Por Vasco Miranda, militante de la Juventud Guevarista de Chile

Hace dos años el movimiento estudiantil irrumpió con fuerza y convicción sobrepasando incluso las expectativas de los más optimistas. Pero sin duda, uno de los logros más importantes de la lucha estudiantil fue (y sigue siendo) la gran capacidad de articular y movilizar a otros sectores de nuestra sociedad de clases. El movimiento estudiantil se trasformó en una suerte de catalizador de las luchas y demandas del conjunto de nuestro pueblo, inaugurando de paso un nuevo ciclo de luchas sociales y políticas en Chile.

El nuevo ciclo de lucha en Chile

Después del fin de la dictadura militar (y desde el inicio de los gobiernos concertacionistas) Chile entró en una profunda fase de reflujo político y social, caracterizado, entre otros elementos, por la desarticulación generalizada del movimiento popular y por el retroceso sin precedentes de las organizaciones revolucionarias en la historia de la lucha de clases de nuestro país.

La época de mayor dominio de la Concertación (primeros dos gobiernos) estuvo caracterizada por:

a.       el perfeccionamiento del sistema económico capitalistas en su fase neoliberal;

b.      por el blindaje del régimen político a cualquier tipo de penetración de sectores “críticos” al modelo político o económico;

c.       por la despolitización o vaciamiento de contenidos políticos de la sociedad;

d.      el “secuestro” o subordinación de los más importantes gremios de trabajadores por parte de la mafia dirigente de la socialdemocracia[1];

e.      por la represión (aniquilación) sistemática de la organizaciones revolucionarias sobrevivientes a la dictadura;

f.        por la dispersión política, orgánica e ideológica de los revolucionarios y del campo popular.

Sin lugar a dudas, la mayor parte de estos factores se encuentran presentes en la actualidad. Sin embargo, desde aproximadamente una década, estamos viviendo un proceso de reversión de la lucha social y política, siendo el punto más alto, como ya anticipábamos, las movilizaciones de estudiantes del año 2011.

No obstante, ¿es realmente posible la existencia de un nuevo ciclo de lucha en Chile, a partir de lo desarrollado por el movimiento estudiantil? La respuesta es un poco compleja.

Creemos que, efectivamente, se está desarrollando un nuevo ciclo de luchas en nuestro país (con altos y bajos propios de todo proceso de esta naturaleza), pero la existencia de un estado de movilización constante, no puede ser negada. El movimiento estudiantil, en este sentido, no ha sido directamente responsable de esta situación de movilización, más bien ha sido un estimulador de movilizaciones, un catalizador, como decíamos antes.

Las jornadas de protesta, la vinculación permanente entre estudiantes y trabajadores, además de una práctica política que ha buscado la integración de múltiples sectores en torno a demandas trasversales -tales como la cuestión tributaria y la renacionalización de los sectores estratégicos de la producción- dan cuenta de ello.

Pero, por otro lado, los trabajadores y pobladores que se han movilizado en Santiago y regiones del país, responden también a sus propios procesos de acumulación de fuerzas. Por ejemplo, podemos rastrear que la Unión Portuaria de Chile posee un trabajo de (re)organización sindical y re-encanto de trabajadores que ya lleva más de una década andando. Lo mismo sucede con los trabajadores sub-contratados del cobre, que desde fines de los años 90’s vienen planteando sus demandas de manera tanto pacífica como violenta. No muy distinta es la situación de los trabajadores forestales, que desde la crisis económica bajo el gobierno de Frei, vienen desarrollando masivas movilizaciones por sueldos dignos y mejores condiciones laborales.

Desde los pobladores de Freirina, Magallanes, Quellón, Aysen y Dichato, los procesos de acumulación de fuerzas tienen otro tipo de origen, que podríamos considerar un poco menos “político”. No han respondido precisamente a procesos “planificados” de articulación territorial o acumulación de fuerzas, como si es el caso de los trabajadores movilizados. El principal agente movilizador de estos sectores, es la rabia y molestia producida por una infinidad de injusticias hijas de la marginación y la exclusión política, económica e institucional del gobierno central. Ni si quiera los servicios básicos (salud, educación y vivienda) llegan a estas zonas de manera correspondiente, produciendo una situación que combina la súper-explotación, cesantía y malas condiciones de vida con el “olvido” institucional. Por otro lado, la lucha librada por trabajadores y estudiantes, ha desatado un empoderamiento masivo y la legitimidad de la movilización, incluso violenta, como medio para conquistar demandas que a esta altura son cada vez más profundas.

El régimen político se encuentra lesionado

Además de lo anterior, es importante destacar ciertos fenómenos que se están dando dentro del bloque en el poder, que se extienden al régimen político, y que evidentemente  también dan cuenta del nuevo ciclo de luchas en nuestro país.

Desde aproximadamente una década que el bloque en el poder viene siendo afectado por una crisis de representatividad importante. La sociedad civil, no se siente completamente representada por los viejos partidos en el poder. Los orígenes de esta situación son múltiples y variados entre sí. Estos van desde toda una serie de promesas incumplidas por los partidos de la Concertación, la imposibilidad de generar recambios políticos en los más importantes rostros, hasta una desafección generalizada, producto de una democracia que permanece estática, fosilizada. Sin embargo, nosotros ubicamos dentro de esta multiplicidad de factores, dos fenómenos que han co-ayudado a profundizar la intensidad de los problemas de representación del bloque en el poder.

El primer fenómeno es la imposibilidad absoluta del modelo económico de dar una solución real a los problemas de desigualdad económica, pauperización laboral y precarización del trabajo. O sea, las condiciones materiales deplorables bajo las cuales vive el pueblo trabajador de nuestro país han afectado la subjetividad de la clase explotada, re-ubicando (aun tímidamente) la contradicción capital/trabajo, bajo las formas de la “desigualdad” y de “re-distribución” económica, en el subconsciente del campo popular.

Si bien, durante los últimos años las luchas de los trabajadores y  pobladores de regiones marginadas  por el gobierno central no han rebasado la forma economicista de la lucha, creemos que la profundización reivindicativa de esta, solo puede llevar a un cuestionamiento más generalizado del patrón de acumulación capitalista y su modelo actual. Si dichos procesos de acumulación de fuerzas -no exentos de enfrentamientos parciales- se dan principalmente al margen (y en contra) del régimen político, servirán para acentuar los grados de des-legitimidad y crisis de representatividad de los partidos políticos del bloque dominante. Si la lucha es re-direccionada dentro de los márgenes del poder legislativo  y ejecutivo, tenderán (irremediablemente) a diluirse rápidamente, y la acumulación de fuerzas perderá consistencia.

Si los procesos de acumulación de fuerzas y luchas se dan fuera de los márgenes de la legalidad imperante, las reformas graduales al Código Laboral,  las leyes tributarias, la Constitución Política, del sistema educacional y de salud, etc., serán un sub-producto de las luchas reivindicativas generalizadas. La profundidad de las reformas políticas y económicas, no serán fruto, como piensan muchos ilusos, de una incursión masiva del movimiento de masas en el parlamento o en los aparatos de dominación política del Estado. Estas dependerán directamente de la extensión de la movilización popular (masividad) y la radicalidad de los métodos de movilización que estas adquieran.

El segundo fenómeno, tiene un origen y una forma completamente distinta. Desde los años 90’s en adelante, especialmente durante la última década (de mayor debilidad hegemónica del bloque dominante), es que en Chile viene fecundado una juventud popular sumamente crítica, tanto del modelo de explotación como del régimen político de exclusión.

Una buena parte de la actual juventud popular se caracteriza por la radicalidad de sus propuestas, por el carácter de clase de sus demandas y la incorporación de formas radicales de lucha, que van desde el paro y la toma de establecimientos educacionales hasta formas de enfrentamiento callejero y autodefensa de masas. La juventud popular se está convirtiendo en un instrumento de avanzada en la lucha de clases, que ha puesto sobre la mesa la discusión no tan solo de los problemas del sistema educacional, sino que también problemas políticos y económicos que atraviesan al conjunto del pueblo trabajador.  La generación pasada (que entregó parte importante de su vida a la lucha contra la dictadura militar) está dando paso a una nueva camada de luchadores que, con mucha fuerza, se está planteando recuperar el movimiento popular destruido por más de dos décadas de hegemonía ideológica de los dueños del poder y la riqueza.

Por estas razones podemos decir, sin temor a equivocarnos, que efectivamente está comenzando un nuevo ciclo de luchas en nuestro país. Alimentado de largos y silenciosos procesos de acumulación de fuerzas, de rabia y molestia popular, como también de la rebeldía y radicalidad de una juventud popular que se transforma, poco a poco, en protagonista de las nuevas luchas populares.  El movimiento popular en nuestro país está tomando un nuevo curso histórico.


[1] Por ejemplo: CUT, ANEF, Colegio de Profesores, Confederación de Trabajadores del Cobre, etc.

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