Reflexiones en torno a la violencia y el terrorismo

Por J.R.R. Militante de la Juventud Guevarista de Chile

Las primeras semanas de este convulsionado mes de la patria (burguesa) han estado marcadas por un común denominador: el terrorismo. Se han publicado a destajo  declaraciones de las más variadas organizaciones políticas de corte marxista, pero ninguna ha abordado, siquiera someramente, el aspecto teórico del terrorismo y su relación con las tesis básicas del materialismo histórico. Este artículo viene entonces a llenar un sensible vacío y pretende contribuir, de pasada, a despejar dudas sobre qué pensamos sobre la materia. Finalmente, una prevención: un artículo de opinión para una revista debiese aspirar a ser breve, pero como hay mucho desconocimiento sobre la materia, tanto en el público general como incluso en ciertos colectivos de izquierda, sumado a la circunstancia de que hasta el momento nadie se ha hecho cargo seriamente de este asunto, el artículo  tendrá una extensión un tanto superior a lo usual. Por lo que pedimos entonces, las excusas pertinentes del caso si a ratos la lectura se vuelve pesada.

  • La autodefensa de masas y el supremo derecho a rebelión

Conviene, antes de entrar de lleno sobre el asunto del terrorismo, separar aguas. Nosotros, los revolucionarios (a saber, quienes nos oponemos a la conciliación de clases), pensamos que una estrategia revolucionaria que aspire realmente a la conquista del poder no puede por ningún motivo descartar el uso de la violencia revolucionaria en oposición a la violencia burguesa. Guevara definía de este modo que “El elemento fundamental de esa finalidad estratégica será, entonces, la liberación real de los pueblos; liberación que se producirá; a través de lucha armada, en la mayoría de los casos, y que tendrá, en América, casi indefectiblemente, la propiedad de convertirse en una Revolución Socialista.”[1], cuestión que en lo fundamental no ha cambiado mucho. Sostenemos que lo interpretado por el Comandante en los años sesentas sigue en lo medular, plenamente vigente. De hecho la violencia de clase, sobre todo aquella que emana directamente desde el imperialismo norteamericano, es vergonzosamente frecuente y goza actualmente de total impunidad y virtualmente ningún contrapeso serio; en este sentido, basta simplemente con observar los diversos crímenes que perpetran diariamente en contra de los pueblos árabes o incluso las intentonas golpistas contra gobiernos reformistas y moderados en América Latina durante los últimos años (Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela, Honduras).

Como hemos defendido la violencia revolucionaria y la estrategia armada, conviene también, y sin pretensiones de agotar el tema en este artículo, dedicar un par de palabras que se hagan cargo de la estrategia no armada, es decir, aquella que se niega a oponer la violencia revolucionaria  la violencia reaccionaria. Estimamos que en principio, nunca hay que dejar de lado la posibilidad –remota- que se produzcan triunfos “pacíficos”. No hemos sido los militantes de Juventud Guevarista los primeros revolucionarios en haberse atrevido a postular tal tesis de un posible triunfo “pacífico”,  como veremos de inmediato; pero, para que esta afirmación no sea tergiversada o tomada oportunistamente por el reformismo y los entreguistas, conviene hacer unas cuantas precisiones. Primero, es cierto que Lenin dijo:

“Marx no se ataba las manos -ni se las ataba a los futuros dirigentes de la revolución socialista- en cuanto a las formas, métodos y procedimientos de la revolución, como prendiendo muy bien cuán grande sería el número de problemas que se plantearían entonces, cómo cambiaría toda la situación en el curso de la revolución, con qué frecuencia y con qué fuerza habría de cambiar esa situación.”[2]

Pero es de todos conocidos cómo el reformismo más inescrupuloso y carente de toda ética (estamos hablando del ex-secretario general del Partido ‘Comunista’, Luis Corvalán), extremó y degeneró esa cita hasta dejar a Lenin como un “adocenado liberal adorador de la legalidad”. De hecho, a renglón seguido de ese pasaje tan manoseado por el oportunismo, Lenin señalaba las precisas condiciones que hacían posible un “tránsito pacífico” del capitalismo al socialismo en determinados países.

“Se trataba de la Inglaterra de los años 70 del siglo pasado, del período culminante del capitalismo premonopolista, del país en el que había entonces menos militarismo y burocracia, del país en el que existían entonces mayores probabilidades de victoria “pacífica” del socialismo en el sentido de que los obreros “indemnicen” a la burguesía (…) El sometimiento de los capitalistas a los obreros podría haberse asegurado entonces en Inglaterra por las siguientes circunstancias: (1) predominio absoluto de los obreros, de los proletarios, entre la población debido a la ausencia de campesinado (en los años 70 había en Inglaterra indicios que permitían esperar éxitos extraordinariamente rápidos del socialismo entre los obreros agrícolas); (2) excelente organización del proletariado en uniones sindicales (Inglaterra era entonces el primer país del mundo en este sentido); (3) nivel cultural relativamente alto del proletariado, disciplinado por el desarrollo secular de la libertad política; (4) la larga costumbre de los capitalistas de Inglaterra -entonces eran los capitalistas mejor organizados de todos los países del mundo (hoy esa primacía ha pasado a Alemania)- para resolver los problemas políticos y económicos por medio de un compromiso. He ahí las circunstancias que permitían entonces pensar en la posibilidad del sometimiento pacifico de los capitalistas de Inglaterra a sus obreros.”[3]

Lenin es claro al respecto y por eso habla en tiempo pasado: esas condiciones que permitían un camino distinto al armado ya no existían en la realidad del siglo XX.  Debido al ascenso del imperialismo, Lenin descartaba de plano toda estrategia pacífica para la época en que vivía y sostenía por el contrario lo siguiente: “toda gran revolución, especialmente una revolución socialista, es inconcebible sin guerra interior, es decir, sin guerra civil, incluso si no existe una guerra exterior.”[4] Entonces cuando alguien sostiene que eventualmente puede haber triunfos pacíficos, resulta pertinente indagar a qué escenario se está refiriendo.

El primer escenario ya es históricamente caduco, y tal como vimos, decía relación con el caso de Inglaterra (y Estados Unidos) del siglo XIX.  El segundo, que también ha tenido una existencia real, es el único que pensamos que posiblemente vuelva ocurrir. Este escenario dice relación con la de un país “ahogado” entre puras naciones socialistas. En aquel caso, probablemente aquel país no requerirá del desarrollo de una prolongada lucha armada para librarse de su burguesía local. Fue esa la realidad de algunos países que se incorporaron al bloque soviético inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Como decíamos, esa liberación de la burguesía nacional y posterior incorporación al bloque socialista, no fue producto del progresivo enfrentamiento armado contra los capitalistas y sus fuerzas armadas como suele suceder por regla general, sino que fue más bien resultado de la resistencia contra el fascismo en alianzas poli-clasistas, cuya viabilidad se explica básicamente debido a la hegemonía comunista y obrera de aquellas (cabe mencionar que estas alianzas antifascistas fueron de todos modos de corte coyuntural).

No obstante lo anterior, la realidad actual de Nuestra América no es ni guarda relación alguna con la que describíamos a propósito de los países allende a la ex-Unión Soviética; y  por lo mismo, estimamos que es muy poco probable que una estrategia que no contemple todos los escenarios posibles de enfrentamientos contra la burguesía y el imperialismo, pueda ser realmente exitosa. Es por lo anterior que no nos llamamos a engaño y denunciamos al reformismo obrero y al reformismo pequeñoburgués que defiende tan obsecuentemente una estrategia basada que no contempla todos los escenarios posibles de enfrentamiento.

Es evidente  que en la actualidad, ante una coyuntura revolucionaria, en que efectivamente estén en peligro los privilegios de las clases reaccionarias, aquellas serán las primeras en recurrir a la violencia para someter por la fuerza todo intento de cambio que amenace son sus egoístas intereses de clase. La historia y los porfiados hechos, así lo han demostrado una y otra vez. Que los revisionistas y el reformismo no quieran o no puedan entenderlo, es harina de otro costal que no abordaremos latamente en este artículo.

Resaltamos además, el hecho de que nosotros, los marxistas de América Latina, no fuimos los inventores ni somos apologistas de la violencia: “Fue la sociedad de clases a lo largo de la historia la que creó, desarrolló e impuso su sistema siempre mediante la represión y la violencia.  Los inventores de la violencia fueron en todas las épocas los reaccionarios.”[5] La propia historia de Nuestra América, su conquista y dominio por potencias imperialistas (Portugal, Inglaterra y España) dan cuenta que nuestro propio continente y sus respectivas naciones (todas fronteras acordadas entre las potencias imperiales y el papado) se desarrollaron bajo la violencia y con el único objetivo de del dominio territorial para la explotación capitalista por las potencia europeas. Es interesante dar cuenta que los dos pensadores más importantes para la política moderna  (Weber y Marx) coinciden en este aspecto, evidentemente Weber lo justifica, pero de todos modos reconoce que la violencia es una cuestión fundamental a la hora de mantener la dominación del Estado sobre las clases dominadas (sobre los explotados).

Consideramos que la violencia es consecuencia directa de la estructura misma de la sociedad, que se encuentra dividida en clases antagónicas, que en determinado momento (a saber, cuando se ha alcanzado un alto y masivo desarrollo de la conciencia de clase del proletariado) se enfrentan a muerte. En efecto, como se trata de una verdadera guerra, el fin último de sectores enfrentados será “derrotar al contrario y hacerle de ese modo incapaz de cualquier resistencia ulterior[6]”, con el horizonte final de “obligar al contrario a hacer nuestra voluntad.”[7] No hay otra alternativa más que la victoria o la muerte, y aquellos  “pseudo-marxistas” que aún sueñan con quimeras pacifistas, no han comprendido nada de la historia.

Tampoco hemos sido los guevaristas los primeros en enarbolar las banderas del supremo derecho a la rebelión y a la autodefensa de masas. Mucho antes que nosotros, los más variados pensadores, de todas las doctrinas y desde la más remota antigüedad, han pavimentado el camino que nosotros defendemos. En efecto, entre los cristianos resaltan las tesis de Tomás de Aquino, Martín Lutero, Calvino, Melanchon y Juan Mariana; por los laicos, basta revisar lo dicho por Juan Knox y Juan Poynet; entre los liberales son paradigmáticas las opiniones, aún vigentes, de Milton, Locke, Rousseau;  y por los socialistas utópicos, Charles Fourier destaca como principal apologista de este camino. Tenemos entonces que todas estas corrientes -incluyendo el marxismo- que incluso siendo antagónicas entre sí,  han defendido el derecho a la rebelión[8]. Es por lo anterior que no ha de extrañarnos que un famoso abogado-guerrillero, cuya entereza moral es innegable,  en su alegato de autodefensa efectuado ante una comisión especial que vulneraba las reglas más básicas del debido proceso legal, y aún a riesgo de ser condenado más severamente (como efectivamente pasó), reivindicase ante sus sentenciadores, el supremo derecho  a la rebelión, explayándose latamente sobre el asunto. Este verdadero patrimonio de la humanidad, el derecho a la rebelión,  actualmente ha encontrado consagración positiva en el más importante tratado internacional. En efecto, el preámbulo  de la declaración universal de Derechos humanos de la ONU prescribe lo siguiente: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión.”  Nosotros sostenemos que no hay mayor violador de los derechos humanos que el capitalismo. Por otro lado, y aun cuando no tuviere consagración legal, el supremo derecho a la rebelión tendría vigencia de todos modos. Lo jurídico siempre será tributario de lo fáctico, por lo que mal podría negar el ordenamiento jurídico el derecho a la autodefensa.  Para hacerse una idea de lo sanguinario que ha sido el capitalismo en nuestra Patria Grande a lo largo de la historia, invitamos al lector a revisar, entre muchas otras excelentes obras,  “Las venas abiertas de América Latina”, por ser quizás, la más objetiva y de amena lectura .

  • El terrorismo y la crítica marxista

Ofreceremos, antes de proseguir,  una definición o concepto de terrorismo funcional a propósito de esta columna. Alex Bellamy  define el terrorismo como “un ataque deliberado a no combatientes con fines políticos”, que “puede ser practicado tanto por actores estatales como no estatales”[9]. También se ha definido terrorismo como “actos de violencia extrema injustificada llevados a cabo con fines políticos por opositores a la autoridad establecida para ejercer una influencia directa sobre las autoridades o una influencia indirecta al crear un clima de temor y conmoción públicos, que a menudo alcanza a víctimas inocentes.”[10]

En efecto, es posible señalar que, el “terrorismo” ha estado presente en toda la historia de la guerra y de los conflictos sociales, políticos y culturales. No cabe duda que el imperialismo ha sido siempre el primero en echar mano al terrorismo, empleando desde ataques de falsa bandera (como los aviones B-16 de la CIA, que pintados con colores cubanos, bombardearon aeropuertos civiles, siendo aquel atentado el preludio a la batalla de Playa Girón) hasta armas químicas y bacteriológicas (como ocurrió en Vietnam); e incluso, ostenta el imperio yanqui el nefasto precedente de ser el único beligerante en la historia de la humanidad que haya empleado armas nucleares contra personas inermes. Pero, en honor a la verdad, no es posible  señalar que el “marxismo” (o más bien, determinadas organizaciones o individuos que se definen como marxistas) nunca haya utilizado el terror sobre la población civil, no obstante que el materialismo histórico no haya sido el inventor ni mucho menos apologista de aquel método de guerra. En consecuencia, tenemos que el terrorismo ha sido una maniobra de lucha que ha sido utilizada por los musulmanes y por los cristianos, por monarcas y por capitalistas, y también, aunque en menor medida, por una que otra interpretación -incorrecta- del marxismo.[11]

La cuestión del terror como método de lucha, en otras palabras, equivale a preguntarse ¿En la situación específica, cómo dicha acción contribuye al desenvolvimiento de la lucha de clases? ¿Eleva el espíritu de las masas o por el contrario lo deteriora? ¿Ayuda a descomponer el enemigo o lo fortalece? ¿la acción, es capaz de mantener a las diferentes capas de la clase dominante  unidas y cohesionadas en su lucha contra la Vanguardia proletaria?¿en definitiva, el acto permite adelantar la victoria o por el contrario, la dilata y entorpece?. Veremos entonces las tesis de dos revolucionarios de épocas totalmente distintas, y cómo ellos respondieron las interrogantes planteadas en su respectivo contexto.

Lenin fue quizás uno de los primeros marxistas en abordar (y criticar) con profundidad el asunto del terrorismo táctica militar. Su profunda aversión a este inoperante método ya había sido incubado en su juventud, cuando su hermano mayor, Alejandro Ulianov, fue condenado a muerte por un fallido atentado terrorista que tenía por objeto asesinar al zar Alejandro III[12], uno de los muchos miembros de la dinastía Romanov –ergo fácilmente reemplazable-, por lo que su muerte era por completo irrelevante e inútil bajo el prisma de las interrogantes planteadas más arriba (situación que es distinta a otra que veremos más adelante). Luego de este episodio, es en el Qué Hacer, donde Lenin se enfrasca de lleno en la lucha contra los terroristas rusos. El bolchevique distingue claramente el rol que este revolucionarismo fracasado le asigna al terrorismo: se ve en el terrorismo un mecanismo “excitador de masas”. Quien tenga dos neuronas capaces de hacer sinapsis, sabrá de antemano que el terrorismo, lejos de “excitar a las masas”, las pone en contra del “excitador”. Sobre el particular, Lenin explicaba:

“Sbovoda hace propaganda del terrorismo como medio de “excitar” el movimiento obrero y darle un “fuerte impulso”. ¡Es difícil imaginarse una argumentación que se refute a sí misma con mayor evidencia! Cabe preguntar: ¿es que existen en la vida rusa tan pocos abusos que sea preciso aún inventar “excitantes” especiales? Y, por otra parte, si hay alguien que no se excita ni es excitable siquiera por la arbitrariedad rusa, ¿no es evidente que seguirá contemplando también con indiferencia el duelo entre el gobierno y un puñado de terroristas?”[13]

El terrorismo es al mismo tiempo, expresión de la bancarrota de “revolucionarismo pequeño-burgués”, ya sea por la falta de organización o derechamente, por su renuncia a ella. Es además, consecuencia del primitivismo en el trabajo y muestra de incapacidad de dirigir a las masas a la toma del poder. Lenin explicaba:

 “Sbovoda quiere sustituir la agitación con el terrorismo, confesando sin rodeos que, “en cuanto empiece una agitación intensa y enérgica entre las masas, el papel excitador de éste desaparecerá” . Esto justamente muestra que tanto los terroristas como los “economistas” subestiman la actividad revolucionaria de las masas”(…) “Ni los unos ni los otros prestan suficiente atención al desarrollo de su propia actividad de agitación política y de organización de denuncias políticas. Y ni ahora ni en ningún otro momento se puede sustituir con nada esta labor.”[14]

Podría creerse que el terrorismo fue un fenómeno puramente ruso de principios del siglo XX. Pero no fue así. Esta táctica condenada al basural de la historia, persistió durante el tiempo, y es por lo anterior que muchos años después de la publicación del Qué Hacer, Lenin aborda nuevamente el tema en “la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, donde hace el siguiente repaso:

“El bolchevismo heredó, al surgir en 1903, la tradición de guerra despiadada al revolucionarismo pequeñoburgués, semianarquista (o capaz de coquetear con el anarquismo) (…) El bolchevismo asimiló y continuó la lucha contra el partido que más fielmente expresaba las tendencias del revolucionarismo pequeñoburgués, es decir, el partido “socialrevolucionario”, en tres puntos principales. En primer lugar, este partido, que rechazaba el marxismo, se obstinaba en no querer comprender (tal vez fuera más justo decir en no poder comprender) la necesidad de tener en cuenta con estricta objetividad, antes de emprender una acción política, las fuerzas de clase y sus relaciones mutuas. En segundo término, este partido veía un signo particular de su “revolucionarismo” o de su “izquierdismo” en el reconocimiento del terror individual, de los atentados, que nosotros, los marxistas, rechazábamos categóricamente. Claro es que nosotros condenábamos el terror individual únicamente por motivos de conveniencia; pero las gentes capaces de condenar “en principio” el terror de la Gran Revolución Francesa, o, en general, el terror ejercido por un partido revolucionario victorioso, asediado por la burguesía de todo el mundo, esas gentes fueron ya condenadas para siempre al ridículo y al oprobio.”[15]

Entonces, tenemos que es patrimonio del marxismo el combate contra las desviaciones puramente terroristas. Sin embargo, el último párrafo recién citado podría causar alguna perplejidad. Pero lo cierto es que es totalmente acertado y coherente con lo que siempre ha sostenido el materialismo histórico; y la incongruencia, es más aparente que real, tal como adelantamos en los párrafos previos. En primer lugar, se debe tener presente que  “Los grandes problemas en la vida de los pueblos se resuelven solamente por la fuerza. Las propias clases reaccionarias son las primeras en recurrir a la violencia, a la guerra civil, colocan la bayoneta a la orden del día”[16]. Los reaccionarios, es decir,  el capitalismo y su versión extremada, el fascismo, han comprendido y aplicado consecuentemente esa verdad durante siglos. No es aventurado sostener que no hay clase social con más conciencia de sí misma que la burguesa. Por esta precisa razón, son capaces de unirse en santa cruzada contra el fantasma del comunismo, liberales y conservadores, laicos y creyentes, fascistas y “progresistas” de toda calaña.  Por tanto, si no queremos fracasar, debemos estar dispuestos a oponer la violencia revolucionaria a la violencia reaccionaria como hemos sostenido en reiteradas ocasiones a lo largo de este artículo.

En segundo lugar,  y a pesar de ser cierto que los grandes problemas de toda sociedad se resuelven solo por la fuerza, sobre la utilización sobre el terrorismo en contra de la clase antagónica, es menester traer a colación dos asuntos estrechamente vinculados. Por un lado, no es lo mismo resolver la disputa por el poder político entre grupos combatientes, en un duelo regido por las normas mínimas del ius bellum, que hacerlo sin respetar los principios básicos de toda guerra, consagrado incluso en diversos tratados internacionales, como el de Gibraltar. No es lo mismo combatir respetando los márgenes del arte de la guerra, que combatir empleando las más sucias y aberrantes prácticas (como históricamente lo ha hecho la burguesía y el imperialismo). Por nuestra parte,  rechazamos que en la lucha de clases, los sectores revolucionarios utilicen el terror contra la población inerme para obtener ventajas políticas, creemos que no es correcto desde el punto de vista de la moral comunista, ni es útil desde el punto de vista político.

Dijimos que estamos en una guerra, y si el enemigo obra sin medir en sangre, nosotros tampoco debemos hacerlo: “en cosas tan peligrosas como la guerra, aquellos errores que surgen de la bondad son justamente los peores. Dado que el uso de la violencia física en todo su alcance no excluye en modo alguno la participación de la inteligencia, aquel que se sirve de esa violencia sin reparar en sangre tendrá que tener ventaja si el adversario no lo hace. Con eso marca la ley para el otro, y así ambos ascienden hasta el extremo sin que haya más barrera que la correlación de fuerzas inherentes.”[17] Ahora, técnicamente, la guerra, por el influjo de la realidad, no adquiere dimensiones tan dramáticas. Pero Clausewitz hace una sola excepción: “cuánto más grandiosos y fuertes sean los motivos de la guerra, cuanto más abarquen a la existencia entera de los pueblos, cuanto más violenta sea la tensión que precede a la guerra, tanto más se acercará la guerra a su idea abstracta, tanto más se tratará del aplastamiento del enemigo.”[18] Nosotros creemos que los motivos expresados, a saber: la grandeza del conflicto, la hostilidad y permanente tensión entre los beligerantes, hacen suponer fundadamente que la guerra de clases tenderá finalmente hacia las formas más encarnizadas de lucha. Pero no seremos los revolucionarios quienes recurriremos a estos inhumanos medios. Sin embargo, no merece duda alguna que los reaccionarios siempre echaran mano a la barbarie si se ven en extremo peligro de que su sistema perezca o estén próximos a la derrota. La historia así lo ha demostrado.

Recordemos, por ejemplo, que en “La guerra civil en Francia”, Marx relata por un lado, los métodos criminales –y prohibidos por lo demás- de guerra que los Versalleses utilizaron contra la Comuna de París; y por otro, horrorizado, narra el verdadero terror que los soldados liderados por Thiers emplearon contra los comuneros caídos. Por es dable suponer que tras el triunfo de la revolución (y teniendo presente los antecedentes anteriores y el desarrollo efectivos de la historia), es del todo legítimo sostener que se habrá de emplear “el terror que inspiran las armas del proletariado triunfante”, pero no terror en el sentido de “terrorismo” sino de “autoridad” de la Dictadura del proletariado. Si la clase reaccionaria se empeña en no medir en sangre, tal como dijo Clausewitz, no habrá otra alternativa. De otro modo, peligraría la revolución. Como dijo Engels: “¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?[19]” Conviene, para ir cerrando, reiterar una vez más que no se debe  confundir la autoridad de la Dictadura del proletariado con el terrorismo como práctica de control social. Son dos cosas distintas y nosotros solo avalamos la primera.

  1. Guevara y la sublimación de Lenin

Sin perjuicio de lo dicho anteriormente, quien ha desarrollado el tema hasta sus últimas consecuencias, y ha sublimado el pensamiento de Lenin, ha sido Ernesto Guevara. El Comandante, tiene la tesis más pulida sobre el asunto que nos convoca, pues no solo aborda el asunto desde el aspecto puramente abstracto, sino que lo aborda desde  la perspectiva concreta de la praxis. En definitiva, su tesis es superior por la unión dialéctica de lo político y lo militar, o en otras palabras, por ser expresión de una verdadera filosofía de la praxis. Guevara estima que se debe distinguir entre el sabotaje y el terrorismo lato sensu.

 “Es preciso diferenciar claramente el sabotaje, medida revolucionaria de guerra, altamente eficaz y el terrorismo, medida bastante ineficaz, en general, indiscriminada en sus consecuencias, pues hace víctimas de sus efectos a gente inocente en mucho casos y que cuesta gran número de vidas valiosas para la revolución.”[20]. (…)  “el sabotaje no tiene nada que ver con el terrorismo; el terrorismo y el atentado personal son fases absolutamente diferentes. Creemos sinceramente que aquella es un arma negativa, que no produce en manera alguna los efectos deseados, que pueden volcar a un pueblo en contra de determinado movimiento revolucionario y que trae una pérdida de vidas entre sus actuantes muy superior a lo que rinde de provecho. En cambio, el atentado personal es lícito efectuarlo, aunque sólo en determinados circunstancias muy escogidas; debe realizarse en casos en que se suprima mediante él una cabeza de la oposición. Lo que no puede ni debe hacerse es emplear el material humano, especializado, heroico, sufrido, en eliminar un pequeño asesino cuya muerte puede provocar la eliminación de todos los elementos revolucionarios que se empleen y aún de más, en represalia.”[21]

Este pasaje de explica por sí solo. Guevara, hace un claro distingo entre tres asuntos claramente diferenciados: el sabotaje (medida de guerra útil y necesaria), el terrorismo propiamente tal (medida inútil y negativa) y atentando individual (justificado solo para casos excepcionales). Además, se subliman las tesis de Lenin, por cuanto ahora Guevara le da al atentado individual una función propiamente militar: solo es válido en tanto sea empleado para eliminar jefes de las fuerzas militares de opresión, nunca jamás contra la población civil (salvo que tenga influencia sobre las FFAA) y además, bajo la condición de que su eliminación tenga un impacto real, en un contexto de guerra abierto y confrontación armada máxima entre las partes antagónicas.

No era lo mismo en la Cuba de la década de los 50’ eliminar a Fulgencio Batista que eliminar a cualquier otro general de menor jerarquía. El primero jugaba un rol insustituible, los otros, eran reemplazables y nada cambiaba con su desaparición física (no acontecía lo mismo con el caso de Alejandro III, cuya eliminación era inútil tal como vimos). Es por lo anterior que nadie que haya vivido en la época ya mencionada podría afirmar, sin caer en grosera calumnia y falsificación histórica, que los  guerrilleros del movimiento 26  atentaban contra la población civil. De hecho, todo lo contrario: aquellos permitían incluso la subsistencia de los campesinos opositores a la tiranía Batistiana. Lo mismo puede decirse respecto de los revolucionarios y combatientes del MIR y del FPMR en la década de los 80’.

Conviene señalar, por ser una cuestión de suma relevancia,  que Guevara, tras la criminal invasión de Vietnam, radicalizó su postura en torno a los métodos de lucha a emplear contra el imperialismo, lo que evidentemente no podía ser de otra manera.

Ante el inaudito terror y horror que se vivía en el país asiático por culpa de los imperialistas, el Comandante defendió la necesidad de hacer la guerra total; o en términos de Clausewitz, de buscar la idea abstracta de la guerra que no es sino la aniquilación del enemigo, pues de no mediar el sentimiento hostil, lo que se buscaría sería el desarme y la indefensión, no la eliminación del adversario. Guevara propone entonces:

“El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aún dentro de los mismos: atacarlo donde quiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite.”[22]

Si los Chinos en el siglo XIX, cuando eran desangrados y llenados de opio y miseria, tuvieron  el derecho de repeler por todos los medios al invasor europeo, los vietnamitas con mayor razón debían echar mano al odio visceral. Pero esto no significa la utilización del terrorismo como método o táctica de lucha. De hecho, justamente por no echar mano a este reprochable método, la causa vietnamita ganó incluso adeptos dentro del mismo imperio yanqui, pues al compararse el proceder de las tropas de Giap y Ho Chi Min con las de Estados Unidos, el ciudadano promedio de aquel país no podía por menos que simpatizar con la idea de cesar las hostilidades a Vietnam.

Para cerrar de lleno este apartado, cabe mencionar, aunque sea a título meramente referencial, que el marxismo no ha establecido alianzas serias con ninguna organización anticapitalista que reivindique el terrorismo como estrategia de conquista de poder, desde el siglo XIX, cuando marxistas y anarquistas se unieron en la Asociación Internacional de Trabajadores, con el resultado que todos sabemos: la expulsión de los anarquistas de aquella. La última  alianza formal con los anarquistas, fue una de corte coyuntural, en la Guerra civil Española de la década de los 30’.  Desde esa época, que nunca más han habido relaciones estrechas con ellos a la hora de luchar contra el capital y emplear el supremo derecho de la rebelión. Nuestros caminos son divergentes y nuestras estrategias antagónicas (respecto a la corrientes anarquistas que reconocen el terrorismo como un posibilidad real).

  • Los verdaderos terroristas

Pero queda denunciar con propiedad a los verdaderos apologistas del terror y el caos social. No podemos no dedicar un par de palabras a este asunto.  En su famosa obra titulada “Capitalismo y libertad” Friedman sostuvo:

“Solo una crisis -actual o percibida-  provoca cambios reales. Cuando esa crisis ocurre, las acciones que se toman  dependen de las ideas que estén circulando. Esa, creo yo, es nuestra función básica: el desarrollar alternativas a las políticas existentes, mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se convierta en lo políticamente inevitable.”[23]

Este pasaje enseña que nunca se puede considerar al capitalismo totalmente derrotado; sus ideas y promotores subsisten incluso tras un aparente triunfo del proletariado. Hay que ver pasar su cadáver en el respectivo ataúd antes de cantar victoria. Es por eso que la soberbia del reformismo obrero, su  entreguismo pacifista, y su incuestionable ineptitud para conducir un proceso revolucionario, pueden identificarse como los principales motivos del fracaso de los 70’. Creemos que son verdaderos organizadores de derrotas.

Dijimos que el reformismo fue –y no podía ser de otra forma-  derrotado. El capitalismo nacional buscaba reorganizar la reconquista. Milton Friedman fue el ángel enviado desde el norte para tal objeto. En efecto,  el foro que ofreció en Chile el año 1975, propone una clara dicotomía para restablecer el paraíso de la burguesía: gradualismo en los cambios o tratamiento de shock. El neoliberal,  se inclina por la segunda:  “un problema que se ha planteado y que merece mucha atención es el que se refiere a si estas medidas deben adoptarse gradualmente o en forma abrupta (…) No creo que para chile una política de gradualismo tenga sentido. Temo que el “paciente” puede llegar a morirse antes que el “tratamiento” surta efecto. Creo que Chile puede ganar mucho si examina los ejemplos relacionados con el tratamiento de “shock” para el problema de la inflación y de la desorganización.”[24]

Dilucidado el asunto sobré el método, Friedman aplica su filosofía de la praxis, con apellido: reaccionaria. Comienza preguntando a la audiencia “Si Chile tratara de enfrentar sus dificultades utilizando el tratamiento de “shock”, ¿qué pasos debería dar?”[25]. El tratamiento de shock que Miltón Friedman ofrecía a la burguesía nacional, a grandes rasgos, consistía en lo siguiente:

  1. Ante todo, “suspender completamente los controles de precios y salarios”[26]
  2. El siguiente paso es adjudicarse el acto, como todo buen terrorista: “debe hacerse como si se tratara de un “paquete” de medidas, anunciarlas en forma pública y explicar claramente lo que se hará”[27].
  • Luego, “la más importante etapa estaría representada por un compromiso del gobierno de reducir todos sus gastos en 20 a 25% en un periodo determinado de tiempo.”
  1. A continuación, otra etapa “debe consistir en un “paquete” de medidas destinadas a eliminar los obstáculos que actualmente existen para obtener la eficaz operación del mercado privado.[28]”. Para darle operatividad a lo anterior, Friedman propone suspender o eliminar la “ley prohíbe a las empresas despedir a sus obreros si éstos llevan más de 6 meses contratados.”[29]
  2. El neoliberal concluye: “No hay duda que en el primer momento se producirán problemas y que habrá un período temporal difícil, pero que debe ser atravesado. Creo que cualquier programa de este tipo involucra graves alteraciones de carácter temporal. Actuando en forma muy radical, encontrarán, como ocurrió a los japoneses y alemanes, que los resultados son muy rápido”[30].

Se puede apreciar como el neoliberal no tenía pudor alguno en poner la economía al servicio de unos pocos, aun cuando ello implicara el derramamiento de sangre de millones de chilenos. En el posterior foro que se abrió terminada la charla de Friedman, los empresarios nacionales consultaron la opinión del economista.  Nadie dudaba de los  perniciosos efectos que se seguirían a la aplicación a rajatabla de sus propuestas. Entonces preguntaron qué remedios proponía el enviado especial del norte. Friedman, como el sanguinario lugarteniente del terrorismo capitalista que era, sin que se le moviera un pelo, dijo:

“La premisa implícita en esas preguntas es que hay una solución milagrosa que permita resolver el problema sin costo. No es así. No hay más remedio que una elección entre males… no se puede hacer una tortilla sin quebrar los huevos.”[31] “Sin lugar a dudas, cuando se hace un cambio grande éste tiene efectos perturbadores y producirá efectos dañinos sobre cierta gente. Algunos de esos efectos no pueden evitarse.”[32]

Quedaba entonces por resolver quiénes serían los huevos quebrados. El criminal sabía de antemano que el shock solo afectaría a los más humillados de esta patria, y que no tocaría a las clases poseedoras. El mensaje que entregaba a los dueños de Chile era reconfortante: “creo que el impacto más severo será soportado por personas que se encuentran ubicados en la clase media-baja.”[33]

Estos genocidas, tarde o temprano, serán recordados en documentales, y sus retratos adornaran los museos del futuro, donde los jóvenes, espantados por la prehistoria humana, se preguntaran ¿cómo no lucharon antes? ¿Qué esperaban para rebelarse? Queda pendiente entonces forjar ese porvenir y no esperar que el cadáver del imperialismo pase muerto frente a nuestra casa.

[1] GUEVARA, Ernesto. “Mensaje a la Tricontinental” en “Che Guevara Presente”. Editorial Ocean sur, Bogotá, 2007. Pág 375-376.

[2] Lenin, “Acerca del infantilismo izquierdista y del espíritu pequeño burgués”, EN Obras Escogidas, Editorial Progreso,  Moscú, 1971, pag 466

[3] Lenin, “Acerca del infantilismo izquierdista y del espíritu pequeño burgués”, ibídem

[4] Lenin, “Las tareas inmediatas del Poder Soviético”, EN Obras Escogidas, Editorial Progreso,  Moscú, 1971, pag 440

[5] Castro, Fidel. Discurso 2 Diciembre 1971, Santiago de Chile.  En “Fidel Castro, antología mínima”. Editorial Ocean Sur, México,  2008. Pag 388

[6] Carl von Clausewitz, “De la Guerra”. Editorial la Esfera de los Libros, Madrid, 2005. Pag  17

[7] Carl von Clausewitz, “De la Guerra”. Ibídem.

[8] Para un estudio más pormenorizado del tema, ver: Castro, Fidel. “La historia me absolverá”.  En “Fidel Castro, antología mínima”. Editorial Ocean Sur, México,  2008. Pag 105 y ss

[9] BELLAMY, Alex. Guerras Justas. De Cicerón a Irak. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires,

2009, pp. 211 y ss.

[10] MCQUAIL, Dennis. La acción de los medios. Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1998.  Pag 359.

[11] En Perú por ejemplo, corrientes maoístas, utilizaron de forma indiscriminada el terror sobre la población civil campesina (lo cual merece el repudio de toda la izquierda).

[12] Varios autores, ”V.I Lenin, Esbozo biográfico”. Editorial progreso, Moscú,1975.  Pag 10 y 14.

[13] LENIN, Vladimir. “Qué hacer” EN Obras Escogidas en Doce Tomos. Tomo II.  Editorial Progreso, Moscú, 1976, p 74

[14] LENIN, Vladimir. “Qué hacer”. Ibidem, pag 74-75

[15] LENIN, Vladimir. “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo” EN Obras Escogidas en Doce Tomos. Tomo XI.  Editorial Progreso, Moscú, 1976, p 13

[16] V.Lenin  “Dos tácticas de la Socialdemocracia en la revolución democrática”, Editorial Progreso Moscú 1971, pag 140

[17] Carl von Clausewitz, “De la Guerra”. Editorial la Esfera de los Libros, Madrid, 2005. Pag  18

[18] Carl von Clausewitz, “De la Guerra”. Ibidem. Pag 31.

[19] De la autoridad, Engels. En “Carlos Marx y Federico Engels obras escogidas en dos tomos”,  Ediciones en Lenguas extranjeras Moscú, 1955, Tomo I,  Pag 671

[20] GUEVARA, Ernesto. La guerra de guerrillas. Edición autorizada. Ocean Sur, Bogota, 2007, pag 29.

[21] GUEVARA, Ernesto. La guerra de guerrillas. Edición autorizada. Ocean Sur, Bogota, 2007, pag 120.

[22] GUEVARA, Ernesto. “Mensaje a la Tricontinental” en “Che Guevara Presente”. Editorial Ocean sur, Bogotá, 2007. pág 377

[23] Friedman¸ Milton. “Capitalismo y libertad”,  1962. El pasaje citado se encuentra en el prefacio de 1982. Menester es indicar que hemos efectuado una traducción libre del siguiente párrafo en inglés: “Only a crisis – actual or perceived – produces real change. When that crisis occurs, the actions that are taken depend on the ideas that are lying around. That, I believe, is our basic function: to develop alternatives to existing policies, to keep them alive and available until the politically impossible becomes the politically inevitable.”

[24] “Milton Friedman en Chile. Bases para un desarrollo económico.” Versión de la conferencia pública ofrecida por el Dr. Milton Friedman en el Edificio Diego Portales de Santiago, el 26 de marzo de 1975. Editor Fundación de Estudios Económicos BHC, primera edición de Mayo de 1975. Pag 23

[25] Ibídem 27

[26] Ibidem, pag 23

[27] Ibídem 27

[28] Ibídem 28

[29] Ibídem 29

[30] Ibídem pag 30

[31] Ibídem pag 62

[32] Ibídem pag 59

[33] Ibidem Pag 61