La lucha de ideas y la disputa por la conducción: debate político con el reformismo

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Ignacio Abarca, militante de la Juventud Guevarista de Chile

“Son moderados todos los que tienen miedo

o todos los que piensan traicionar de alguna forma.

El pueblo no es de ninguna manera moderado”[1].

Ernesto Guevara

 

          Consideramos éste un momento oportuno para contrastar y debatir directamente las posiciones políticas que asumen las distintas organizaciones que forman parte, de uno u otro modo, del movimiento por la educación.

                Precisamente, afirmamos que el propio desarrollo de la lucha de clases, la acumulación de años de experiencias de los estudiantes en la lucha, los golpes y los múltiples engaños en que han caído los estudiantes más honestos bajo las garras del poder del bloque dominante; y en fin, las puertas cerradas de la democracia restringida ha provocado que la lucha estudiantil (la que sin duda hace 15 años era mucho más arcaica, artesanal y primitiva en el aspecto organizativo, político y teórico) hoy día madure -muy incipiente e insuficientemente aún- en cuanto a la politización y fundamentos de las corrientes que persiguen la conducción del proceso[2].

                En este escenario, saludamos el ejercicio realizado recientemente por una militante de la Unión Nacional Estudiantil (UNE) al expresar públicamente sus posiciones políticas (las propias y las de UNE), sus lecturas de la coyuntura y sus propuestas[3], contrastando con las nuestras, las de Juventud Guevarista y de otras organizaciones que van haciéndose parte de un joven “sector revolucionario” que se organiza con fuerza en nuestras tierras.

En función de contribuir al debate y profundizarlo, elaboramos con mucho respeto y fraternidad este insumo que busca comprender un amplio margen de aristas y relaciones, desde una lectura propia de la lucha de clases, hasta las propuestas de carácter más táctico asociadas al quehacer actual.

Algunas tesis de UNE en el debate

                Algunas de las ideas centrales planteadas por la compañera de la UNE, al debatir con nuestras posiciones, son las siguientes:

                Los compañeros cuestionan la afirmación de que hoy exista una crisis de hegemonía del bloque dominante y una crisis de legitimidad del régimen político -tal como nosotros sostenemos- y apuntan que, en cambio, lo que se presenta es un fenómeno de desafección política el cual se expresa, por ejemplo, en los bajos índices de participación electoral. Quieren indicar con esto que, muy por el contrario a una situación de cuestionamiento y descrédito desde las masas hacia el régimen político burgués, que conllevara ciertos grados de inestabilidad y se relacionaran con una crisis hegemónica de las clases dominantes, lo que existe principalmente es estabilidad política -y también cultural, social e ideológica, en un contexto en que el “pueblo” se encuentra más o menos dominado, pasivo y con bajos o nulos niveles de conciencia de clase.

                Adelantamos desde ya una consecuencia política de dicho planteamiento: no estaríamos todavía en tiempos de luchas de masas mayormente agudas, ni por sus formas ni por sus contenidos, dado el estado de retraso de la conciencia y la -mayoritaria- adaptación pasiva al orden capitalista de las “mayorías” de modo que “las masas no están completamente dispuestas a la lucha”. No entender esta condición significaría, según ellos, quedar atrapados en la marginalidad y el sectarismo, sin posibilidad de acumular fuerzas en el “pueblo real”, “de carne y hueso” puesto que nos estamos alejando del “sentido común de las mayorías”.

                La compañera de UNE critica, además, el hecho que nosotros establezcamos una “dicotomía” entre la participación en los diálogos ciudadanos con el gobierno y la lucha de masas. Ellos declaran -enérgicamente- que ambos son distintos momentos de una misma lucha y que se puede -y se debe- conversar con el gobierno al mismo tiempo que se lucha en las calles, sin entrar en ningún tipo de contradicción antagónica. Y aún más, explican que es necesario asistir a estos diálogos con el fin de “mantener el conflicto socio-político abierto”, quiere esto decir, de alimentar la lucha de masas publicitando las demandas del movimiento estudiantil, otorgándoles tribuna comunicacional, etc.[4]

                Nos acusan asimismo de identificar mecánicamente las demandas estudiantiles con un contenido directamente de clase, anticapitalista y socialista. O dicho de otra forma, que no hacemos distingo alguno entre la lucha por las reivindicaciones estudiantiles y la lucha por el Socialismo. Más abajo veremos por qué y cómo esto no es verdad, o bien, de qué forma pensamos que la lucha estudiantil tiene que ser parte integrante de la lucha por el Socialismo.

                Objetan también el que hubiéramos confundido el papel de los estudiantes como “fuerza motriz” de un proceso revolucionario, omitiendo que ese lugar está reservado para la clase trabajadora. Dicho fuerte y claro, como Juventud Guevarista jamás hemos planteado semejante barbaridad y, todavía más, intentaremos afirmar de qué manera se podría relacionar la clase obrera con el movimiento estudiantil desde el punto de vista de una política revolucionaria.

                Señalan con insistencia, además, que en el presente período la tarea es la reconstrucción del movimiento popular, y no su actividad de lucha como si ya estuviera sólidamente constituido[5]. A lo largo del artículo explicaremos que esta posición es una manifestación clara de gradualismo, ingrediente indispensable de una política moderada y ralentizadora; y que desde nuestra postura la reconstrucción del movimiento obrero y popular está dialécticamente unida -esta vez sí- con la lucha de masas; no va primero la una y después la otra.

                Y finalmente, la compañera de UNE llaman la atención sobre la necesidad de “ubicarse en el contexto histórico”: que “estamos en 2014 y no en 1970″, y que en este sentido la política debe diseñarse y desplegarse sobre “bases materiales” y no sobre la base de “elementos identitarios”, puramente rememorativos, nostálgicos, como queriendo revivir tozudamente aquellos tiempos en que el pueblo obrero de Chile y gran parte de América Latina y el mundo luchaba por el poder, el Estado de la clase obrera, el Socialismo…

                En torno de estas tesis, identificadas como el corazón de la polémica, intentaremos desarrollar, con absoluto respeto y fraternidad, parte de nuestros planteamientos como Juventud Guevarista de Chile.

Notas introductorias para una lectura de la realidad.

            La actual coyuntura en Chile está marcada por un intenso debate, que si bien convoca la participación y la actividad política principalmente del activo político (sectores de avanzada) que se destaca entre las masas, no excluye la opinión y el interés creciente desde el punto de vista de la subjetividad del pueblo (en general) hacia temáticas de carácter claramente político: reforma al sistema de educación, recuperación de la salud pública, necesidad de transformar el sistema de pensiones, reforma tributaria y la conquista de ciertos derechos civiles asociados a la cuestión moral, como la libertad de las mujeres al aborto o las parejas homosexuales a contraer matrimonio.

                Junto con esto, además, observamos un descontento de masas parcialmente contenido, cuyo punto de expresión ha sido sobre todo las huelgas de trabajadores[6]. Vemos un pueblo trabajador que se haya momentáneamente a la expectativa de los anuncios de gobierno pero que en su mayoría no le cree, no confía en el gobierno ni en las principales coaliciones políticas, no confía en el parlamento y sus miembros, no cree en la imparcialidad de las instituciones de justicia, ni en la Constitución Política o el régimen democrático en general, etc.

                Pero, estos rasgos coyunturales no son más que manifestaciones -fenómenos- de una relación más profunda y esencial: el bloque dominante atraviesa una crisis de hegemonía y no existe ningún sector político, es decir, ningún agente al interior del bloque en el poder capaz de capitalizar las aspiraciones, las demandas y el descontento de las masas y orientarlas en provecho del proyecto histórico de la clase dominante[7].

                Por esta razón, fundamentalmente, se desatan una y otra vez movilizaciones de masas -por estas coyunturas especialmente de trabajadores- dotadas de una característica esencial: en su mayoría -las más connotadas- movilizaciones de hecho o semi-legales. Esto significa que sin ser derechamente ilegales -en la mayoría de los casos-, que no atentan directamente contra la seguridad del Estado y sus leyes de seguridad interior, tanto respecto a sus formas de organización como a sus métodos de lucha, vienen ocurriendo de hecho al margen de la legalidad, por fuera de los organismos y los canales legales de reclamación y negociación de conflictos[8]. Cabe acotar de inmediato que la existencia de este solo fenómeno no se explicaría en caso que el régimen político gozara siquiera de niveles considerables de legitimidad.

                Esto se relaciona con el hecho de que las masas trabajadoras y populares movilizadas, activas social y políticamente -en gran medida- están sobrepasando la institucionalidad imperante. Entendamos que van aproximadamente 30 años, desde mediados de los 80′ hasta la fecha, que las salidas institucionales al conflicto de masas -del tipo que sea-, en negociación con el Estado y con diversos sectores del bloque dominante, han barrido y anulado sistemáticamente todo orden de demandas desarrolladas desde el campo popular. De manera dramática se vieron frustradas las reivindicaciones de clase durante la década de los 90′, sentados ya sobre un “Estado democrático”; también durante la década de los 2000′, post “crisis asiática”, ahora con un flujo y un ritmo de movilización mayor; e igualmente del 2011 a la fecha, posterior al levantamiento estudiantil y las múltiples réplicas obreras y populares que todavía se hacen sentir. A lo largo de 30 años, al menos los sectores más dinámicos y consientes de la clase trabajadora han ido agotado la institucionalidad burguesa, al cual está hoy en día constituida[9].

                En concordancia con este proceso, observamos que se ha ido produciendo la masificación de un estadio de conciencia democrático-reivindicativa, es decir, que en términos generales la clase trabajadora ya no se contenta con solicitar sus reivindicaciones a los representantes burgueses y sus órganos políticos –conciencia reivindicativa-, sino que pasa a exigir su participación en la conquista de las mismas[10]. Tal salto de la conciencia solamente puede explicarse como producto -y origen a su vez- de una crisis de legitimidad del régimen político y una crisis de representatividad del sistema de partidos, abriendo embrionariamente una crisis orgánica, corolario de un doloroso historial de décadas de engaños, mentiras, traiciones, golpizas y asesinatos de parte de los ricos y poderosos.

                Sobre la base de lo explicado, consideramos que desde los últimos años se ha abierto una crisis hegemónica del bloque dominante, quiere decir, un divorcio o una distancia subjetiva de las masas obreras y populares respecto -fundamentalmente- del poder político de la burguesía, su régimen político y su modelo de democracia burguesa. Como un fenómeno de la subjetividad, tales elementos del orden capitalista ya no calan en la conciencia de las masas como un proyecto justo y necesario, como el mejor de todos los “proyectos de sociedad” posibles a realizar. De esta manera, son ampliamente cuestionados.

                Ahora bien, como todo proceso, dicha crisis puede presentar diferentes niveles de desarrollo. En este caso, afirmamos que todavía no ha derivado en una crisis política[11] ni mucho menos en una crisis revolucionaria[12]. El rasgo distintivo de una crisis de hegemonía que aún no se convierte en una crisis política, es precisamente el desapego o desafección de las masas en relación con los instrumentos políticos de dominación del enemigo de clase, sin cuestionar todavía la globalidad del modo de producción y el sistema de explotación -el capitalismo-, y sin arrojarse a una actividad política de masas suficientemente extensa y profunda que logre ir horadando los cimientos del Estado burgués.

                De todos modos, ya esta fase de la lucha de clases nos va entregando luces, cada vez más prístinas, de la contradicción fundamental entre la clase obrera junto con los sectores subalternos, y el bloque dominante encabezado por la alta burguesía; el antagonismo irreconciliable entre explotadores y explotados. Y leemos, pertinazmente, una tendencia lenta e irregular pero ascendente a la agudización del conflicto de clases y la polarización de las contradicciones, que toma cuerpo en la embrionaria rearticulación del movimiento obrero y que origina el espanto de toda la burguesía y el capital “transnacional”.

                Finalmente, enfatizar que no nos interesa establecer diagnósticos -o sacar fotografías- sino que comprender procesos, en movimiento, de manera dinámica, contradictoria, nunca estática y lineal. De este modo, con el fin de captar estos fenómenos y procesos en una trama coherente, necesitamos remontarnos hacia algunos aspectos que, consideramos, expresan el carácter fundamental del actual período de la lucha de clases en Chile.

Los pilares del presente período de la lucha de clases y la política revolucionaria.

                La compañera del UNE nos hace un gran favor a todos cuando constata, recordándonos, que vivimos en el año 2014 y no en 1970. Quieren decir con esto que nos encontramos en otro contexto completamente distinto, en una nueva realidad, con nuevas tareas, etc., y que lo adecuado es actuar sobre las “bases materiales” de la realidad y no sobre meros “elementos identitarios” sin asidero en la situación concreta.

                Pues bien, antes de abordar este argumento vamos a definir -de la forma más simple y resumida- que desde un análisis dialéctico, la realidad se compone de una dimensión esencial -la esencia– y una dimensión fenoménica -el fenómeno-. La primera corresponde al aspecto inmutable de una cosa, y por tanto lo que define su ser -entonces si cambiara, pasaría a ser una materia cualitativamente distinta-; mientras que la segunda corresponde a su aspecto variable, circunstancial, accidental, coyuntural, su modelo o expresión concreta, que cambia permanentemente sin que necesariamente se vea afectada la esencia, el contenido o la naturaleza de la cosa.

                Así, podemos decir que el capitalismo, el imperialismo o la lucha de clases poseen una esencia, como también presentan variedad de fenómenos, modelos, formas concretas, particularidades… podemos entenderlo también como la unidad dialéctica entre lo universal y lo particular. Realizaremos, entonces, el ejercicio de analizar qué es lo que efectivamente ha cambiado en Chile de 1970 -digamos, el período pre-revolucionario en que ganó el gobierno la Unidad Popular- hasta hoy y qué, desde nuestra perspectiva, permanece inmutable y vigente. Y al mismo tiempo intentaremos ir contrastando nuestras posiciones políticas con las de UNE, dado que inevitablemente una lectura de la realidad se asocia a una política de intervención.

                Ya no está en pie a nivel mundial, como en los 60′ y 70′, el proyecto socialista y la posibilidad cierta, concreta y más o menos cercana de conquistar el Socialismo prácticamente en todos los continentes del globo. Por esas fechas el capitalismo imperialista se hallaba bajo una real amenaza de muerte, no tanto por la existencia de la URSS y China -el bloque del “socialismo real”-, desde nuestro punto de vista, como por las revoluciones triunfantes en los países dependientes, coloniales y semi-coloniales cuyos baluartes más trascendentales son la Revolución Socialista de Cuba y Vietnam. Hoy día, en cambio, el capitalismo no está en peligro real, ante la ausencia de un proyecto socialista poderoso y masivo que dispute su poder. Para nosotros, en consecuencia, la tarea en lo programático es justamente construir ese proyecto desde ya.

                Ha cambiado -en parte- el patrón de acumulación. De un capitalismo con un modelo de explotación relativamente más “estatizador”, es decir, en el cual importantes áreas de la industria, la producción, la extracción y exportación de recursos naturales, etc., eran propiedad del Estado y/o eran administradas por éste al menos de forma parcial, se pasó a un patrón de acumulación neoliberal donde el gran capital financiero, monopolista, absorbe y se apropia de cada uno de los sectores donde huele que se puede extraer alguna ganancia. Aun así, el modelo sigue siendo tal cual como siempre, en lo fundamental, un modelo económico primario-exportador.

                Respecto a este punto, por último, el patrón de acumulación neoliberal no ha hecho más que agudizar hasta los antagonismos de clase, es decir, ha agudizado tremendamente las contradicciones del sistema capitalista. Nuestro objetivo, también en lo programático, es la aniquilación del capitalismo, del capitalismo imperialista y la conquista del Socialismo. Mientras que lo que sucede con UNE, y en general con varias otras expresiones de la izquierda, es que se plantean objetivos de transformación anti-neoliberal -conscientemente o no- y no anti-capitalista[13]. Creemos que esto se da por una especie de combinación entre una tendencia etapista -“primero es la lucha contra el neoliberalismo; después, una vez superado, contra el capitalismo”- y una tendencia derrotista o de claudicación -“por más necesaria que sea la lucha anti-capitalista, el marco de acción posible y más urgente hoy por hoy es la lucha contra el modelo neoliberal”-.

                 Ha cambiado, asimismo, el régimen político de dominación. Hasta 1973 existía en Chile un Estado muchísimo más liberal que hoy, de democracia burguesa liberal, levemente garante, en algunos aspectos “protector”, donde incidía en el parlamento y el poder político una diversidad de partidos, gremios e inclusive representantes sindicales, dando paso a partir de la contrarrevolución burguesa a un régimen político de democracia restringida, exacerbando su carácter policial y contrainsurgente[14]. La naturaleza misma de este régimen político tiende a expulsar las luchas de la clase obrera y los sectores subalternos hacia fuera de la institucionalidad burguesa. Esta es una condición objetiva que se puede constatar, como decíamos arriba, en las luchas de masas de los últimos 15 y 20 años.

                En lo político, en vez de contribuir a organizar esa fuerza de masas, articularla, unirla, apoyarla con conocimientos, herramientas políticas e ideológicas, orientarla, etc., lo que hace UNE y el reformismo es relegitimar y restituir confianzas en instrumentos políticos inútiles para los intereses de la clase trabajadora. El resultado necesario de esta política es la dispersión de las fuerzas propias, la distensión de los conflictos y la consiguiente resolución de los mismos en favor de los intereses de clase dominantes.

                Para 1970, debemos agregar, el pueblo trabajador chileno no había sufrido una dictadura militar represiva y sangrienta a lo largo de 17 años, aunque sí existieron momentos de la historia de represión, matanzas e incluso dictaduras de menor duración e impacto[15]. Esta situación -entre otros elementos que se extienden hasta la transición pactada a la democracia, que no viene al caso analizar acá- condujo al desarme militar, político e ideológico de la izquierda revolucionaria en el país.

                Y de la mano con todo lo anterior, evidentemente en este período -de estabilización de la lucha de clases– existe, en relación con el período pre-revolucionario de la Unidad Popular, un reflujo del movimiento de masas y un retroceso extraordinario de los niveles de conciencia de la clase trabajadora[16].

                Interpretamos la observación de UNE, entonces, en el sentido que la gran diferencia entre 1970 y 2014 radica en un distinto grado de maduración de las condiciones subjetivas, los niveles de conciencia de clase y por ende de la organización propia (de masas y político-orgánico) de clase trabajadora y el pueblo. Por ende, la tarea de los revolucionarios es precisamente crear-desarrollar dichas condiciones, forjarlas -no “esperar” a que se den por sí mismas- y desarrollarlas justamente en el sentido de la conciencia de clase para sí, en la clase obrera, los sectores subalternos y oprimidos, en lucha por el poder y por el Socialismo. Es en este sentido que juega un papel central la educación en la lucha de masas, la acumulación de experiencias de lucha, etc., para construir las condiciones subjetivas en las cuales se multipliquen los sujetos revolucionarios. Al final del día, eso es lo que más nos importa: los sujetos revolucionarios de la clase obrera y el pueblo trabajador que se han educado en los campos de la lucha radical.

                UNE, en cambio, en lugar de desplegar una política revolucionaria, prefiere hablar de “mayorías”. Ellos hacen política para las mayorías, por eso se ven en la necesidad de moderar sus contenidos, porque “así piensa la gente común y corriente”. Este argumento, recubierto de “espíritu democrático”, en verdad no hace más que intentar disimular una política moderada y populista, con un contenido de clase pequeñoburgués y de objetivos reformistas, porque jamás se ha visto en ningún lugar del mundo que una política de “mayorías”, moderada, reformista, conciliadora, en un momento posterior se convierta en política revolucionaria y haga avanzar las conciencias de esas mayorías hacia los fines de la revolución[17].

                Lo que sí ha demostrado la Historia, en cambio, una y otra vez, es que la auténtica acumulación de fuerzas revolucionarias consiste en la clara orientación revolucionaria desde el primer momento de su gestación, que al comienzo será pequeña, reducida, nuclear, pero que por medio de la lucha irá creciendo, en la medida que logre insertarse en las masas, interpretar correctamente sus necesidades y aspiraciones, construir organización firme, fuerte y contundente, utilizar métodos de análisis adecuados, elaborar teoría revolucionaria, desplegar la fuerza, etc.

                Para cerrar el apartado, dejar bien en claro qué es lo que no ha cambiado, se mantiene como continuidad y es esencial al modo de producción: el sistema capitalista en una fase imperialista de su desarrollo, erigido sobre el fundamento de la lucha de clases. Mientras perduren estas condiciones, la orientación estratégica de nuestra política será la construcción del poder revolucionario de la clase obrera y el pueblo trabajador en el continente latinoamericano y el mundo.

                Finalmente, a nivel táctico, en coherencia con esta orientación estratégica, lo que se busca es polarizar las contradicciones, agudizar la conflictividad de clases, elevar los niveles de lucha y de conciencia, aislar y dividir al enemigo de clase, forjar la alianza social básica entre los explotados, excluidos y oprimidos y colocar en el centro de esta unidad a la clase obrera, con hegemonía obrera en una política de independencia de clase. Toda esta política no viene en recetarios. Tenemos que hacerla de forma inteligente, abnegada y disciplinada, atendiendo a la situación concreta y a la realidad de la lucha de clases.

En torno de los objetivos estratégicos, la táctica y otras interrogantes.

                Una de las tareas fundamentales del período, como objetivo estratégico, es la reconstrucción del movimiento obrero y popular, en eso estamos de acuerdo con UNE.              Esto significa, para nosotros, que el movimiento de masas se reactiva, se rearticula, se organiza, se robustece y aprende en lucha, en caliente, en confrontación, en lucha directa, en movilización radical, educándose en el empleo de todas las formas de lucha[18]. Con plataformas de lucha que recojan y sinteticen los intereses de la clase obrera y los explotados, apuntando a robustecer la fuerza social revolucionaria, elevando la conciencia de los sectores de avanzada de la clase obrera.

                Como Juventud Guevarista sostenemos, por otro lado, que la clase obrera es la fuerza motriz de todo el proceso revolucionario, lo cual es esencial e indispensable para el carácter clasista de la Revolución Socialista. Pero añadimos, además, que los estudiantes pueden constituirse como fuerza propulsora, moralizante, un aliciente, un ejemplo de lucha para el resto del movimiento de masas, obrero y popular. Ha sido así a lo largo de la Historia, lo que se atestigua en el legado de nuestras luchas latinoamericanas[19], y sigue siendo así hoy día mismo en Chile[20]. No entenderlo es equivalente a arrancar desde la raíz toda la proyección revolucionaria que podría tener la lucha de los estudiantes.

                A propósito de otra de las anotaciones de la compañera de UNE, afirmamos que las demandas estudiantiles no pueden tener en sí mismas un carácter socialista. No corresponden a los contenidos de un sistema socialista, precisamente porque son reivindicaciones; es lucha reivindicativa, sobre la base y entre los marcos del sistema capitalista. Por eso, la lucha reivindicativa cumple la función de acumular y robustecer la fuerza social revolucionaria, en un proceso dialéctico de organización-movilización de fuerzas organizadas. Pretendemos provocar un salto de la lucha reivindicativa -táctica- a la lucha política, y que la lucha política se convierta en lucha revolucionaria.

                Más bien, al respecto, podemos decir que lo que quiere UNE es que las demandas, para hacerse realidad, para conquistarlas, sean asimiladas por la institucionalidad política burguesa en una correlación de fuerzas y en un escenario político de estabilidad. Relegan de este modo a segundo y tercer plano la función política del conflicto. En este sentido, decimos que no se trata de un “neo-reformismo” -esta categoría no tiene sustento teórico ni histórico-: es el mismo reformismo de siempre, de antaño, tradicional, hecho carne en nuevas organizaciones que incorporan el etapismo y el gradualismo típico del viejo reformismo, con claras manifestaciones del más tradicional conservadurismo de izquierda.

                Como ya tocamos arriba, pero hace falta tratar más en detalle, los compañeros de UNE dicen que nos distanciamos del “razonamiento de las mayorías”, del “sentido común” de las mayorías. Es un hecho, que una y otra vez saltan a la escena pública sectores del pueblo obrero dispuesta a luchar. Aunque el reformismo no lo quiera ver y se tape los ojos, se movilizan “masas enardecidas”, colocadas al borde del hambre, en la inestabilidad extrema, sistemáticamente violentadas, amenazadas en su población por industrias contaminantes, endeudadas, etc. No es cierto afirmar que el “sentido común” de las masas (en esta caso del movimiento estudiantil, ya que el debate se da puntualmente sobre este sector) no reconozca posiciones políticas revolucionarias como propias, o incluso posiciones que no siendo realmente revolucionarias, si están cargadas de contenidos políticos socialistas, de base materialista. Sino no fuera así, ¿Por qué razón organizaciones a la izquierda de la Concertación son la mayoría electoral dentro del movimiento estudiantil? El resultado de las elecciones para federaciones da un claro ejemplo de ello, el “sentido común” de las masas, los empuja a elegir (mayoritariamente) como sus representantes a libertarios, comunistas, guevaristas, autonimistas, etc., y no democratacristianos, liberales de derecha o socialistas renovados. Es cosa de pegarle una pequeña mirada a la militancia de quienes componen actualmente la Mesa Ejecutiva del Confech u observar la composición orgánica de las federaciones estudiantiles más activas. De todos modos, el problema de la “revolución” o de las “reformas estructurales” o de las “trasformaciones profundas” jamás se ha resuelto de acuerdo a “mayorías numéricas” o “electorales” sino que de acuerdo a la organización y movilización de los sectores más activos y dinámicos del movimiento de masas, y la relación de dirección y de conducción, de dichos sectores, respecto a las capas, fracciones, grupos o “mayorías” retrasadas.

                Los problemas y las necesidades objetivas de las masas empujan a éstas al enfrentamiento radical, violento. Lo que debemos hacer nosotros es ir cargando sus aspiraciones de mayores contenidos políticos, a la vez que hacer avanzar las luchas a niveles de enfrentamiento superior. En resumidas cuentas, canalizar, guiar, conducir y organizar la lucha espontánea de masas hacia niveles superiores de enfrentamiento.

                Ahora bien, resulta una tarea mucho más difícil, más lenta y de una relevancia política secundaria -aunque también necesaria- el llegar a politizar a los sectores de la clase con desafección política, que no se interesan para nada en la política y los asuntos sociales. Antes bien, nosotros queremos articular y reorganizar el activo político, con o sin militancia. Y particularmente, aquellos sectores dispuestos a una lucha radical; los más activos, los más dinámicos, que tienden a ser precisamente capas altamente pauperizadas de la clase obrera o con mayor desarrollo de su conciencia de clase.

                Finalmente, sostenemos que en esta coyuntura, de acuerdo a esta correlación de fuerzas, en un momento que todavía es de expectación y atención a los movimientos tácticos del bloque en el poder, y en este grado de actividad del movimiento estudiantil, efectivamente hay una contradicción entre la participación en los diálogos con el gobierno y la lucha de masas. Puesto que la primera cumple evidentemente una función de contención del movimiento, inhibe la lucha de masas, la retiene y la retrasa.

                La participación en estos diálogos, muy lejos de lo que afirma el reformismo, no “mantendrá el conflicto socio-político abierto”. Por el contrario, tenderá a sellarlo, institucionalizarlo, adormecerlo, sepultarlo. Ni tampoco va a servir como una vitrina para las demandas históricas de los estudiantes. No puede entenderse esto como una “táctica comunicacional”, pues se pone en juego mucho más que la visibilización de la participación: se juega ni más ni menos que el recuperar nuestras demandas históricas bajo los escombros en que las ha enterrado el bloque en el poder, la socialdemocracia y las organizaciones reformistas del movimiento estudiantil.

                Con la participación en las Mesas de Diálogo se le está entregando legitimidad de masas a las iniciativas de gobierno, ayudándolo a recomponer la hegemonía fisurada. La equivocación, de este modo, es estratégica, ya no tan solo táctica. Nuestra alternativa táctica es levantar el Congreso Nacional por la Educación de los Pueblos en oposición a la reforma educacional del gobierno, sobre la base de una plataforma de lucha que comprenda las demandas históricas de estudiantes, trabajadores y docentes, generando con éstos firmes alianzas, promoviendo la discusión en todas las bases y desarrollando una articulación real entre los sectores subalternos hoy en conflicto.

Santiago, Chile.

[1] Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, 1960.

[2] Resulta lógico pensar que este fenómeno se vaya materializando también, de manera irregular y desigual, en las luchas que lleva adelante el conjunto del movimiento de masas, como se puede observar por ejemplo a partir de la batalla que han protagonizado últimamente los trabajadores portuarios.

[3] A lo largo del desarrollo de toda la polémica nos apoyamos básicamente en el siguiente artículo de UNE: http://www.adelantechile.cl/2014/07/30/para-avanzar-con-claridad/

[4] Hacia la última plenaria de CONFECH en Osorno el pasado sábado 16 de agosto, el bloque reformista UNE-FEL-IA-NAU ha impulsado la idea de bajarse como representantes estudiantiles de las Mesas de Diálogo Ciudadano con el gobierno, con el único reclamo de las JJCC, ante la evidente e irreversible debacle de esta alternativa táctica del gobierno de Bachelet. No obstante, para los fines de este artículo la observación no está obsoleta puesto que han ido diseñando, en conjunto con distintas fuerzas de la socialdemocracia y el reformismo -incluyendo al PC, y arrastrando tras de sí a los sectores vacilantes-, un espacio alternativo a las Mesas de Diálogo que vendría a ser la Mesa Social por la Educación. Se presenta, desde nuestro punto de vista, como un sustituto o reemplazo de la anterior y conserva intacta la finalidad de legitimar socialmente la Reforma Educacional del gobierno, solo que ahora en un formato levemente más abierto y “democrático” pero bajo las mismas orientaciones políticas.

*Nota de actualización: en el CONFECH del sábado 23 de agosto, en la USACH, ha ganado por un voto -16 contra 15- permanecer en las Mesas de Diálogo Ciudadano, con la Jota a la cabeza y UNE, FEL, IA y NAU en su retaguardia…

[5] Entiéndase esta “actividad de lucha” como la movilización radical de masas, directa y confrontacional, ubicada en un lugar prioritario de la táctica. Cosa distinta es convocar o adherir a una marcha de estudiantes de vez en cuanto, una vez cada varios meses…

[6] A lo largo de este año, luego del gran sismo que significó la movilización portuaria, de manera principal en los diversos sectores del retail y las grandes cadenas de comercio, como trabajadores de Líder, del sector privado como la Coca-Cola y del negocio de la Salud como las farmacias Cruz Verde. Uno de los común denominadores más relevantes de estas huelgas es su correspondencia a los sectores de la economía tercerizados, subcontratados, pauperizados y en gran medida súperexplotados, además de desarrollarse directamente fuera de la órbita de influencia política de la CUT.

[7] Creemos que, en un grado menor, este propósito lo fue consiguiendo el gobierno de la Nueva Mayoría desde su inicio de mandato en marzo, con tremendo empuje hasta unos tres meses después, hacia mediados de año. Pero prontamente -incluso antes de lo que suponíamos- la iniciativa del gobierno se fue “reteniendo” presa de sus propias barreras.

Es lo que ya veníamos diciendo: los férreos compromisos políticos establecidos desde hace décadas por la Concertación -como el agente político clave de este bloque histórico– con la gran burguesía, la burguesía monopólico-financiera radicada en el país y sus enlaces con los capitales yankees, canadienses, europeos, chinos, australianos, brasileños, etc, como su sumisión absoluta a las determinaciones del BM, FMI, OMC, OCDE, hacían inviable un programa ambicioso de transformaciones sociales y políticas que se ubicara a la altura de las exigencias medias del movimiento de masas, ni siquiera de sus sectores de vanguardia. Toda la presente fase de la lucha de clases estará caracterizada en buena parte por aquella contradicción.

[8] Una gran masa de sindicatos en Chile, la Unión Portuaria de Trabajadores, por ejemplo, son organizaciones de hecho, ni legales ni ilegales -no son reconocidas legal ni jurídicamente-. Así como sus huelgas y formas de lucha, corresponden a la misma categoría.

[9] Naturalmente, este es un proceso que no tiene fecha definitiva de término y no se piensa bajo la separación entre un antes y un después.

[10] Este estadio de la conciencia, democrático-reivindicativa, no se eleva todavía a lo que sería una conciencia democrático-revolucionaria. En este último la clase ya no lucha únicamente por la conquista de reivindicaciones, sino también por la conquista del Poder.

[11] Situación en que la actividad de las masas hiciera remecer el poder político de las clases dominantes, hundiéndolo en la inestabilidad. En estos casos, las clases dominantes podrían restablecer la dominación por medio de una salida populista o mediante una salida autoritaria, abiertamente represiva.

[12] Donde las masas populares, acaudilladas por la clase obrera, se encuentren dispuestas resueltamente a luchar por el Poder.

[13] El “programa presidencial” de Marcel Claude, por ejemplo, era en esencia un programa anti-neoliberal.

[14] Ruy Mauro Marini, brillante teórico brasileño y militante del MIR de Chile, fue quizás quien más nítidamente teorizó sobre el carácter profundo de los procesos refundacionales de las dictaduras militares en Chile y América Latina.

[15] Por mencionar algunos ejemplos, la matanza de Santa María de Iquique en 1907, donde en un día -¡!- se asesinó a un número muy similar de personas que a lo largo de toda la dictadura de Pinochet; la matanza de campesinos de Puerto Montt en 1969, bajo el gobierno democratacristiano de Frei Montalva; el gobierno autoritario de Gabriel González Videla de 1946 a 1952, que proscribió al Partido Comunista y persiguió políticamente a dirigentes obreros por medio de la “Ley Maldita”. Pero ninguno de estos casos tuvo un impacto cultural tan profundo sobre las masas como la dictadura de Pinochet.

[16] Como hemos indicado otras veces, algunos de los componentes característicos de este reflujo son la dispersión ideológica -respecto a la teoría revolucionaria-, la atomización orgánica -de la Izquierda- y la fragmentación social -de las masas-.

[17] A lo más, lo que puede hacer en un momento de radicalización es desprender de toda esa masa social acumulada a sus elementos de vanguardia, los más concientes y dispuestos a la lucha, que son en realidad los mismos -o menos- que los que siempre se habrían reclutado a través de una orientación revolucionaria.

[18] Esto quiere decir que a nivel táctico no siempre es conveniente optar inmediatamente -y mecánicamente- por la movilización radical, sin ultimar en primera instancia algunos medios legales.

[19] Claro ejemplo es el caso cubano donde varios dirigentes estudiantiles -entre ellos Fidel Castro, Presidente de la Federación de Estudiantes de Cuba- participaron previamente al Asalto al Moncada del movimiento estudiantil y la lucha de masas, dotándola de combatividad, radicalidad y proyecciones políticas, muchos de los cuales más tarde pasarían a organizar el Movimiento 26 de Julio. O también en Chile donde, como es sabido, los cuadros más sobresalientes durante la conformación del MIR eran destacados dirigentes estudiantiles, formándose políticamente a partir de la lucha estudiantil.

[20] Para graficarlo con un ejemplo, determinadas movilizaciones obreras -como las de trabajadores del Transantiago- han buscado apoyo en los estudiantes y algunos dirigentes de la CONFECH antes que en la CUT. ¿Y es que acaso los estudiantes disponemos de recursos económicos?, ¿o contamos con poder político? No. Lo anterior solo se explica porque el movimiento estudiantil es un referente moral para el conjunto del movimiento.