SOBRE UN NUEVO ANIVERSARIO DEL INICIO DE LA CONTRA-REVOLUCIÓN BURGUESA CHILENA

Comité Editorial de la Revista Nuestra América

No pretendemos en estos párrafos presentar un análisis extenso, acabado, ni  absoluto respecto del proceso pre revolucionario y contra revolucionario –como salida al primero- que se vivió en Chile. Mucho se ha dicho, polemizado y discutido, diversas posiciones han buscado reivindicar las banderas de una u otra organización como las de la senda correcta que debía guiar la expresión de mayor agudización de lucha de clases en nuestro país.

Correremos el riesgo de esquematizar -en cierto modo- el proceso, pero como señalamos anteriormente, no es nuestra intención el dar un estudio acabado sino que, ir de manera sencilla visibilizando los elementos que nos permitan hoy poder fortalecer la continuidad del proyecto revolucionario en Chile y América Latina.

Lo primero que creemos necesario señalar, es la lección histórica que nos permita hoy decir cuáles son los errores y aciertos necesarios para moralizar nuestra tradición revolucionaria, así como para pulir el proyecto socialista. Debemos  saber ubicar -más allá de las apariencias- dónde se da el comienzo y el porqué de un periodo pre revolucionario en Chile.

Creemos que esto es producto de un flujo dinámico e intenso de lucha de clases en Chile, influenciado fuertemente por una separación en la conducción del proyecto histórico de la burguesía, fundamentalmente desde la crisis del 29’ en adelante. Esta tiene su máxima expresión, durante el gobierno de Frei Montalva, el desarrollo de la reforma Agraria y el aumento de diversas iniciativas revolucionarias, en oposición a las tácticas reformistas sostenidas por los partidos tradicionales de la izquierda (Partido Comunista y Partido Socialista). Esto nos lleva a indicar que el triunfo de la Unidad Popular es un resultado –importante- del inicio de la situación pre revolucionaria que se abre a finales de los sesenta.

En segundo lugar, consideramos que una lección –clásica- tiene íntima relación con la teoría del poder, desde la óptica marxista. El estar en un gobierno al interior de la institucionalidad burguesa, no significa en modo alguno la conquista del poder. Estos instrumentos al interior de las relaciones de fuerza entre las clases, pueden servir o no, es decir, permiten acelerar un proceso revolucionario como también entorpecerlo, ya que el entrar (y al educar a la clase trabajadora con “el voto y no la espada”, como planteó Mella) en los marcos de la “democracia” burguesa, el proceso se ve limitado.

Esto se relaciona directamente con un último punto que nos parece clave para poder cuestionarnos hoy: ¿Por qué no triunfó la vía chilena al socialismo? Y ¿qué debemos hacer los revolucionarios en este sentido?

La respuesta es clara: no existe ni existió una “vía chilena al socialismo”. Esta estrategia y sus respectivas tácticas, son una expresión fenoménica del contenido esencial de la política de conciliación de clases, del etapismo, el legalismo, oportunismo, economicismo, con su expresión orgánica -el denominado frente populismo-.

En Chile, el 11 de Septiembre de 1973, la tozuda historia le mostró al pueblo de Chile -pero en especial a los revolucionarios- que no se puede pensar en una revolución –sea cual sea- socialista sin la necesidad indispensable del poder militar. No se puede –mecánicamente- ubicar contradicciones de supuestas burguesías nacionales, ni se le puede ceder ningún espacio a la burguesía. Al contrario, teniendo los instrumentos (incluso al interior del aparato burgués), lo que se debe hacer, es cumplir en avanzar lo más rápido posible en acabar con la resistencia de la clase que quiere conservar su régimen, en este caso, la burguesía.

Todo lo escrito en estos párrafos es expresado claramente y con elocuencia por el entonces secretario general del MIR chileno, Miguel Enríquez. Concluimos entonces con sus palabras:

“No nos parece el momento de revivir antiguas diferencias en el seno de la izquierda, pero a la vez, nos parece necesario que los trabajadores y la izquierda obtengan todas las enseñanzas que la experiencia chilena entrega, para nunca más incurrir en errores. Por ello preciso: en Chile no ha fracasado la izquierda, ni el socialismo, ni la revolución, ni los trabajadores. En Chile, ha finalizado trágicamente una ilusión reformista de modificar estructuras socioeconómicas y hacer revoluciones con la pasividad y el consentimiento de los afectados: las clases dominantes.”.