50 AÑOS DE PRAXIS REVOLUCIONARIA

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Por Ariel Pefaur, militante de la Juventud Guevarista de Chile

“Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario”
Ernesto Guevara, Carta a sus Hijos (1966)

Para nutrir de buena forma la praxis revolucionaria que se impulsa en los diversos procesos de lucha de clases en el mundo y en especial en nuestras tierras mulatas y rebeldes, es necesario no solamente depurar nuestra filosofía de la praxis del conjunto de elementos teóricos y políticos que más que un avance resultan un lastre para la acción revolucionaria. Junto con esta apuesta, que no es el objetivo del presente artículo, es menester que el conjunto de los sectores más dinámicos y más dispuestos a dar la vida por la Revolución Socialista logre rescatar los momentos más importantes que ha tenido la contribución al pensamiento crítico, especialmente dado que existe un desconocimiento y un reduccionismo –propio del marxismo vulgar, que en vez de complejizar y enriquecer la teoría revolucionaria por medio del marxismo, buscan vacías y mecánicas simplificaciones– que hace difícil para la izquierda revolucionaria reconocer ciertas referencias políticas y teóricas. Este último es el objetivo del presente documento.

Las fechas siempre son un medio, una forma por la cual buscamos hacer más dinámico un entendimiento especifico. Es por esto que hemos querido tomar este medio siglo de lucha de clases desde una mirada procesual, es decir buscando humildemente contribuir con estos rescates históricos y filosóficos al quehacer político.

Hace un par de meses se conmemoro medio siglo desde que el Che Guevara “desapareció” de los importantes puestos que ocupaba en la cada vez más dinámica y rica en todos sus contenidos, revolución cubana. Pronto por medio de una carta que Fidel leería ante el conjunto del pueblo cubano se podía resumir en la siguiente sentencia del pensador y político revolucionario argentino-cubano “Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos”. [1]

¡Vaya ejemplo de internacionalismo proletario que nos lega el Che, y no sólo Guevara sino todo el proceso de la revolución cubana! Que mejor ejemplo que la revolución que se cimentó en esas luchas independentistas de Maceo y Martí en donde la solidaridad socialista hacia los pueblos del mundo que se encuentran en lucha, sufriendo las embestidas del agresivo imperialismo no es más que la de “correr su misma suerte, acompañarlos a la muerte o la victoria”[2]. Esa premisa el Che mismo la escribiría con sangre y con fuego dos años más adelante cuando caería víctima del conservadurismo de la izquierda tradicional de estas tierras y principalmente producto de las embestidas del capital contra los pobres organizados y en pie de guerra.

En este sentido, si bien la lucha revolucionaria en el Congo puede ser vista como una dilatación de los esfuerzos de un importante destacamento de cuadros revolucionarios, así lo sintió Che cuando escribía en sus Pasajes de la Guerra Revolucionaria los sentimientos de derrota, de fracaso y frustración[3] que se desarrollaron durante toda la campaña. No obstante en las lecciones de las nuevas generaciones –cada vez más extensas- de revolucionarios, que ven en el camino rojinegro del Che la salida revolucionaria a las actuales condiciones de explotación y miseria en donde los burgueses internacionales y nacionales siguen acumulando riquezas y despilfarrando las mismas en desmedro de la fuerza de trabajo de millones y millones de capas empobrecidas de pueblo trabajador, la lección que nos dejan las tareas combatientes de la lucha internacionalista de los cubanos se dimensiona en dos ámbitos: 1) la necesaria disciplina que debe tener todo proceso revolucionario para su correcto triunfo (disciplina histórica que no solo dimensiona la conquista –y construcción- del poder político sino que también posterior a ésta se recrudece su necesidad (bien lo demuestra el ejemplo del Congo Belga) y 2) que la lucha anticapitalista por la revolución socialista es anticolonialista, multiétnica y no conoce fronteras, por ende es tarea de todos los revolucionarios acompañar y apoyar hasta la muerte si se requiere los procesos de confrontación de clase de los pueblos.

En esta dimensión la experiencia revolucionaria del Che es un manantial de enseñanza, es en este marco y no en la mera empírea a de la experiencia donde debemos dimensionar lo acertado o no de una alternativa política.

No obstante los años sesenta son fundamentales para el enriquecimiento de la actividad revolucionaria. Siempre y cuando seamos capaces de visibilizar bien nuestras referencias. Son años que para el comunismo y el marxismo fueron cruciales. No solamente por la descomposición teórica de la URSS que había tenido su momento de cristalización una década atrás en el XX Congreso, sino también por su descomposición política. Los procesos que se abren en donde sectores radicalizados en vista de la impronta capitalista de un supuesto proceso socialista tienen su momento épico en el cual entran tanques a la movilizada y rebelde Checoslovaquia. A la vez un pueblo sigue mostrando su ejemplo revolucionario, hablamos como no del Vietnam de Giap y Ho-Chi-Minh, que ahora no solo tenían que hacer frente al colonialismo francés, forma en la cual el capitalismo despoja a los pueblos de sus tierras, sino que también al –después de su “triunfo” en la II Guerra- “envalentonado” y asesino imperialismo yanqui. Y es ahí donde la alternativa revolucionaria, el ejemplo humanista de la Revolución Cubana es hoy aún el flujo, el aire nuevo que respiran nuestras tierras.

Por ende, el ejemplo, la senda revolucionaria del Che debe entenderse en esa necesaria superación del lastre que se levantaba supuestamente en nombre del socialismo, pero lo que más le faltaba era, precisamente, socialismo. Tal como también los supuestos grandes debates teóricos de la época. Esos en donde se planteaba que la moderación de la URSS era el nuevo camino, ese que abrazaba la socialdemocracia europea, esa en donde se atrincheraban en la institucionalidad burguesa, la del eurocomunismo y sus diversas variantes, todas igual de bastardas. Puerilidades que tenían su reflejo en las teorías del estructuralismo, donde el rescate de Marx se hacía de la mano del simplismo de la obra revolucionaria. En el que desestimar todo por ser idealista y recordar a la etapa “juvenil y veleidosa”[4] del autor del Capital estaba a la orden del día. Esas teorías que impulsaba el francés Althusser y su discípulo Balibar, que luego redujo a su máxima simplificación – ¡como si el marxismo fuera una teoría para reducir contenidos, para ser menos complejo, cuando de lo que se trata la dialéctica revolucionaria es la de enriquecer por medio de una mayor dimensión de los diversos momentos del pensamiento y la acción, es decir ampliando y contemplando más elementos!- Marta Harnecker con sus “cuadernos populares”.

No obstante, a nivel teórico y político no sólo es el ejemplo del Che el que debe ser el faro que alumbra nuestros tímidos pasos en el que nos desafía la tarea de recomponer el movimiento obrero y popular mientras golpeamos al enemigo del pueblo trabajador. Durante los años sesenta hay un profundo rescate de si es que no las obras más importantes del marxismo después de Marx. Y es que se comienza a plantear y a rescatar –invitación que es el objetivo que hoy nos convoca- en los debates –en nuestra humilde opinión- más ricos en contenido a Gramsci, a Korsch, al Lenin de los Cuadernos Filosóficos y principalmente a Lukács quien en los años veinte escribió “Historia y Conciencia de Clase” pieza fundamental para la proyección de una plataforma revolucionaria que se sostiene en base a la praxis revolucionaria, a la dialéctica y sus consiguientes respuestas.

Son los años sesenta un manantial profundo para los revolucionarios. Si ya se comenzaban a traducir las primeras ediciones de la “Dialéctica de lo Concreto” de Karel Kosík (desconocemos si durante su estadía en Praga el Che accedió al estudio de un libro que imaginarán no era muy saludado por los vulgares estalinistas que abrazaban sus posiciones etapitas y conciliadores con el estructuralismo de la academia), es la década en el que las primeras obras de Adolfo Sánchez Vásquez, principalmente “Filosofía de la Praxis” (1967) son lanzadas para la dimensión y comprensión histórica de los revolucionarios.

A la vez que esa misma década comienza con la publicación de “Crítica de la Razón Dialéctica” (1960) de Jean Paul Sartre, uno de los filósofos más importantes de nuestra época que años más tarde señalaría a propósito del Che que es “el hombre más completo de nuestra época; combatiente revolucionario con una sólida formación teórica.” Son los años en que el Che y el marxismo crítico estudian y discuten dos de las obras con las que el pensamiento de Marx se completa, los Manuscritos de 1844 y los Grundrisse (que tiene su primera edición al español en 1966). Donde queda demostrado que el conjunto de la obra de Marx no solo tiene un “sentido” o “rasgo” hegeliano y ricardiano, sino que la obra del autor de las “Tesis sobre Fehuerbach”, es un movimiento dialectico que sublima a todos los grandes pensadores que lo anteceden poniendo a disposición su obra y su vida militante a la causa más importante que puede vislumbrar la humanidad: la liberación de toda alienación y miseria.

Son los debates y contribuciones importantes de Della Volpe y Luporini en Italia, lejos de toda la vulgaridad del estructuralismo de Althusser que se abocaba a responder a la concepción humanista, revolucionaria e integral de la obra de Marx, con “Pour Marx” o “La revolución teórica de Marx” (1967) [5]. Pero son los años sesenta donde se nos presenta la primera edición al español de “Historia y Conciencia de Clase” de Lukács (Grijalbo 1967), es la década en que podemos conocer a su discípulo Lucien Goldmann en todo su esplendor. En 1966, Adorno sintetiza los aportes de la Escuela Crítica en su “Dialéctica Negativa”. Se suman los aportes del grupo yugoslavo Praxis, del polaco Shaaf y tenemos los propios gritos filosóficos y de guerra del Che que tienen su máxima expresión en el Mensaje a los Pueblos (Revista Tricontinental 1967), lo cual es una premonición del quehacer revolucionario que hasta el día de hoy nos llama a sumarnos a las banderas de la guerra revolucionaria del pueblo trabajador.

Como vemos el contexto de la senda revolucionaria de Ernesto Guevara es una síntesis de los grandes aportes hacia la formulación de la filosofía de la praxis, lejos de todo dogmatismo y simplismo de los “ladrillos soviéticos”[6] y de los manuales populares de las estructuras, que no son capaces siquiera de responder a la concepción de totalidad en Marx[7]. Y no solamente aportes teóricos, el ejemplo revolucionario de la revolución cubana y del Che tiene y hoy nos hace conmemorar ya 50 años desde la fundación del Partido de los Trabajadores Revolucionarios y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, guiados por Mario Roberto Santucho y Miguel Enríquez respectivamente, hijos auténticos de la gesta heroica del comandante Guevara. Tal es la dimensión que hoy humildemente estimamos –que no se agota para nada en las siguientes líneas que son más bien una invitación – puede resultar fundamental para la reconstrucción paulatina del proyecto revolucionario tanto en su contenido ético – en eso que gracias a las lecturas de Guevara del argentino Aníbal Ponce (principalmente de su Humanismo Burgués y Humanismo Proletario) hoy podemos reconocer con el objetivo de construir ejércitos de hombres y mujeres nuevas- como también en su dimensión teórica, donde impulsar una teoría revolucionaria fuera de dogmas y supuestas leyes dialécticas, es obrar en el enriquecimiento de un socialismo que no debe ser ni calco ni copia sino creación heroica. [8]


 

[1] Ernesto Che Guevara, Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, página 668.
[2] Obras Escogidas, Tomo II, página 558.
[3] En Pasajes de la Guerra Revolucionaria (Congo), Ocean Sur.
[4] Gajo Petrovic, Marxismo contra Stalinismo, Seix Barral, Barcelona, página 15.
[5] La revolución teórica de Marx, Louis Althusser, Siglo XXI, 1969.
[6] Ernesto Che Guevara, Apuntes Filosóficos, Ocean Sur, página 23.
[7] Por ejemplo ver Los conceptos elementales del materialismo histórico, Marta Harnecker, Terranova, 1988, páginas 170-174.
[8] José Carlos Mariátegui, Aniversario y Balance en Ideología y Política (Tomo 13 Obras Completas), Biblioteca Amauta., páginas 246-253.