Sobre la actual coyuntura estudiantil, los Diálogos ciudadanos y el Congreso Nacional por la Educación

Comité Editorial de la Revista Nuestra América

Durante las últimas semanas, dentro del movimiento estudiantil, hemos visto una enconada confrontación política entre el bloque reformista (alianza entre la Unión Nacional Estudiantil, la Izquierda Autónoma y el Frente de Estudiantes Libertarios) y el bloque revolucionario (alianza coyuntural entre Juventud Guevarista, Para Todxs Todo, Somos Usach, Corriente de Estudiantes Populares, Juventud Rebelde Miguel Enríquez, etc.).  El centro del debate ha estado ubicado, en primer lugar, en el carácter de los “Diálogos Ciudadanos” impulsados por el gobierno y, al mismo tiempo, en la pertinencia de utilizar “tácticamente” el espacio de diálogo abierto por el gobierno. Y, en segundo lugar, sobre alternativas políticas viables y diferenciadas a la presentada por el gobierno, que sirvan efectivamente para el potenciamiento del movimiento estudiantil y sus demandas, sin perder con ello la dinámica de movilización y lucha.

Desde nuestro punto de vista, los Diálogos Ciudadanos del gobierno son la simple materialización de la vieja táctica de contención del movimiento de masas, desplegado desde siempre por los organismos políticos en el poder.

Bien sabemos que el bloque dominante, en especial las fuerzas políticas que componen el bloque de partidos que ejercen el poder ejecutivo y legislativo, atraviesan una crisis política e institucional de envergadura[1]. Hace años, probablemente una década, que  la clase dominante y sus partidos vienen perdiendo la capacidad de someter ideológicamente al conjunto de los sectores movilizados. Los cuales, como sabemos, van desde el movimiento mapuche, los trabajadores precarizados, los trabajadores de sectores estratégicos de la producción, hasta los movimientos regionales que se han desarrollado territorialmente, quienes han protestado radicalmente contra las condiciones de marginalidad y olvido que viven en sus regiones.

Los estudiantes, por supuesto, no han estado ajenos a dicha desafección político-ideológica. De hecho, el movimiento estudiantil, se explica en parte[2] por dicha condición de crítica y desconfianza a los instrumentos político-institucionales responsables del ejercicio de la representación (dominación política) desde el aparato burgués, sobre todo aquellas que operan desde el régimen político bajo supuestos democráticos de participación.

Es por ello, que ante una situación política nacional caracterizada por la crisis de dominación de la clase en el poder[3] y que, además, puede avanzar con fuerza hacia una crisis orgánica que atomice el sistema de partidos y disloque la relación hegemónica entre el bloque de fuerzas en el poder y  el bloque de fuerzas organizadas en torno a la movilización y diseño de demandas -protagonistas de las movilizaciones de masas- no caben más soluciones que intentar abordar al conjunto de los sectores movilizados -especialmente aquellos más dinámicos- intentando integrarlos al régimen político. En este caso, las mentadas mesas de diálogo responden a dicho precepto, orientando su funcionamiento hacia la consolidación de ciertas reformas que no ostentan una base social consistente entre las fracciones y grupos más activos y dinámicos del movimiento de masas. No es una política de contención nueva. De hecho, no representa ninguna innovación táctica respecto a los diálogos del año 2006, o incluso, a los diálogos en torno a la reforma tributaria del semestre pasado, los cuales -finalmente- no tuvieron ningún tipo de efecto político real en el diseño de la propuesta tributaria que el ejecutivo envió al parlamento[4].

Pero frente a esta táctica evidente, y los resultados históricos que ha tenido para el movimiento estudiantil, el bloque reformista ha sucumbido, fundamentalmente movido por un hambre de protagonismo (de clara intensión político-electoral) mediante sus dirigentes estudiantiles, como también por una ansiedad obtusa por “no mostrarse intransigentes” hacia el movimiento estudiantil o a la sociedad civil. Ambas aristas (el miedo a un rechazo social y el hambre de protagonismo) también los ha llevado a desplegar una furiosa política enfocada en mostrar el fin del DFL 2 como uno de los triunfos más significativos del movimiento estudiantil[5] en los últimos años, y a ellos -por supuesto- como los grandes artífices.

No obstante, frente a un diálogo signado por la recomposición de la hegemonía del bloque dominante, como también por una táctica vulgar de cooptación de fuerza social y política, debemos responder, por supuesto, con algo más que el sencillo rechazo.

En el plano anterior, es que pensamos que la alternativa que mejor se perfila como espacio de organización del movimiento de masas por la educación, y que tiene como base y objetivo el diseño de un proyecto educacional propio (estudiantes, docentes, paradocentes y trabajadores de la educación) es el Congreso Nacional por la Educación. Dicho espacio de convergencia social y política, expresa con elocuencia las aspiraciones más sentidas de las fuerzas sociales que han luchado por una transformación real y profunda del sistema nacional de educación de nuestro país. Además, se constituye así mismo como un punto real de articulación entre el movimiento estudiantil y los trabajadores en general, que se potencia como una convergencia de ideas y proyectos que minan en sus contenidos y formas de organización la hegemonía coyunturalmente debilitada del bloque histórico nacional.  Por tanto, cumple un doble propósito. Por un lado articula y sintetiza las demandas y luchas de todos los actores sociales en conflicto con el poder burgués, fogueando en unidad-movimiento-lucha a las fracciones y grupos más activos y dinámicos del movimiento de masas, construyendo un proyecto o pliego de demandas propio. Y, por otro lado, juega un importante rol político en la descomposición de la hegemonía, de la capacidad de dominación del bloque en el poder, acentuando su crisis e imposibilitando su re-estabilización (objetivo prioritario del nuevo gobierno junto al de recuperación de la tasa de ganancia para los grandes grupos económicos), ampliando las posibilidades -en perspectiva, obviamente- de una crisis orgánica de envergadura, y llevando a un nivel mayor de confrontación (no solo táctico sino también programático) al movimiento de masas y el bloque dominante. Todo ello en base al agrupamiento activo -en la convergencia misma- de trabajadores, profesores y estudiantes, en torno un espacio político de concomitancia común y el diseño de un proyecto político transversal.

Por ello, pensamos que la política más adecuada frente a la coyuntura es fortalecer el Congreso Nacional por la Educación y potenciar el desarrollo de contenidos políticos y demandas sociales, que expresen efectivamente las necesidades del movimiento estudiantil y de los trabajadores organizados dentro del sistema educacional.


[1] Las distintas encuestas dan cuenta del rechazo masivo a los partidos políticos, a los dirigentes y figuras de los partidos propiamente tal, al parlamento y las instituciones políticas del Estado en general. También los resultados electorales expresan dicha situación, desde las primeras elecciones hace 25 años y las últimas hace un año atrás, los ciudadanos que participan activamente de las elecciones se han reducido en más de un 50%.

[2] La otra parte se explica a partir de la evidente crisis del sistema educacional chileno, basado en la segregación social y el lucro. La combinación de la anterior condición objetiva (material) junto a las condiciones subjetivas antes señaladas (político-ideológicas) permitieron desarrollar un movimiento de masas fuerte, amplio y consistente en sus demandas económicas y políticas.

[3] Dicha crisis se expresa en la imposibilidad de la burguesía de imponer su proyecto capitalista sobre la clase explotada. En este momento, dicho proyecto se encuentra en retroceso, el fin al lucro en la educación, la reforma tributaria inminente, como también una serie de demandas construidas por el movimiento de masas, amenazan directamente los intereses económicos de la clase dominante, afectando sus tasas de ganancias.

[4] Finalmente la reforma fue acordada con la derecha, incluso dejando abajo de los acuerdos al Partido Comunista.

[5] No desconocemos que es un avance sustancial, sin embargo, hasta Lavín había comprometido esa modificación. No expresa, por tanto, un cambio significativo en la agenda “democratizadora” del bloque dominante, que hace mucho se manifiesta presto a modificar aspectos sustanciales del sistema educacional y del régimen político en general.