Martí y Nuestra América: acción y pensamiento que aún no termina de nacer

Por Camila Álamos Mubarak, militante de la Juventud Guevarista de Chile

Reivindicar la figura de Martí es una tarea compleja, y ello no se debe a falta de méritos, sino a la dificultad que significa sintetizar sus incuantificables aportes al pensamiento revolucionario y latinoamericanista. Pensar a Martí es pensar al mejor exponente de la intelectualidad revolucionaria en América Latina, es pensar en un sujeto íntegro, en el hombre nuevo incluso antes de que el Che lo definiera. Y es que sus atributos políticos e intelectuales lo distinguieron del resto en su época, y lo hacen hasta el día de hoy, pues difícilmente se podría hallar a un sujeto tan capaz en las letras y en la lucha. Su habilidad al fusionar ideología y literatura en términos sencillos y moldeados para los sectores oprimidos de Latinoamérica, sumado a su capacidad política como conductor en el proceso de lucha por la emancipación, lo convierten en una figura de absoluta relevancia, imposible de ignorar a la hora de organizarnos en las luchas actuales de la que él mismo llamó Nuestra América.

Desde temprana edad fue testigo del azote imperialista en su tierra cubana, sintiéndose disconforme con aquella realidad violenta que tanto afectaba a su pueblo. Ese sentimiento de indignación ante tales injusticias lo llevó a sumergirse en el estudio, pues sabía que allí podría adquirir parte importante de las armas necesarias para llevar a cabo la lucha por la emancipación. Se destacó como el mejor estudiante de su clase, pero supo siempre poner todos sus aprendizajes al servicio de las luchas requeridas, como un ejemplo de revolucionario íntegro, optó por el diálogo entre el saber y el actuar. Si bien su elección de dar una ardua pelea independentista le significó el presidio político, incluyendo trabajos forzados en la cárcel a muy corta edad y un exilio de más de veinte años, Martí fue consecuente con sus ideas hasta la fecha de su muerte en el combate de Dos Ríos, cuando tenía 42 años.

De su amplio legado, destacaremos aquellas ideas elementales y que constituyen la raíz del pensamiento martiano. En primer lugar, reconocemos la tremenda importancia de aquello que él planteó como una necesidad: que los pueblos de América Latina y el Caribe pudiesen alcanzar un desarrollo que les fuese propio, a partir de los caminos que ellos considerasen pertinentes, según su propia realidad. Esto implicó siempre el dejar las imitaciones de modelos extranjeros a un lado, pues aquellas realidades económicas, políticas y culturales no tenían nada que ver con las de los pueblos latinoamericanos.

Por sobre todo, Martí enfatizó la idea del terrible riesgo que significaba imitar específicamente el modelo de los Estados Unidos, afirmando que “las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”[1]. Así mismo, recalcando lo nefasto de la imitación, declaró que: “el buen gobernante en América no es el que sabe con qué elementos se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas”[2].

En segundo lugar, resulta de suma relevancia su tajante rechazo a la economía de los Estados Unidos en América Latina. En relación con ello, la propuesta de Martí se encaminó siempre hacia la resistencia a la penetración económica yankee por parte de nuestros pueblos. Su actuar, en primera instancia, se centró en la denuncia, haciendo notar los mecanismos tendientes al dominio económico por parte de los expansionistas estadounidenses. Pero Martí sabía que si aquella penetración era posible, se debía únicamente al hecho de que, a pesar de haber alcanzado la república, las prácticas coloniales seguían existiendo dentro de esta.

Es por ello, que planteó como única solución la eliminación de las estructuras productivas que desde los tiempos coloniales arrastraban los pueblos latinoamericanos, pues dichas estructuras eran las que ocasionaban los más graves problemas sociales de aquellos países. Por lo demás, tales modelos económicos contribuían únicamente a generar una constante dependencia, lo que en ese entonces llevó a Martí a pensar que “urge decir, porque es verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”[3].

Por último, para Martí fue fundamental promulgar la idea de la unión estratégica entre los pueblos caribeños y latinoamericanos, bajo la premisa de que “es necesario ir acercando lo que ha de acabar por estar junto”[4]. En este sentido, el llamado de Martí no fue tan sólo a la unidad sino a la acción conjunta frente a la ofensiva yankee que iba en aumento, profundizando la expansión imperialista en América Latina. Así como para el Che, según comprendió Martí anteriormente, la revolución debía ser, necesariamente, de carácter continental.

A partir de la síntesis de su línea política general, podemos percatarnos de que la importancia en la creación de un modelo político, económico y cultural latinoamericano, constituye la premisa elemental del pensamiento de Martí. Sin duda alguna, y a pesar de la distancia que nos separa de aquellos años en que Martí promulgaba sus ideas, todos sus postulados nos hacen sentido en la actualidad, pues Latinoamérica no ha logrado aquella independencia por la que Martí luchó durante toda su vida. Estamos por tanto, actualmente, ante una lucha inconclusa, pero favorablemente disponemos de un pensamiento estratégico sumamente rico y avanzado. En Martí es posible hallar no tan sólo a un ejemplo de constancia, valor y sacrificio, sino a un audaz político que dejó un legado estratégico necesario de rescatar, y cuya vigencia se hace latente aún en Nuestra América.


[1] Martí, J. Nuestra América (2001) En Desde las raíces (pp. 11-19). Santiago, Chile: Ediciones Escaparate

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.