Discurso en homenaje a la Revolución Popular Sandinista

Nota editorial. En el marco de una actividad organizada por la embajada de Nicaragua en Santiago de Chile, conmemorativa de un nuevo aniversario de la Revolución Popular Sandinista, se extiende una invitación al compañero Patricio Cid a pronunciar un discurso en el acto oficial, en atención y como reconocimiento a su destacada participación en el proceso revolucionario de la patria de Sandino y Fonseca. El autor de las líneas que siguen, evoca sus recuerdos e impresiones, las perennes enseñanzas dejadas por aquel proceso revolucionario y recalca las tareas que tienen por delante las jóvenes organizaciones revolucionarias que adscriben al proyecto de la “patria libre o morir”, es decir, de la matriz rojinegra.  

 

Por Patricio Cid, militante del Frente de Trabajadores Guevaristas de Chile

Queremos agradecer la invitación realizada por la embajada de Nicaragua en Chile a participar en este acto que recuerda  el 36° aniversario de la revolución nicaragüense.

Hemos llegado a este cementerio a rendir un homenaje a nuestros compañeros, combatientes internacionalistas que cayeron en Nicaragua; en un primer momento, detrás de un sueño que parecía una quimera, y más tarde, defendiendo el triunfo ya alcanzado por hombres y mujeres, trabajadores y campesinos, que no dudaron un instante en ofrendar sus vidas  para alcanzar el triunfo.

Un grupo de chilenos, civiles de las más diversas profesiones: gasfiteros, carpinteros, médicos, dentistas, abogados, constructores, arquitectos, ingenieros, agrónomos, asistentes sociales, periodistas, profesores, trabajadores de la cultura, tuvimos la oportunidad de entregar nuestro aporte  en  las tareas de construcción de  una nueva sociedad, inmediatamente  después del triunfo revolucionario.

¡Qué privilegio más grande participar en un naciente proceso revolucionario! Participar en nuestras profesiones y además tener el privilegio de  de vestir el traje verde olivo  de las milicias populares, batallones de reserva o ser parte del propio ejército sandinista, defendiendo a la revolución de los continuos ataques perpetrados por la contrarrevolución y por el imperialismo norteamericano.

 En las tareas de la defensa, nos encontramos con un contingente de chilenos, la mayoría oficiales formados en Cuba, que constituyeron un aporte fundamental en la lucha revolucionaria -principalmente en la ofensiva final-, como también en los primeros años  después del triunfo,  en la construcción de las primeras fuerzas regulares del ejército  y de la aviación sandinista.

Tuvimos la ocasión de participar, palpar y vivir intensamente un proceso histórico cuyas características se dan ocasionalmente y en muy determinadas circunstancias en la historia de los pueblos.  Es aquel período de la historia  que Lenin  lo definiera como situación revolucionaria, el momento histórico donde se agudizan  al máximo las contradicciones entre los oprimidos y los poderosos, el momento en el cual los oprimidos alcanzan a igualar sus fuerzas con la de los poderosos; con la característica que son fuerzas diferentes: mientras  los poderosos  echan mano al crimen, al abuso despiadado, al uso indiscriminado de sus potentes armas para resguardar sus riquezas y sus privilegios, los oprimidos por su parte salen del anonimato, para transformarse en personas, en seres humanos en toda su grandeza, contrayendo una unidad monolítica bajo el convencimiento y la decisión de luchar, que desborda todas sus capacidades, sustentados en la  capacidad de amar, donde desaparece el egoísmo, se multiplica la solidaridad, donde las cosas vuelven a ser cosas  y los hombres y mujeres vuelven a ser seres humanos en su máxima expresión, como es la del militante revolucionario y combatiente.

Desaparece el temor a la muerte porque el amor a la vida alcanza  un nivel superior, al considerarse la vida como un todo, que va mas allá de la propia vida personal, individual, y se instala como concepto la vida de un pueblo, vida de un territorio, vida de una nación, vida del otro. Una y mil veces daremos las gracias al heroico pueblo nicaragüense, y una y mil veces estaremos juntos a nuestros hermanos que dieron su vida por tan noble causa.

Han pasado 36 años y hemos visto cómo han ido apareciendo las enormes dificultades que se dan en la construcción de la fuerza social revolucionaria  que alcanza el triunfo, que derrota a los enemigos inmediatos,  cómo se multiplican  después del triunfo y se instala  un largo periodo de transición, en el cual siguen operando las fuerzas enemigas que se oponen a la construcción de una nueva sociedad, a una sociedad socialista. Dificultades que no son propias de Nicaragua, sino que las hemos visto en todas las revoluciones triunfantes a lo largo del mundo, constatándose en la inmensa mayoría, un proceso de desgaste progresivo de los valores revolucionarios  y muchas  veces un retroceso hacia los viejos esquemas capitalistas, quedando en lo concreto una tarea abierta y pendiente que deberá ser tomada por las nuevas generaciones, por los jóvenes de hoy y de mañana  en Nicaragua, y en todos los países de la tierra.

Los más viejos hemos contado nuestra historia, nuestras vivencias, nuestros aciertos y nuestros errores a nuestros hijos y a nuestros nietos. Ellos los jóvenes de hoy, y que hoy nos acompañan en este acto, han sabido recoger el legado de la historia, las enseñanzas de Sandino, de Carlos Fonseca, de los revolucionarios de Octubre, de Allende, de Miguel Enríquez, de Santucho; de los hermanos salvadoreños, venezolanos, bolivianos, ecuatorianos, argentinos, uruguayos, y por cierto el ejemplo de aquellos barbudos que con Fidel a la cabeza se transformaron en el faro luminoso para todo el continente y para  el mundo.

Y estos jóvenes hoy nos dicen convencidos, lo mismo que un día nos dijeron los revolucionarios nicaragüenses: que la revolución no es solo necesaria sino también es posible y cuando estas dos condiciones están presentes solo cabe “echar a andar”. Hoy, estos jóvenes me ha pedido hacer de vocero, para contarles a los jóvenes de América  que los estudiantes chilenos, han vuelto a abrir las  grandes alamedas, exigiendo  educación gratuita y de calidad, y que día a día  se transforman  en profundos estudiosos  de la historia y de la filosofía para recuperar  la dialéctica marxista  y el legado de los viejos  pensadores que abrieron el camino de la revolución. Y estos jóvenes nos obligan -a los viejos como yo-, a recuperar a Marx, a estudiar a Mariátegui, a Lukács, a Kosík, a Gramsci, para  entender mejor los vericuetos de la historia y no volverse a equivocar en la construcción de los caminos del futuro.

 Estos jóvenes han querido expresar la síntesis del pensamiento histórico y del quehacer histórico de los pueblos levantando la figura de un hombre de nuestro continente, heredero de Fidel, combatiente de  África y América; soñador, estudioso, crítico y cuya principal armadura fue levantar el concepto del amor  como elemento fundamental que mueve a los hombres y mujeres del mundo en la lucha por una nueva sociedad. Me refiero al comandante  Ernesto Che Guevara. El Che logra reunir a generaciones diferentes, a organizaciones diferentes, en  países diferentes, detrás  del pensamiento guevarista y el pensamiento  y el ejemplo guevarista se transforman en organización y en acción.

 Saludamos a los jóvenes de América, a los hombres y mujeres de América y les decimos que estamos convencidos que  un nuevo periodo se empieza  a construir, un nuevo ciclo de lucha y de triunfos se asoman en el futuro cercano.

Saludamos a la revolución nicaragüense, a la revolución cubana y a todos los pueblos del mundo que  no solo sueñan con un mundo mejor sino  que ya se organizan y se preparan  para las próximas batallas y para el triunfo  definitivo de hombres y mujeres nuevos y nuevas, para una nueva sociedad.

¡VIVA EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO!

¡VIVA LA LUCHA  REVOLUCIONARIA DE LOS PUEBLOS!