Desde las aguas del Zanjón

Por Camila Álamos Mubarak, militante de la Juventud Guevarista de Chile

Es el día número 23 del 2015, y la madrugada avanzó tristemente dejando su huella de noticiero gris. Ya no está Pedro, entre los vivos. Su cuerpo no respira, su laringe ya no duele, acabó su mejor crónica: la de la vida misma. Los burgueses deben preguntarse por qué tanta alharaca por un maricón que supo escribir, y a mí me dan ganas de responderles que es lógica nuestra conmoción, porque entre tanto intelectualoide que escribe en código inaccesible para la clase trabajadora, de repente, apareció uno al que el pueblo sí le entendía, porque habló de la miseria, de la explotación, de la opresión, de la marginalidad, y esas, son cosas que desde su nacimiento hasta hace pocas horas, Lemebel conoció en carne propia, igual que cualquier persona pobre en Chile.

Su sinceridad, la hermosa crudeza de sus historias, incomodó incesantemente a la elite intelectual de los ricos, porque su literatura encontraba origen en la calle y en el sufrimiento, en la carencia y en el deseo, en la lucha incansable que cualquier pobre debe dar día a día para poder comer y dar aunque sea, medianamente, la nota de la vida. Lemebel identificó, y seguirá identificando, a los artistas de la sobrevivencia, que somos nosotros mismos. No importa cuánto digan que es sencillo vivir en una sociedad capitalista, no importa cuánto nos quieran convencer de que este modelo es correcto y que contribuye al “desarrollo”, porque al igual que Pedro, tenemos conciencia de que es precisamente todo lo contrario. Sabemos que este sistema es violento con nosotros, y que ser contestatarios es algo que forma parte de nuestro instinto de clase, porque al parecer, nacimos con rabia, y esta, no ha hecho sino crecer y transformarse en respuesta, en lucha. Para Lemebel, la literatura fue siempre un arma, como debe ser.

Se fue sin grandes premios de la academia, y estoy segura de que no le importa, porque el gran trofeo de Pedro fue el reconocimiento de su propio pueblo, el abrazo cariñoso en la calle, la tertulia informal bien compartida, el piropo a sus historias, que al fin y al cabo, no son tan sólo suyas, sino de muchos. Te mereces, Pedro, un aplauso que suene masivo a la hora de tu despedida, porque la valentía de incomodar al conservadurismo burgués y de contar la historia de los explotados y oprimidos, debe reconocerse con una sonrisa amplia en tu memoria. Saliste a flote siempre, sin importar la adversidad. Saliste a flote como los pirigüines muertos con los que jugabas de niño en el Zanjón de la Aguada. Saliste a flote para dar a los pobres un lugar concreto en la literatura chilena contemporánea. Gracias por enseñarme a escribir como una luchadora: siempre con la verdad de mi pueblo, sea esta hermosa u horrible, o ambas cosas a la vez.