Eduardo Galeano: valentía y lucidez en Nuestra América

Por Camila Álamos Mubarak, militante de la Juventud Guevarista de Chile

“La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda”.
Eduardo Galeano

Esta mañana, América Latina despertó con la devastadora noticia de que Eduardo Galeano había muerto, o más bien dicho, de que el cáncer logró vencer a su cuerpo. Fueron 74 años respirando sobre este mundo, la mayoría de ellos, dedicados a escribir la realidad de los pueblos explotados de Latinoamérica, siempre con estilo y talento único, pero sobre todo, con profunda honestidad, de esa que raya en la crudeza, porque nuestra historia es la del saqueo, la del abuso y la violencia, y no puede ser narrada de otra forma.

Galeano comprendió que su talento para escribir llevaba consigo una importante posibilidad, y que dependía de él usarla o no. La literatura es un arma poderosa cuando el escritor se lo propone, y con ella, las ideas se pueden esparcir de manera eficaz. El caso de Galeano, es el de un escritor del pueblo, de un trabajador de la palabra que usó la camiseta que le correspondía y que supo estar siempre del lado de los de abajo, del lado de nuestra clase.

Galeano comprendió que los nefastos resultados de la colonización repercuten violentamente hasta la actualidad en cada uno de los países de Nuestra América. Él comprendió que la dominación, la explotación y la opresión no pueden acabar sin que el mismo pueblo se percate de su existencia, y por ello su literatura da cuenta de la violencia sistemática que ha ido soldando con firmeza las cadenas de nuestro continente. Y esto ha sido útil, pues muchos de nosotros debemos una importante cuota de nuestra conciencia de clase y latinoamericanista a la obra de Galeano. Muchos, gracias a su escritura, descubrimos que las venas de América Latina están abiertas, que siguen sangrando.

Galeano comprendió que el talento por sí solo no bastaba, que si dedicaba su vida a escribir, era para hacer con él cosas importantes, y las hizo. Probablemente, esto se explica en el uso que dio al lenguaje, pues quiso que este fuera “sentipensante”, que fuera sincero, profundo, que fecundara razón y corazón. En su humildad, y tras no hallar una definición donde cupieran sus intenciones, adoptó esta palabra inventada por un grupo de pescadores colombianos, porque en ella encontró el sentido de su trabajo como escritor. Fue el pueblo quien le dio la clave, y él supo responder y representar al pueblo a través de su obra. Galeano fue -y seguirá siendo- uno de los más relevantes obreros del pensamiento y la palabra en América Latina, porque leyó nuestras riquezas y nuestras grietas, para escribirlas y que otros las volvieran a leer, y para que esos otros entendiéramos que la realidad puede y debe ser transformada.

Galeano comprendió que la literatura no tan sólo era una forma de alzar la voz por sí mismo, sino por todo nuestro pueblo latinoamericano. Comprendió que si lograba explicar sencillamente nuestra realidad, sus letras llegarían al corazón y al cerebro de muchos, y que probablemente, contribuiría a fortalecer su conciencia de clase. Comprendió que si él demostraba que a través del arte consciente se podía decir lo prohibido, criticar y denunciar lo indenunciable, serían muchos más los próximos valientes que cantarían, pintarían o escribirían lo que -aparentemente- no se podía cantar, pintar o decir.

Galeano comprendió nuestra realidad, y nos ayudó a comprenderla mejor. Su legado de valentía y lucidez, será sin duda la inspiración de muchos nuevos escritores de la clase trabajadora latinoamericana, y su muerte, se irá evaporando, porque sus ideas son sólidas y calaron hondo en las raíces del corazón herido de Nuestra América. Sepamos reconocer en Galeano a un entrañable compañero de lucha, y rindamos un homenaje que no se desgaste en halagos, sino que se entregue por completo a las acciones que sean necesarias para zurcir las venas de América Latina.