vez con sus propios zapatos. 

Se dan nexos de articulación entre mapuche de territorio chileno y argentino, pero el control militar y policial en la frontera es muy fuerte.

Pensamos que sería interesante, al pensar en una política anticolonialista, trascender las miradas del Pueblo Mapuche y hacer alguna referencia o acción solidaria hacia otros pueblos oprimidos y masacrados -anteriormente- de igual o peor forma, y cuya condición actual de vida también los coloca en oposición al capitalismo y el Estado, como pueden ser el pueblo Aymará y Rapa Nui.

Sectores de avanzada de la clase trabajadora y sectores revolucionarios

Fuera del Pueblo Mapuche, en el pueblo chileno, el sector más avanzado políticamente es el de la juventud estudiantil. Se compone de jóvenes de sectores populares y de capas medias de la clase trabajadora, de familias de profesionales pauperizados con acceso a un determinado nivel educativo propio de la Educación Superior, lo cual –por sí solo- no convierte a esta porción en elite económicamente, aunque sí social y culturalmente en relación a la gran mayoría de las masas trabajadoras desprovistas de saber. Más bien, se trata de sectores sociales sumamente endeudados cuyas condiciones de vida suelen ubicarse cerca de la media nacional.

En su gran mayoría, los sectores burgueses o “aburguesados” de la juventud estudiantil no son propensos a la movilización; en realidad suelen ser reaccionarios.

No queremos decir con esto, para nada, que el ejercicio de la agitación y la acumulación política deba reducirse al segmento señalado. Sino por el contrario, pensamos que la pregunta política siempre es cómo integrar clase trabajadora a la movilización, cómo activar políticamente a sectores de la clase trabajadora. Los cuales, a su vez, en gran parte, se activan y movilizan desde el frente estudiantil, quienes en su gran mayoría son de familias trabajadoras y son carga de trabajadores/as -por lo tanto son clase trabajadora, obviamente-.

Sostenemos que en verdad, no media una tal separación entre las luchas feministas –encabezadas por la misma juventud estudiantil-, las luchas territoriales, por la vivienda o incluso de ciertos sectores sindicales que llevan adelante reivindicaciones fundamentalmente económicas, y que por momentos -específicos- se elevan a un planteamiento de carácter más político. Unas y otras capas del pueblo se impregnan de un ánimo de combatividad, planteamientos, demandas y consignas que traspasan -por mucho- a los sectores protagonistas. Esto es lo que a veces nos cuesta percibir y leer.

Para ir terminando, creemos que esto es algo central: el problema principal de nuestro sector revolucionario es que cargamos con el claro defecto de ser extraños/as a estas dinámicas de movilización de masas, y en el mejor de los casos, resultamos inútiles, “buena gente” pero sin respuestas prácticas. Esto como fenómeno general que, pensamos, no podemos desconocer. No obstante, no debe leerse de manera absoluta. Como sector revolucionario -no solamente nuestra organización- aportamos a los diversos sectores movilizados donde nos hemos logrado -en alguna medida- insertar y basificar, con ideas más radicales, visiones políticas del conflicto, métodos de organización y de lucha, fuerzas, manos, recursos militantes, etc. Por supuesto que hemos formado parte de toda esta historia, aun cuando no dirigimos la mayoría de los movimientos o lo hacemos solo de forma localizada.

Lo cierto es que este problema fundamental que señalamos, el ser relativamente ajenas/os a los movimientos, las señales, los pensamientos y los actos que expresa el pueblo trabajador, es de carácter integral: es ético-moral; es de empatía y sensibilidad; de inteligencia y capacidad práctica; de audacia, de convicción -es decir, consciencia de nuestras fuerzas militantes-; de “tino” o “tacto” respecto de los sectores y las organizaciones sociales; y por supuesto, también de comprensión, de entendimiento, de diseño, en última instancia, teórico-ideológico. Todo esto de conjunto, concretamente en la ausencia de un grupo suficiente de personas -cuadros militantes- que reúnan relativamente estas condiciones y capacidades, o que vayan al menos madurándolas de forma gradual, explica nuestro retraso político evidente.

c) Líneas de organización y desafíos para las y los revolucionarios en América Latina:

A continuación, esbozamos unas líneas que apuntan a las orientaciones políticas y las discusiones sobre la acción política de nuestro sector revolucionario latinoamericano, luego del análisis y las visiones de la realidad. Necesariamente, en este documento van a quedar planteados “los titulares” más que el contenido acabado de cada una de estas orientaciones. Tanto por un asunto de espacio y de capacidad de elaboración en este momento, como también de que se trata de lineamientos que implican mucha versatilidad, mucha flexibilidad, mucha audacia y rapidez para detectar oportunidades y lanzar una política, entonces no puede quedar todo previamente escrito. Quedaríamos contentos/as si, al menos, conseguimos explicar en qué consisten los criterios centrales o incluso, las actitudes con las que debemos acercarnos a determinadas problemáticas reales.

Línea de construcción partidaria o de desarrollo de organización revolucionaria: 

Esta línea apunta a dar los primeros pasos en constituir, de forma realmente incipiente por este periodo en casi todos los países de América Latina -una excepción podría ser en Colombia, sin embargo, hasta cierto punto, atraviesan una situación similar- los instrumentos políticos, de izquierda, socialistas y revolucionarios, con arraigo de masas y en las bases de los movimientos populares. Algunas de las orientaciones más concretas con las que podríamos ir aterrizando esta línea, podrían ser:

– Elaboración de planes de cualificación de la militancia con metas concretas y alcanzables en un plazo determinado.

– El desarrollo de la democracia interna y el debate libre -ejercicio de la libertad de crítica- al interior de la militancia.

– La crítica y autocrítica como método sustancial de desarrollo organizativo. En este plano, es importante mencionar que el trabajo crítico y autocrítico de las cuestiones morales prefigura en el contenido y la forma las tendencias determinantes de un proceso revolucionario, el cual, obviamente, va más allá de esta o cualquiera organización.

– La organización de carácter internacional. Al respecto, proponemos al debate que estamos en momento de abrir vínculos a nivel internacional con todas las fuerzas y sectores revolucionarios que podamos. La llegada o el alcance internacional tiene que ser lo más amplio posible, dentro del campo revolucionario. No para asumir compromisos orgánicos necesariamente -eso se va viendo a través del camino-, pero sí para conseguir alianzas que nos serán útiles en el corto, mediano y largo plazo.

Línea teórica:

En general, relacionada con el desarrollo de un marxismo crítico, antidogmático, dialéctico, etc.

Más en concreto, pensamos que debemos profundizar en la producción de pensamiento revolucionario latinoamericano -tales como la obra de José Carlos Mariátegui, la “teoría de la dependencia”, la “teología de la liberación” la escuela de organización política al interior del movimiento obrero en los países del Cono Sur durante el siglo pasado, el pensamiento de Luis Emilio Recabarren, y por supuesto, el legado del Che Guevara- y de otras corrientes del pensamiento crítico marxista -la obra de Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, György Lukács, Georges Sorel, Anton Pannekoek-. 

Existe una vasta tradición del pensamiento marxista de carácter dialéctico, crítico, antidogmático, que nos lleva de una u otra manera a desligarnos de la “escuela teórica soviética”, de la URSS o del “estalinismo”, que marcó en adelante los planteamientos teóricos y políticos de la mayoría de los Partidos Comunistas del mundo, desde el Partido Comunista Chino -con los pequeños y grandes matices del maoísmo- hasta los latinoamericanos, influencia de la cual, en gran medida, incluso el propio Partido Comunista de Cuba no estuvo exento.

Política anticapitalista y antipatriarcal de masas:

Pensamos que la política de frentes de masas, en este momento y al menos en el contexto político-histórico del Cono Sur, debe orientarse de acuerdo a un marco de acción mínimo -básico- consistente en un planteamiento anticapitalista y antipatriarcal. Como eje de inserción y basificación social. Como matriz de lucha reivindicativa de amplias masas. Motorizado a través de la movilización radical de masas como una lógica, una actitud, un “espíritu”, una respuesta “espontánea” de la clase trabajadora y los sectores oprimidos para conquistar lo que necesitan, haciendo uso concreto de una diversidad de herramientas, métodos y formas de lucha que cruzan desde las legales –en todos sus tonos-, las a-legales, semi-legales o de hecho, hasta las que escapan a la legalidad burguesa. Para, desde allí, desarrollar organización y consciencia política, fundamentalmente, en los sectores sociales movilizados.

Política de acción antiimperialista y anticolonialista:

Dirigida hacia todo tipo de relación de poder imperialista y colonial. No solo de los EEUU y las potencias de la UE, también de otras potencias como Rusia y China o las que fueren. O frente a relaciones de colonialismo como las que ejerce el Estado chileno y argentino sobre el Pueblo Mapuche, o los Estados turco, sirio, iraní e iraquí sobre el Pueblo Kurdo.

En América Latina, esta línea se expresa -se materializa- fundamentalmente como oposición organizada al imperialismo yanqui; como asimismo, a casi todos los Estado-Nación que oprimen y desconocen a las comunidades originarias que desarrollan su vida en los respectivos territorios nacionales.

Política anticolonial de solidaridad con el Movimiento Mapuche:

Esta línea de solidaridad no es hacia una organización política en particular, sino hacia el conjunto del Movimiento Mapuche que comparte un carácter que podríamos denominar como radical.

Dicha solidaridad se despliega en territorio chileno y argentino.

Y tiene como uno de sus principales objetivos concretos -esto es lo que solicitan fundamentalmente sus voceros/as al resto de los pueblos y de la clase trabajadora- el apoyo para la liberación de sus presas y presos políticos de las cárceles del Estado, mediante la comunicación, difusión, acciones de presión y visibilización, movilización social, etc.

Política de solidaridad con los pueblos:

Solidaridad dirigida a los pueblos trabajadores de manera preferente; y solo en segundo lugar -en términos generales- a un gobierno, un partido político, un sector militante o un movimiento político. Con mayor razón, si estamos hablando de una política de solidaridad de masas o más amplia que un mero pronunciamiento orgánico.

Política por la libertad de las y los presos políticos anticapitalistas:

En general, como criterio orientador –todo criterio orientador es a priori y no se aplica mecánicamente de manera absoluta-, pensamos que todo/a preso/a por luchar contra el capitalismo es un/a preso político que corresponde reivindicar y cuya libertad demandar.

Política antipatriarcal y feminista:

En relación a esta línea, proponemos que sería muy positivo que los sectores revolucionarios latinoamericanos nos aglutináramos en función de:

– La lucha por el aborto legal, seguro y gratuito en todos los países de continente.

– Política de denuncia y protección contra los feminicidios, las violaciones y otros tipos de agresiones a la mujer, que van desde medidas institucionales -demandas al Estado- hasta medidas de organización y autogestión popular.

– Respeto y reconocimiento social pleno hacia personas y grupos LGTBIQ+ -lesbianas, gay, bisexuales, transexuales, intersexuales, queer y otras identidades posibles-.

– Igual salario por igual trabajo.

– Reconocimiento social y remuneración pública del trabajo doméstico -desarrollado mayoritariamente por mujeres-.

– Otras reivindicaciones sentidas que pudiésemos estar omitiendo y que guarden relación con un panorama regional.

Política ecosocialista:

Al respecto, nos contentaríamos de momento con plantear la necesidad de aglutinarnos en torno a:

– Lucha contra el extractivismo.

– Lucha contra el IIRSA u otros megaproyectos similares, los cuales se caracterizan, entre otras cosas, por causar una verdadera devastación socioambiental.

– Consideramos relevante comenzar a debatir sobre una perspectiva antiespecista.

Política antifascista:

En relación a esto, los aspectos centrales que debiéramos atender son:

– Reivindicar el derecho general a la migración y el trato digno a todo ser humano y toda comunidad.

– Respeto y reconocimiento social pleno a las orientaciones y las identidades sexo-género disidentes.

– En América Latina, denuncia de organizaciones híper-reaccionarias y de “ultra-derecha”.

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