¡EN CUBA SIEMPRE ES 26!

Iker CZ

Militante de Izquierda Guevarista de Chile

Miembro del Equipo Editorial de la Revista Nuestra América

Se cumple un nuevo aniversario del Asalto al Cuartel Moncada (y primero desde la muerte física del Comandante Fidel), momento de inflexión histórica que -pese al fracasó aparente- significó un absoluto giro en la historia de Cuba y -en gran medida- del destino de todo América Latina y el Caribe.

I

El objetivo de la maniobra insurgente era tomar el Cuartel Moncada ubicado en la ciudad de Santiago de Cuba, de modo que -una vez controlado el cuartel y las armas- iniciar la defensa de la ciudad junto al despliegue de una insurrección generalizada del pueblo cubano contra la dictadura de Fulgencio Batista; quién fungía el poder desde marzo de 1952 imponiendo un régimen autoritario ultra-capitalista y pro-yanqui. En el caso que la acción fracasará, debido a la ubicación y las características propias que presentaba Santiago de Cuba, las fuerzas insurgentes podrían pasar rápidamente a la implementación de una guerra de guerrillas en la zonas selváticas cercanas a la ciudad. El lugar había sido elegido por presentar ambas posibilidades (insurrección urbana y/o guerrea de guerrillas según lo requeriría la lucha) pero también porque, en la histórica ciudad de Oriente, se habían iniciado las tres guerras independentistas que había librado Cuba en el siglo anterior; siendo depositaria -por tanto- de una memoria histórica profundamente patriótica y antiimperialista que podía ser explotada contra el traidor Batista y sus miserables lacayos. Además, debido a la lejanía y las dificultades geográficas, el envió de tropas de ejército desde La Habana (u otras  ciudades importantes) era complejo y largo de ejecutar; entregando importantes posibilidades a los insurrectos de preparar muy bien la defensa política y militar de la zona. La maniobra político-militar se completaba con la toma del Cuartel Carlos Manuel Céspedes que estaba ubicado -precisamente- en un importante nodo de comunicaciones terrestres, dando -por tanto- un fuerte pie defensa para implementar la resistencia.

Fueron 135 los jóvenes insurrectos que se levantaron ese día bajo el innegable liderazgo de Fidel Castro, quién por supuesto marchó a la cabeza del primer grupo de asaltantes. Las palabras de Fidel expresan mejor que nada la voluntad inquebrantable de los noveles insurgentes:

“Compañeros: Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertado o muerte!

Como bien sabemos, no se cumplieron los objetivos militares trazados pero los objetivos político fueron superados ampliamente. De la aparente derrota surgiría el más vigoroso y espectacular triunfo revolucionario que sacudiría la historia de Nuestra América durante el siglo pasado. La sangre de los caídos sería la fértil inspiración que regaría las conciencias del pueblo cubano oprimido por una tiranía miserable y brutal.

II

Fidel, luego de cumplir 22 meses en prisión, fue liberado debido a la fuerte presión popular que aclamaba en las calles por la libertad de los moncadistas. Batista, en la soberbia propia de los tiranos, pensó que la conciencia y la voluntad de los insurrectos había sido rota por unos cuantos meses de bárbara prisión política. Muy por el contrario, el corazón de los justos se alimenta de convicción frente a medidas represivas inútiles y cobardes. La disposición de lucha, la voluntad de combatir hasta la muerte a la tiranía y a sus esbirros, había coadyuvado al afinamiento político de los nuevos planes insurreccionales. Los jóvenes insurgentes, en vez dar por perdida la vía armada como camino para la liberación de la cuba oprimida, habían reafirmado que solo mediante la furia de la metralla de marginados y explotados podrían ser definitivamente tumbado el oprobio dictatorial de Batista. Ya no sería un asalto a un cuartel, una huelga general o múltiples acciones de sabotaje. Serían todas esas formas de lucha las que debería transitar el pueblo para alcanzar su independencia definitiva. Por ello, la lucha anti-dictatorial pero también por un sociedad basada en la justicia social, no podría seguir otra trocha que la de la guerra revolucionaria, fundada sobre la movilización política y armada del conjunto del pueblo cubano, unido y articulado por un frente político sostenido sobre un programa de reformas sociales justas y necesarias; conducido además por una fuerza militar de vanguardia provista de los mejores hijos de la Cuba insurrecta. La estrategia de poder estaba trazada. Los jóvenes moncadistas no dudarían en asumir el nombre de “Movimiento 26 de Julio” y “Ejército Rebelde”, en homenaje a los mártires caídas en valiente combate pocos años antes.

Consecuentes, los rebeldes cubanos, marcharían a las montañas de la Sierra Maestra y harían de los inexpugnables montes la tumba definitiva de los traidores y cobardes. Ni el desembarco que le costaría la vida a más del 60% de los hombres dispuestos al combate mellaría la voluntad de los valientes guerrilleros. Menos de viente hombres conformaría el primer nácelo del Ejército Rebelde que enfrentaría a cerca de cien mil militares fieles a la dictadura. El ejército de moncadistas más el Movimiento de 26 de Julio no sumarían en un principio más de ciento cincuenta personas -efectivamente- organizadas. O sea, por cada militante de la resistencia habían por lo momentos seiscientos efectivos militares y policiales -provistos de recursos materiales infinitos- buscando su aniquilación. Hay que decirlo con todas sus letras: la proporción de 1/600 es un número más que favorable para grupo de revolucionarios forjados al rojo vivo y en la sangre del pueblo. Los cobardes se harían pocos frente a la rabia del pueblo que arrasaba en un puñado de meses con las impías fuerzas armadas del dictador. El tirano temblaba atrincherado tras su riqueza robada frente a una puñado de hombres y mujeres provistos de la razón y la fuerza de la historia.

El camino mismo de la lucha por el poder político trazaría nuevos bríos en las mentes y corazones de los revolucionarios en plena forja. Luego de la derrota y patética huída de Batista y sus títeres, la Revolución Cubana comenzaría a tejer el certero camino de las redención de los pobres y explotados. No podía ser distinto. Si el objetivo era organizar -sobre las cenizas y escombros de la tiranía derrotada- una sociedad más justa, esta no podía sino que encontrar al socialismo en su intenso andar.

El 16 de abril de 1961 quedaría grabado en la memoria inmortal de los trabajadores y trabajadoras del mundo entero, especialmente de Nuestra América. Ese rojinegro abril el mundo entero sabría que la Revolución Cubana -sobre la base y el consenso de su ardiente pueblo- asumía el noble camino del socialismo. Fusil en mano: obreros y campesinos; estudiantes e intelectuales, gritaban en el rostro de la bestia imperialista que, si osaban pisar la tierra liberada su tumba será sellada por la mano revolucionaria del proletariado en el poder. Y el tirano tembló. Supo la bestia que Girón sería el único intento directo de arrebatar a los cubanos su libertad conseguida a sangre, sudor y fuego. Luego vendrían solo viles y cobardes atentados terroristas que no harían más que alimentar la convicción del pueblo trabajador de que el camino emprendido era el correcto, el justo, el único posible. El signo y palabra de de Martí iluminaba la consciencia de los invencibles cubanos.

III

Pero el primer territorio libre de América Latina y el Caribe, no podría detenerse solo en su proceso interno, pues comprendían -desde del fondo de sus corazones- que la emancipación definitiva del propio pueblo cubano estaba indefectiblemente unida al destino de los pueblos trabajadores latinoamericanos, y del mundo entero. Entonces, la Revolución Cubana, trabajó infatigablemente en la organización y la promoción de la Revolución Latinoamericana, a la cabeza de la cual se ubicaba uno de los revolucionarios más completos que la humanidad había visto jamás: Ernesto Guevara.

Guevara supo unir, en la teoría y en la práctica, la lucha de liberación nacional y el socialismo en un solo programa y estrategia, tal como lo había mostrado la Revolución Cubana en los hechos. Y es que el enfrentamiento contra la burguesía nacional llevaba inevitablemente al enfrentamiento contra el imperialismo que como un cuervo se alimentaba de la expoliación de los pueblos retrasados. Y viceversa: el enfrentamiento contra el imperialismo llevaba ineluctablemente al enfrentamiento contra las burguesías locales que se alimentaban de la podrida carroña que el capital internacional desechaba por mísera. A punta de migajas se hizo una burguesía que jamás optaría por otra posición que recoger, uno a uno, los escupitajos de los países capitalistas centrales.

La clase trabajadora latinoamericana -obreros urbanos y rurales; campesinos pobres y sin tierra- no tenían más fuerzas que las que radicaban en su propio pueblo; precisamente allí se ubicaba la infinita fortaleza moral y política de los explotados y oprimidos de este continente. Guevara lo comprendió a cabalidad, el axioma era categórico: un solo pueblo; un solo proceso revolucionario. El programa y la estrategia de la Revolución Latinoamericana había sido trazada por el propio imperialismo y la burguesía. En ese empeño emancipador entregaría su vida Guevara, no sin antes señalar las líneas generales que los pueblos trabajadores de los países expoliados por el imperialismo deben necesariamente recorrer para conseguir su verdadera libertad.

La Revolución Cubana derrocharía esfuerzos y amor infinito por el mundo entero durante las décadas siguientes (cuando la existencia del campo socialista les permitió relativa estabilidad). Las múltiples resistencias anti-dictatoriales por todo Nuestra América, contarán algún día lo incalculable de sus aportes. Ni hablar del pueblo nicaragüense que vio con su propios ojos la ayuda cubana en su lucha contra Somoza y su dinastía. No por nada África seria la tumba de cerca de 3.000 cubanos que entregaron su vida por libertar a un pueblo que quedaba a 12.000 kilómetros de distancia de la isla. El combatiente internacionalista en Cuba, sería la materialización más concreta de aquel hombre y mujer nueva que construyó sobre la base de su propio ejemplo la Revolución Cubana. Por ello, cuando el campo socialista se derrumbó o algunos países tomaron otros rumbos, Cuba se mantuvo en pie; pese a la pobreza material y el acoso sistemático del imperialismo y sus gobiernos títeres esparcidos por el mundo entero.

Hoy saludamos el amor infinito de Cuba a los pueblos del mundo entero. Saludamos su práctica y su ejemplo internacionalista, su garra y voluntad para luchar y vencer cientos de veces. Ejemplo sobre el cual se han construido miles y miles de hombres y mujeres del mundo entero. Confiamos que el pueblo trabajador cubano, en estos duros y complejos momentos de adversidad, sabrá labrar con paciencia el camino justo y correcto. Camino que no es otro que el ya trazado por ellos mismos: el Socialismo y la unidad internacional de los pueblos trabajadores del mundo entero.

¡VIVA CUBA LIBRE, SOBERANA Y SOCIALISTA!