Respecto a la cosificación de la mujer

Por Camila Álamos Mubarak, militante de la Juventud Guevarista de Chile

“Soy la mujer que piensaAlgún día mis ojos encenderán luciérnagas

Gioconda Belli

Desde ya, espero que el amigo lector concuerde conmigo cuando afirmo algo que se me hace evidente: que a los ricos y poderosos, a los dueños de este país, no les gusta la gente que piensa. Espero, aún con más ganas, que el lector comparta también la siguiente aseveración: que si al rico y poderoso no le gusta que las personas –en general- piensen, menos aún le gusta que lo hagan las mujeres. Ahora bien, entendamos que este es un interés de quienes dominan, en pos de sus intereses, pero que pese a ello, los estragos del sistema han conseguido generalizar esta situación, masificándola en la población chilena. Así, hombres y mujeres parecieran cumplir roles establecidos históricamente, y a pesar de que la mujer chilena actual salga de su casa, estudie, trabaje, postergue la maternidad y la institución del matrimonio, son los medios de comunicación masiva los que se siguen encargando de instalar un modelo que, por decir lo menos, es retrógrado y altamente peligroso.

Es preciso aclarar, en términos simples, que no tengo nada en contra del matrimonio ni mucho menos de la maternidad, cuando ambas cosas son asumidas de manera consciente, y decididas libremente tanto por hombres como mujeres. Lo que resulta irritante, muy por el contrario, es el establecimiento de un canon femenino, de un canon de familia, de un canon de madre. Es cosa de sentarse media hora a ver tele una tarde cualquiera, y percatarse de que las publicidades siguen siendo altamente conservadoras y machistas, denigradoras de la mujer. Los “comerciales” de detergentes y lavalozas, por ejemplo, se valen de la imagen de una esforzada dueña de casa que pelea con manchas en la ropa y con la grasa de los platos, acabando su martirio hogareño con la aparición de algún producto mágico que le facilitará el trabajo: Mr. Músculo al rescate de la dueña de casa. Y el hombre, no aparece en escena más que como la personificación heroica y absurda de un líquido de limpieza.

Así mismo, cuando nos enfrentamos a una publicidad de pañales, es únicamente la mujer quien aparece comprando el producto y mudando a la guagua, como tarea delegada social e históricamente a ella. La figura masculina, por tanto, es imperceptible e inadmisible a la hora de referirse al cuidado de una casa o de los hijos. Sin embargo, aparece en primera escena en aquellas típicas publicidades de analgésicos, llegando agotado del trabajo y con un dolor de cabeza insoportable, mientras su ejemplar mujer le recibe con una aspirina y algo para comer. No recuerdo, al menos por ahora, alguna publicidad en que sea la mujer quien llega desde el trabajo a la casa, así como tampoco se me hace familiar la figura de un hombre cuidando a los hijos o recibiendo cariñosamente a su mujer. Y si es que dicha publicidad existiese, sería de todas formas una excepción que no afectase en nada la generalidad de estos asuntos.

En la televisión, se nos muestra a una mujer que simplemente cumple su “rol histórico”, que se mantiene al margen de manera sumisa, una mujer dedicada tan sólo a tareas prácticas, pero que no piensa ni opina. El grave problema, es que la publicidad incide en el desarrollo del pensamiento de nuestros niños, que desde pequeños se enfrentan a estos moldes establecidos, pareciéndoles correctos y naturales. Lo que necesitamos, es que nuestros niños crezcan sabiendo que hombres y mujeres somos igualmente dignos y capaces a la hora de desarrollarnos como seres humanos íntegros, que el hombre puede lavar platos así como la mujer puede cortar el pasto, que los roles no se establecen según el género sino según las capacidades de cada individuo y de los acuerdos respetuosos entre quienes se relacionan.

Qué maravilla sería que la televisión no estuviese controlada por quienes nos dominan, y que nuestra cultura pudiese ser otra, mucho más libre e igualitaria, sin importar nuestro género. Qué bonito sería que los medios de comunicación se pusieran al servicio de una educación que fuese justa para hombres y mujeres, que evidenciara nuestra igualdad inherente. Y con esto, no pretendo anular nuestras diferencias, pues ellas también nos enriquecen enormemente, pero tanto más enriquecidos nos veríamos si los niños chilenos crecieran sabiendo que nuestros roles no son fijos, sino que varían según lo que cada cual pueda y quiera entregar, en relaciones de respeto y reciprocidad.

Por otra parte, con que tristeza, rabia e impotencia miro la televisión cuando esta aparece bombardeada de figuras femeninas perfectas, de cuerpos curvilíneos que están privados de pensamiento y palabra. La mujer como objeto es tan violenta como la mujer que sólo lava platos. El daño generado por este ideal de mujer, esbelta y sensual, es incalculable. Mujeres en todo el mundo viven estresadas buscando la figura perfecta, mujeres en todo el mundo se enferman y deben sobreponerse a la bulimia y la anorexia, muchas veces perdiendo su vida en el intento. De igual forma, millones de mujeres se someten a las manos de falsos médicos cirujanos, porque la desesperación y la precariedad económica no alcanzan para más, sufriendo terribles secuelas, y, nuevamente, encontrando la muerte.

Hace mucho tiempo que debimos decir basta a todo esto, que debimos, de la mano de nuestros compañeros, iniciar una lucha ardua en contra de la cosificación de la mujer. Hoy, estamos a tiempo de hacerlo, de comprender que pese a todo lo que se nos impone socialmente, somos igualmente dignas y capaces que los hombres, valiosas por lo que somos y no por cómo nos vemos. Valiosas por nuestras capacidades, por nuestra inteligencia y no por nuestros cuerpos. Tenemos mucho que decir y hacer, pero en primer lugar, amarnos y aceptarnos a nosotras mismas, comprender que cada cual posee diversas cualidades y que estas deben ser desarrolladas en plenitud.

Es momento de hacer trizas el canon femenino que nos ha violentado históricamente, de conocernos, comprendernos y asumir que nuestra opinión es válida como la de cualquier otro ser humano. Podemos cambiar pañales, sí, pero no es una tarea asignada a nuestro género, ya que puede y debe ser compartida con nuestros compañeros. Así mismo, hombres y mujeres debemos asumir la tarea de hacernos mejores y más libres, compartiendo responsabilidades y potenciando nuestras habilidades sin importar el género. Nosotras, compañeras, somos mujeres pensantes, nacidas para ser libres y felices, para trabajar codo a codo con nuestros compañeros por hacer de este mundo un lugar verdaderamente justo.

Hombres y mujeres, poseemos iguales armas, ya no aplacemos más esta lucha conjunta: eduquémonos, pensemos y organicémonos como las mujeres capaces que somos. No privemos de esta lucha a nuestros compañeros, ya que son igualmente importantes y necesarios a la hora de librar cualquier batalla verdaderamente efectiva. Comprendamos que el problema es político, que la emancipación absoluta de la mujer sólo llegará de la mano del derrocamiento del capitalismo y el sistema neoliberal, culpables de tanta explotación a toda costa. Sin embargo, el camino es bastante largo y el trabajo por una sociedad sin clases es algo que debe realizarse a diario. Uniendo nuestras fuerzas, partiendo desde lo más elemental, avanzando paso a paso en esta lucha, es que alcanzaremos uno de nuestros más importantes objetivos: ser más que cuerpo, ser más que madres y dueñas de casa… ser vistas, apreciadas y consideradas como los seres pensantes que realmente somos.