GUEVARISMO Y REVOLUCIÓN: REFLEXIONES POLÍTICAS A PROPÓSITO DE SANTUCHO Y SU LEGADO HISTÓRICO

GUEVARISMO Y REVOLUCIÓN

REFLEXIONES POLÍTICAS A PROPÓSITO DE SANTUCHO Y SU LEGADO HISTÓRICO

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Con más amor que ciencia, dedicado con cariño eterno 

al Robi en sus 40 años

de gloria y porvenir redento.

Que el socialismo sea pronto 

y furioso como metralla.

Pues la venganza de los justos 

aniquilará hasta el último 

recuerdo miserable 

de los traidores e impíos.  

¡Sepan los infames!,

ahogaremos vuestra cobarde suplica

en la sangre putrefacta

del último burgués agónico sobre la tierra. 

No habrá perdón.

 

Por Iker CZ

Militante de Izquierda Guevarista de Chile

Miembro del Equipo Editorial, Revista Nuestra América

“Como San Martín y Bolívar y como el Che, como revolucionarios latinoamericanos, los mejores hijos de nuestro pueblo sabrán hacer honor a nuestras hermosas tradiciones revolucionarias,  transitando gloriosamente sin vacilaciones por el triunfal camino de la segunda y definitiva independencia de los pueblos latinoamericanos”

Mario Roberto Santucho 

I

Mario Roberto Santucho es probablemente una de las figuras políticas más potentes y controvertidas que han pisado nuestro continente. Nacido en el norte argentino, abrazó muy joven la causa de los trabajadores y el pueblo; adoptando consecuentemente posiciones marxistas que -al calor de la lucha de clases en todo el continente- fueron identificándose cada vez más con lo que  hoy denominamos guevarismo.

Santucho es, para los revolucionarios y el pueblo trabajador, el paradigma del hombre que une sobre sí mismo el pensamiento y la acción revolucionaria de manera coherente y radical. Sin matices ni demoras, el “Robi” leyó con nitidez y certeza que, para la Argentina de los años 60’s y 70’s -como para todo el continente-, era imposible abrazar la lucha por el socialismo sin asumir al mismo tiempo la toma de las armas -por el pueblo- para defender el proceso emancipatorio en curso; pues las burguesías criollas no permitirían jamás el ascenso de los trabajadores hasta el poder. Aquella visión radical y consecuente, lo apartó rápidamente de las tendencias -liquidadoras- al interior del Partido Revolucionario del los Trabajadores (PRT) que abogaban por un camino donde el papel de la lucha armada tuviera un carácter secundario o accesorio. Por otro lado, también el PRT liderado por Santucho se alejó desde un principio de las ideas y conceptos que defendían la obtusa estrategia que propiciaba una alianza (subordinación) con la burguesía y un tránsito, por largas etapas, hacia un socialismo lejano y difuso.

El impulso del Robi y los suyos era claro, preciso, consecuente y tenaz: había que asumir la organización de un partido revolucionario de combate desde el cual emergiera una fuerza militar propia: ejército del pueblo que -en medio de la intensidad del combate- fuera adquiriendo -de lo que pequeño a lo grande y de lo simple a lo complejo- las destrezas y habilidades técnicas y políticas necesarias para la conquista del poder en su totalidad. El protagonismo lo tenía el sector de avanzada de la clase trabajadora que encarnaba los intereses del conjunto del movimiento obrero, al mismo tiempo que la dirección del proceso se centralizaba en el partido revolucionario, el que a su vez debía reunir en su seno a los mejores y más destacados elementos del proletariado en lucha. La estrategia santuchista, además, centraba su objetivo prioritario en la disputa efectiva del poder a la burguesía en el terreno y ejercicio mismo del enfrentamiento entre clases, sin menospreciar -por supuesto- ninguna forma de lucha, pero priorizando aquellas que permitieran ir forjando en la acción misma una conciencia de clase férrea y sólida. En ese sentido, el uso de la violencia directa cumplía un papel prioritario en el desvelamiento de la naturaleza represiva del Estado burgués, así como de la complicidad tácita o explicita del populismo peronista, mayoritario y hegemónico dentro del movimiento obrero y popular argentino de la época.

II

La generación de Santucho enfrentó un contexto histórico dominado por el reformismo obrero. La clase trabajadora latinoamericana, especialmente en el Cono Sur, había sido educada y constituida como movimiento principalmente por partidos afiliados a la Internacional Comunista. Como sabemos, las tesis de la Internacional hacían énfasis -para el “tercer mundo”- en un revolución de características “democráticas”; “populares”; “nacionales”, basada en una alianza pluriclasista con las “burguesías progresistas” que tenían la “misión” de asumir el desarrollo industrial -en cada país- por su cuenta, en oposición -supuestamente- al imperialismo. La primera etapa económica (generalmente denominada “democrático-burguesa”) sería conducida pacíficamente por la burguesía nacional; la misma que después de cumplir su supuesto rol histórico, “entregaría” el poder a un proletariado robustecido bajo la industrialización. Aquella estrecha noción programática (asumida por todos los partidos comunistas oficiales, afiliados a la Internacional) era acompañada de un planteamiento estratégico y táctico funcional. En este plano, la centralidad estratégica, se ubicaba en disputar políticamente el control del Estado frente a una “oligarquía” conservadora y pro-imperialista. Mientras la línea táctica era -básicamente- la lucha electoral e institucional; siempre lo más pacífica posible -pero sin descartar la movilización ofensiva de masas, como método de presión- de modo de evitar “espantar” a las fracciones “democráticas” y “progresistas” de la “burguesía nacional”.

Durante décadas, los revolucionarios, intentaron infructuosamente “doblarle la mano” a una direccionalidad política reformista que educaba al movimiento obrero, popular y campesino latinoamericano, en formas de lucha legalistas e institucionalistas. No obstante, sin desmerecer dichos esfuerzos, no fue posible durante todas aquellas décadas dotar, en la práctica, de nuevos contenidos a los tradicionales partidos marxistas-leninistas, ni organizar “por fuera” otros partidos que pudieran disputar -realmente- la conducción del movimiento de masas.

Más en particular, por ejemplo, el trotskismo desde 1928 en adelante, había realizado un importante esfuerzo teórico y práctico por disputar al stalinismo su hegemonía sobre el movimiento comunista internacional, pero sin lograrlo. Particularmente en América Latina, la influencia de los herederos de Trotsky, era muy limitada pese a que su propuesta programática (revolución socialista ininterrumpida a escala internacional) era consistentemente más acertada que la impulsada desde la Internacional Comunista. Uno de los problemas de los partidos de orientación trotskista era -como lo señalara el propio Santucho- que habían sobrevivido -básicamente- entre estrechos grupos de intelectuales y entre la pequeña burguesía (heredando parte de sus vicios, por cierto) con una influencia en extremo limitada sobre el movimiento obrero; condicionado -inevitablemente- su desarrollo y penetración efectiva sobre la clase trabajadora. Frente a la emergencia de los movimientos revolucionarios armados en todo el mundo (sobre todo en los países dependientes), el trotskismo no lograba dar una respuesta -en el plano estratégico- lo suficientemente coherente a las nuevas necesidades que la lucha de clases imponía a los revolucionarios, quedando virtualmente al margen de los procesos señalados.

Por otro lado, a mediado de los 50’s, comienza a surgir el maoísmo como otra alternativa (muy distinta al trotskismo en sus propuestas políticas concretas pero no tanto respecto a la forma dogmática y sectaria de comprender el marxismo) a la hegemonía stalinista del movimiento comunista internacional. La ruptura política entre las dos repúblicas más grandes e influyentes del campo socialista mundial (Rusia y China) supuso -también- una profunda escisión en el seno mismo de los partidos comunistas de todo el orbe. No obstante, el maoísmo, no representaba una ruptura realmente profunda frente a la naturaleza misma de la política stalinista. Si bien, desde el punto de vista de estratégico, el maoísmo, confeccionó una línea de confrontación que descartaba la “clásica” vía pacífica por la estrategia de “Guerra Popular Prolongada”, en su proyecto histórico asumió un programa aún más moderado y regresivo que el ya defendido por los partidos comunistas tradicionales. El programa maoísta definía la existencia de una etapa anterior a la “democrático-burguesa” enarbolada por los partidos marxistas-leninistas conducidos por la Unión Soviética. Esta etapa recibió el nombre de “Nueva Democracia”, la que -en palabras sencillas- se caracterizaba por ser una alianza pluriclasista (bloque de cuatro clases) entre el proletariado revolucionario, el campesinado, la pequeña burguesía y la burguesía nacional. Pese a que los maoístas emergen directamente desde el seno mismo de los partidos comunistas tradicionales, no logran enraizar su esfuerzo político en el movimiento de masas de manera considerable en nuestro continente. Pensamos que esto ocurrió, principalmente, porque en el momento mismo que está produciéndose esa disputa al interior del movimiento comunista internacional, emerge en Nuestra América la Revolución Cubana con tesis completamente distintas y superiores a las tres matrices marxistas -dogmáticas- señaladas anteriormente. La Revolución Cubana es el comienzo del guevarismo como corriente revolucionaria, a la cual Santucho adheriría y sería -a la vez- uno de sus principales exponentes en la historia latinoamericana.

Como podemos observar rápidamente, prácticamente desde comienzos del siglo veinte y hasta los años 60’s, no existió en Nuestra América una izquierda revolucionaria que asumiera un proyecto programático, una estrategia de poder y una táctica revolucionaria, que pudiera realmente resolver los problemas reales y concretos que la lucha de clases demandaba en nuestras tierras .

La Revolución Cubana, entre otros múltiples aportes, se posicionó rápida y brillantemente como un faro revolucionario para el conjunto del continente, delimitando con su ejemplo combativo y frontal las coordenadas que la izquierda latinoamericana debía aprehender para superar las estériles corrientes marxistas predominantes en la época (marxismo soviético/marxismo-leninismo, trotskismo y maoísmo). Por otro lado, al mismo tiempo que era proclamado el carácter socialista de la revolución y se producía la -humillante- derrota del imperialismo en la playas cubanas, eran racionalizadas las primeras sistematizaciones teóricas del proceso en curso. La izquierda revolucionaria latinoamericana prefiguraba con fuerza y seguridad la conformación de nuevos movimientos revolucionarios que se identificaban en las orientaciones políticas que emanaban desde la isla con frescura y locuacidad. No queremos decir con ello que la izquierda revolucionaria de Nuestra América naciera como tal, únicamente a partir del ejemplo cubano. Muy por el contrario, la Revolución Cubana vino en realidad a dar una respuesta política concreta a problemas que los revolucionarios de todo Latinoamérica habían estado buscando, pero que no habían logrado encontrar con total certeza.

La Revolución Cubana, partiendo de las condiciones históricas y específicas de nuestro continente y ubicándose en el concierto puntual de la lucha de clases internacional que marcaba y condicionaba su época, demostró que los contenidos programáticos fundamentales del proyecto revolucionario en Nuestra América, eran -ante todo- de naturaleza socialista y no “democrático-populares”. Pues, la lucha directa por el poder nos llevaba al enfrentamiento abierto con el imperialismo yanqui, bestia que no permitiría jamás la ruptura respecto a su sistema mundial de dominación económica y política, bajo el cual se ubicaba celosamente nuestro continente. Por tanto, no habían alianzas posibles con una burguesía “democrática” (tesis opuesta la stalinista y maoísta) pues esta reaccionaría -ante un ascenso considerable de las fuerzas organizadas de la clase trabajadora- con la violencia de las armas y la dictadura militar. Del mismo modo que no era posible luchar por un objetivo distinto al del socialismo; estratégicamente la lucha a nivel nacional se tenía que librar abiertamente contra las burguesías locales, quienes ante cualquier atisbo del pueblo trabajador de seguir el camino de Cuba, actuarían mediante implacable represión. Dicha determinación de parte del enemigo de clase obligaba a las vanguardias revolucionarias a preparar la organización política del proletariado en el arte de la guerra, pues sin una fuerza material propia y organizada, el proceso de liberación de clase sería rápidamente truncado por la acción conjunta del imperialismo y la burguesía (tesis distinta y opuesta a la trotskista). Ciertamente, al ser América Latina y el Caribe una sola unidad histórica y geográfica, lo correcto era avanzar inmediatamente en la concreción de las condiciones necesarias para la unidad entre los movimientos revolucionarios del continente y de ese modo llevar exitosamente adelante la confrontación político-militar a todos los rincones y terrenos posibles, de manera tal, que las fuerzas burguesas e imperialistas fueran obligadas a dividir (y debilitar) sus esfuerzos políticos y militares en vastas y complejas zonas de enfrentamiento revolucionario integral.

Guevara, desde un principio, sería uno de los principales sintetizadores de dichas ideas y experiencias. El argentino internacionalista era sin lugar a dudas el más capacitado intelectualmente, entre la nueva generación de jóvenes revolucionarios que había liberado a cuba de Batista. A partir de los primeros meses y años de la Revolución Cubana, el Comandante y Ministro del Gobierno Revolucionario, iría completando y desarrollando un constructo coherente de ideas que intentaban resolver los problemas concretos que se presentaban tanto en Cuba como América Latina y el Caribe. En ese camino, Guevara desarrolla un concepción propia y creativa de la transición socialista -principalmente en el esfera económica- completamente distinta a la aplicada con rigurosidad, ahínco y dogmatismo en la URSS y el campo socialista en general. Guevara se resistiría tajantemente a llevar adelante la transición socialista mediante la aplicación del “Cálculo Económico”, el cual -como sabemos- basaba sus tesis en el mantenimiento y la perpetuación del interés individual del trabajador; determinación y condicionamiento que mantenía y reproducía la mercancía (valor de cambio) en la sociedad naciente, tal cual ocurría en el capitalismo. El comandante consideró que, por el contrario, la transición socialista se debía basar -precisamente- en la superación positiva del uso del valor de cambio (mercancía) y el impulso del interés individual en la producción. La conciencia de clase debía dominar la economía y la producción y no viceversa; pues la dominación de la mercancía (objeto) sobre el trabajador (sujeto) consolidaba la alienación del productor respecto al producto de trabajo (fetichismo de la mercancía) y -en consecuencia- el dominio del capital sobre el trabajo y las relaciones sociales de producción. Pero detrás de ésta visión económica, enteramente nueva respecto a la teoría de la transición desarrollada a partir de la Nueva Economía Política (NEP) en la URSS (ciertamente dominante en todo el campo socialista), existía una concepción filosófica del ser humano antagónica a la propugnada oficialmente por el materialismo dialéctico soviético. El marxismo crítico de Guevara ubicó al ser humano consciente en el centro mismo del proceso revolucionario, por sobre la consideración “objetiva” del desarrollo de las fuerzas productivas (estadio de desarrollo capitalista, en su sentido económico) que pudiese existir en determinados contexto. La Revolución Socialista se podría (y debía) producir en cualquier lugar donde la conciencia de la vanguardia trabajadora alcanzara tal nivel de desarrollo que permitiera pasar a la acción ofensiva; la conciencia objetivada era el único factor determinante para el desarrollo ulterior de la lucha de clases y la revolución. Y, del mismo modo, el sujeto consciente podía y debía dominar la economía-política de transición a partir de la planificación (superior expresión política de la conciencia); centrando su esfuerzo -ineluctablemente- en la abolición y sublimación positiva de la mercancía y del interés individual. Esto era posible, pues el sujeto social ubicaba su conciencia sobre la materialidad u objetividad a transformar y no viceversa. El llamado Hombre Nuevo, para Guevara, es precisamente ese sujeto que es capaz de comprender -no sin dificultades o contradicciones en su propio ser- aquel papel central y determinante en la lucha por el poder y en la transición socialista.

III

Dimos este largo rodeo pues pensamos que no es posible comprender las ideas de Santucho (ni la práctica revolucionaria del PRT) sin conocer el contexto histórico en el cual se ubican las concepciones políticas más importantes, las cuales se derivan, sintetizan y encuentran con la Revolución Cubana, y que al mismo tiempo van constituyendo la matriz política guevarista durante este período. En este plano, los elementos centrales que marcarán la actuación del PRT son: la definición del carácter socialista del proceso revolucionario y la aplicación de una estrategia político-militar de naturaleza continental. Ideas todas que encuentran una praxis potentísima en el heroico ejemplo de resistencia de Vietnam que toma cuerpo en la segunda mitad de los 60’s; justo en el mismo momento que el PRT -al igual que gran parte de la izquierda revolucionaria latinoamericana- da sus primeros pasos de madurez. Evidentemente las ideas relacionadas con los problemas de la transición socialista no fueron abordadas por el PRT y Santucho, pues corresponden a una fase distinta de lucha revolucionaria, una vez ya en el poder y ya derrotada la burguesía.

Sin embargo hay un matiz importante -aunque no antagónico- en la concepción organizativa desarrollada en la teoría y en la práctica por Guevara, y que Santucho y el PRT aplicarán de otro modo en la Argentina. Nos referimos a la concepción, papel y lugar que el partido revolucionario debe ocupar en el desarrollo de la lucha de clases, o más bien, en el momento exacto que este se constituye realmente como una fuerza organizada real y contundente. Para Guevara, la organización del partido revolucionario de vanguardia se desarrollaba a mediano o largo plazo; partiendo primero como una organización político-militar que mediante -preferentemente- la acción armada -combinada con la movilización radical de masas- va robusteciendo, catalizando y condensando la fuerza propia y del pueblo en lucha, hasta fundirse -en un momento ulterior- como un auténtico partido de combate; ya habiendo pasado por la prueba de la lucha armada y una vez ya consolidada una base social amplia y profunda dentro del movimiento de masas que permita -por supuesto- reconocerse y ser reconocido como un grupo de vanguardia en el seno mismo de los trabajadores y el pueblo. El embrión del partido revolucionario es la pequeña pero dinámica y ofensiva organización político-militar que se objetiva como partido cuando efectivamente logra una madurez suficiente; cuestión que puede incluso ocurrir después de la toma del poder político, tal cual ocurrió en Cuba, donde -recordemos- el partido proletario (en un sentido tradicional) terminó de conformarse recién en 1965 (seis años después de la toma del poder). A contrapelo de lo anterior, el PRT se funda antes de iniciar la lucha armada o cuajar completamente una basificación social amplia, profunda y hegemónica, aunque con el claro objetivo de iniciar la lucha armada apenas estuvieran las condiciones organizativas maduras, y con una franca vocación de masas. Pero no es hasta que el PRT da vida a el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en 1970 (seis años después de la fundación del PRT) que el partido de Santucho se convierte en una alternativa política importante e influyente para la clase trabajadora argentina. En la Argentina de la época existían un sinfín de pequeños grupos marxistas -pertenecientes a diferentes vertientes- que se auto-proclamaban como el partido de la revolución, presentando todos y cada uno de ellos, una visión propia y acabada de la táctica, estrategia y programa revolucionario, incluso su propia forma de comprender y aplicar el marxismo, muchas veces disímil entre cada grupo político en particular. No obstante, la gran diferencia que logró el PRT frente al resto de grupos similares, fue haber pasado -en los hechos- de la palabra a la acción ofensiva integral y sistemática. Cuestión históricamente significativa y determinante. De hecho, sin ir muy lejos, en Chile, hay una importante similitud en la trayectoria del MIR en este aspecto. Pues, también reconociéndose en los mismos principios programáticos y estratégicos que el PRT (y otras organizaciones revolucionarias guevaristas del continente), no fue hasta que comienza el período de la formación de los primeros grupos operativos, expropiaciones económicas y acciones directas de masas que el MIR se convierte en una alternativa real para la clase trabajadora de nuestro país, tomando “ventaja” respecto a otros grupos políticos de similar número y características que también existían en la misma época, tal cual ocurrió en Argentina con el PRT casi al mismo tiempo. Guevara -junto a las organizaciones revolucionarias que se identificaban en la misma matriz de ideas- tenía claro que en la América Latina de los 60’s y 70’s (ya con una clase obrera e incluso un campesinado muy avanzado en términos de conciencia y acción) el problema político determinante para el futuro triunfo de la revolución, era el cómo convertir toda la fuerza de los trabajadores en un poder revolucionario que arrebatara hasta el último centímetro de poder al enemigo de clase. Aquello era posible, Cuba lo había demostrado, Vietnam lo estaba demostrando. La acción armada era el principio catalizador de la fuerza constreñida -por el reformismo- de los sectores más avanzados del movimiento de masas.

Desgajando un poco más esta idea, puntualizamos: la opción del PRT de iniciar -en primer lugar- la construcción de un partido revolucionario tenía al mismo tiempo una ventaja y una desventaja evidentes. La gran ventaja era que la conformación de un partido desde un principio permitía identificar claramente -a la clase trabajadora argentina- su vanguardia y sumarse a ella en la medida que asimilaban su táctica de masas, su programa político y sus métodos de acción. No obstante, por otro lado, la desventaja es que, al comenzar por la conformación de un organización político-militar primero, se permitía o facilitaba la constitución de un frente político (conducido por la vanguardia político-militar) que agrupara a más organizaciones políticas identificadas con la acción y el programa del grupo conductor; sumándolas en la medida que el proceso iba tomando un curso ascendente sobre la base de la praxis ofensiva. Era justamente lo que había ocurrido en Cuba mediante el Ejército Rebelde, pues -como sabemos- el Movimiento 26 de Julio era un frente político que en su seno reunía a todas las fuerzas cubanas que compartían un mismo programa y formas de lucha, dinamizando social y políticamente la lucha guerrillera, siempre bajo la dirección estratégica de la insurgencia cubana conducida por Fidel Castro. Sin ir muy lejos, la intención del Comandante Guevara fundando el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia (ELN), era poder conducir y unir políticamente -desde ese instrumento- a todas las fuerzas -sociales y políticas- que compartieran su programa y estrategia revolucionaria, en un largo proceso continental de enfrentamiento político-militar contra la burguesía y el imperialismo. El PRT, por el hecho de presentar un partido ya acabado, evidentemente cerró (aunque nunca totalmente) la posibilidad de seguir agrupando más fuerzas políticas mediante el método (organización político-militar/frente político de masas) propuesto  y practicado por Guevara. Más adelante, el PRT, logró recuperar cierto terreno, en este plano, con el intento de constituir el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS), aunque esta experiencia fue rápidamente truncada por la acción enemiga. De todas maneras, evidentemente, en política no hay fórmulas sagradas universalmente correctas para la construcción orgánica, son apuestas que dependiendo de las condiciones históricas específicas en la cual se plantea, resultarán más o menos efectivas.

Todo el impulso estratégico y táctico del PRT-ERP estuvo centrado en la disputa efectiva del poder político. Como lo sintetizará el propio Santucho en algún momento la lucha se reducía categóricamente en dos posiciones: poder burgués o poder revolucionario. No hay puntos intermedios. En ese sencillo pero radical axioma se resume el sentido histórico de la lucha de clases; sentido que puede ser completado con la sentencia clásica de Guevara: revolución socialista o caricatura de revolución. El poder revolucionario (tan menospreciado por la izquierda afiliada a todos los “post”) debe tener una materialidad específica; desarrollándose -por ejemplo- en un determinado territorio rural (zonas guerrilleras o bases campesinas) o urbano (tipo cordones industriales o comando comunales en Chile) o la combinación de ambas. Santucho siempre comprendió que el poder no era una abstracción (o el “sueño de una idea”). Muy por el contrario: el poder es la síntesis objetivada de la conciencia, la organización y la fuerza material propia, la cual supera ampliamente el radio organizativo del partido de vanguardia; ya que incorpora -en el ejercicio concreto del poder- al sector de avanzada del movimiento de masas sobre la base de la democracia revolucionaria y la organización general del pueblo en lucha. La esencia constituyente del poder revolucionario es la fuerza social revolucionaria, sector organizado del pueblo trabajador que dinamiza en la acción consciente y ofensiva (praxis) al conjunto del movimiento de masas. La forma central, la naturaleza misma de la fuerza social revolucionaria, es la movilización revolucionaria de masas que combina la formas reivindicativas de lucha con la lucha por el poder. En definitiva, la estrategia revolucionaria santuchista/guevarista, se articula sobre la base del despliegue político de la guerra revolucionaria de clases contra la burguesía y el imperialismo, en defensa de los intereses históricos de la clase trabajadora y bajo el objetivo de conquistar totalmente del poder político, por el conjunto de la clase obrera y el pueblo trabajador; cuestión que no es otra cosa que la sublimación dialéctica e histórica del poder burgués por el poder revolucionario emergente.

IV

Desde el VII Congreso de la Internacional Comunista, el significado del internacionalismo proletario había cambiado completamente para todo el movimiento comunista organizado del mundo. La Internacional ya no centraba sus principales objetivos en desatar la lucha revolucionaria en todo el mundo. Por el contrario, este organismo se convirtió -más bien- en una especie de “foro” de los intereses nacionales del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en muchos casos jugando -incluso- un papel regresivo en los países o lugares donde era posible desatar una lucha que pudiese significar la conquista del poder por parte del proletariado. Práctica política absolutamente a contrapelo de la esencia de las ideas de Lenin y la vieja guardia bolchevique, quienes vieron siempre la creación de la Internacional Comunista como un paso necesario para unificar a todos los partidos revolucionarios del mundo bajo la dirección de un solo “Estado Mayor” que asegurara la conducción mundial del proceso revolucionario, mediante el despliegue activo y dinámico del poder revolucionario de los trabajadores en construcción, basado en una estrategia insurreccional que avasallara al poder burgués en cualquier rincón donde este estuviese atrincherado. La Internacional Comunista fue disuelta en 1943. Aquel diplomático “gesto” de la Unión Soviética para con los países capitalistas que aún temían una influencia subversiva -mediante los partidos comunistas locales- en sus respectivos países, tendría nefastas consecuencias para la revolución mundial. La antigua Internacional, en 1947, fue reemplazada por la Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros (Kominform, en ruso). Pero la Kominform era muy distinta a la Internacional Comunista de la época de Lenin (hasta el IV Congreso) e incluso diferente a la ya “descafeinada” Internacional de los años 30’s y 40’s. El re-converso instrumento internacional dirigido a placer por el PCUS solo incluía a los partidos comunistas oficiales pertenecientes al campo socialista (Alemania Democrática, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania, el partido de Yugoslavia fue expulsado a pocos meses del nacimiento de la Kominform). Extra-oficialmente eran adosados -también- los partidos de Francia e Italia, inmensamente influyentes en sus respectivos países, aunque ambos carentes de la intensión franca de concretar una revolución en sus respectivos países. En la práctica, la Kominform, no fue más que una vía de transmisión de las orientaciones políticas emanadas desde el PCUS al resto de los partidos satélites. Un simple y vulgar instrumento a su servicio y antojo. Al poco andar -a consecuencia de la inutilidad práctica del instrumento, el exceso de burocracia y la autoridad patriarcal del PCUS que se imponía en todos los debates y decisiones, sin oposición o matiz-, los partidos comunistas locales optaron por una relación mucho más pragmática: las decisiones y acuerdos pasaban a tomarse exclusivamente de manera bilateral. La tristemente célebre Kominform pasó rápidamente al olvido cuando comenzó el -denominado- proceso de “des-stalinización” liderado por el revisionismo. El revisionismo amplió relativamente el régimen soviético pero sin abandonar en absoluto las tesis esenciales de la época inmediatamente anterior. Incluso peor: la aggiornada URSS proclamó -patéticamente- la “co-existencia pacífica” entre el campo capitalista y el campo socialista mundial. Vergonzosa e inútil capitulación frente a la bestialidad imperialista que no dejaban de actuar ofensivamente en todo el mundo.

Con el nacimiento del “Pacto de Varsovia” entre los países del bloque comunista europeo, se terminó de sepultar para siempre el internacionalismo proletario defendido por los más notables marxistas desde los albores del socialismo en la URSS. El famoso -y temido- pacto no era más que un tratado militar que aseguraba la actuación en bloque de todo el campo socialista europeo ante cualquier agresión; aditivamente se consolidaba algunas dinámicas de colaboración económica (más bien: división internacional del trabajo) entre los países de la alianza. Todo el resto del movimiento comunista internacional quedaba acéfalo y a la espera de las directrices de la URSS que tendían -todas- a mantener el equilibrio “pacífico” internacional y la distribución del mundo, tal cual fue acordado (exclusivamente entre las potencias vencedoras) posteriormente a la derrota del nazi-fascismo en 1945.

Por un camino distinto intentaba avanzar el trotskismo. El antiguo dirigente bolchevique -principal organizador y líder del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos- había sido expulsado de la URSS a finales de los años 20’s por la dirección del PCUS liderada por Stalin, quien tenía como último gran oponente al interior de la URSS al ex líder y dirigente. Trotsky, fiel a sus principios, comenzó a trabajar inmediatamente después de la expulsión de la URSS, en la organización de una oposición internacional -por la izquierda- al liderazgo de Stalin y el resto de la dirección ejecutiva soviética que lo había expulsado. Pero la era de las purgas al interior del PCUS recién había comenzado. Poco y nada podía hacer Trotsky y sus escasos aliados frente a la brutal y despiadada política de aniquilamiento sistemático contra los líderes revolucionarios que aún existan dentro del PCUS. Por el contrario la existencia de Trotsky y sus seguidores aumentaba (o ayudaba a justificar) la represión contra las fracciones que al interior del partido intentaban retomar el camino que había trazado Lenin escasos años atrás.

A fin de cuentas, ya a mediados de los años 30’s (con la amenaza del fascismo consolidándose por Europa) estaba claro que Trotsky había fracasado en su intento por influir al interior del liderazgo del PCUS, como también de -prácticamente- cualquier otro partido comunista oficial de alta o mediana importancia mundial. Frente a un escenario en extremo adverso, sumido en la marginalidad política (en comparación con los partidos comunistas oficiales), Trotsky y sus seguidores deciden impulsar la organización de una “Cuarta Internacional”, sobre la base de los principios y definiciones tácticas adoptados durante los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista, junto a las adaptaciones o re-actualizaciones desarrolladas en el documento denominado “Programa de Transición”, elaborado por el propio Trotsky (documento que -por cierto- sería la piedra angular de los planteamientos de esta nueva Internacional y de todo el movimiento trotskista mundial en ese momento como también posteriormente).

Como sabemos, el PRT nació ligado al trotskismo. No obstante, desde principios de los 70’s venía transitando hacia un alejamiento de las posiciones que antes habían compartido. La crítica santuchista al papel del trotskismo es categórica y sustancial, válida incluso en muchos de sus aspectos esenciales hasta el día de hoy. El PRT, luego de haber sido parte de la IV Internacional por casi una década, decide en 1973 su ruptura definitiva con esta corriente. A nuestro parecer, el argumento más gravitante es el siguiente: la IV Internacional, pese haber realizado el máximo esfuerzo por mantener en pie los principios revolucionarios de Marx y Lenin, expresados en los cuatro primeros congresos de la Internacional, no logró comprender a cabalidad el giro histórico que estaba dando el proceso revolucionario mundial y en el cual si estaban participando (en muchos casos dirigiendo) los partidos stalinistas o “marxistas-leninistas” de lleno. La Internacional trotskista optó -equívocamente- por centrar sus esfuerzos en los países capitalistas que -hipotéticamente- serían protagonistas de un proceso ascendente de lucha revolucionaria al punto -quizás- de llegar a disputar efectivamente el poder a la burguesía en sus respectivos lugares. De allí que, por ejemplo, depositen sus esfuerzos centrales en Francia. La nueva Internacional, en su análisis de la realidad mundial, no fue capaz de leer -acertadamente- que la centralidad del enfrentamiento entre el capitalismo y las fuerzas antagónicas a su poder, se había trasladado hacia el llamado “Tercer Mundo”. Ahora, los pueblos que luchaban contra el colonialismo y neocolonialismo en Asia, África y América Latina pasaban a la vanguardia de la lucha mundial contra el imperialismo y el capitalismo. La nueva Internacional, al no comprender a cabalidad este fenómeno, perdió mucho terreno político, en el plano del desarrollo de su fuerza y proyecto a escala mundial y -por qué no decirlo-, también estos pueblos perdieron la oportunidad de alimentarse de muchas de las ideas y conceptos que sí eran correctos (no todos) en el trotskismo y que el stalinismo había perdido definitivamente. El trotskismo, para decirlo de manera clara, llegaba tarde (o no llegaba) a los procesos de lucha revolucionaria en Indochina (Laos, Camboya y Vietnam), tal cual ya le había ocurrido en China, reduciendo únicamente su actuación -desde la marginalidad- a la crítica y a la denuncia del stalinismo o el reformismo de los partidos realmente conductores de estos importantes enfrentamientos entre clases (en gran parte, lo mismo ocurre con el proceso revolucionario cubano), incluso el no reconocimiento en estos procesos, pese a sus debilidades y desviaciones, de ciertos elementos que si eran positivos. Al mismo tiempo, especialmente Trotsky, no fue capaz de ver y comprender el papel que estaban cumpliendo los campesinos en estos procesos revolucionarios. Por último, la Cuarta Internacional tampoco fue capaz, o no tuvo la voluntad, de aprehender nuevas lecciones desde la experiencias revolucionaria que se estaban dando en los países periféricos y retrasados. Nos referimos especialmente al nuevo marco estratégico que superaba -por los hechos- la concepción clásica de insurrección popular que había sido aplicado en octubre de 1917 en Rusia, y que la burguesía y sus ejércitos ya había asimilado completamente en su doctrina militar. Los pueblos trabajadores del mundo ahora optaban por la estrategia de guerra popular y prolongada, diseñada y aplicada primeramente por Mao en China, pero que a medida que se iba consolidando como una estrategia exitosa en otras luchas, iba incorporando mayores elementos en su trazado global. Esta estrategia surgía, precisamente, de la derrota -en la práctica- de la vieja insurrección popular de masas, aplicada por los bolcheviques en el resto de Europa (pero especialmente en la intentona insurreccional de Cantón, China). La nueva estrategia de poder surgía sobre una conclusión histórica: ya no era posible ganarse una parte importante del ejército enemigo para el campo revolucionario pues el nivel de adoctrinamiento, inteligencia y disciplina de las fuerzas armadas, posterior a la primera guerra mundial, había afinado todos los puntos débiles que, justamente, los bolcheviques habían explotado para el beneficio del proletariado. Ahora había que enfrentar a las fuerzas armadas en el terreno militar de forma directa. Por tanto, había que preparar las fuerzas propias en el plano armado desde un principio, partiendo desde las formas más elementales de lucha armada hasta llegar a enfrentamientos regulares entre fuerzas militares de similar cuantía, aprendiendo en el ejercicio de la guerra misma el arte de la lucha armada. Junto con esto, en los países donde el campesinado era una inmensa mayoría y el proletariado una franja marginal, los primeros eran llamados a ocupar un papel preponderante, sin que ello significara que la dirección histórica fuera abandonada por el proletariado. Por supuesto, como el enfrentamiento bélico lo protagonizaban las masas campesinas, el teatro de la lucha armada era predominantemente rural. El trotskismo, sectariamente, rechazó la nueva estrategia (que cosechaba éxito tras éxito), fundamentalmente porque provenía de partidos comunistas oficiales; ergo reformistas y stalinistas. Así, esta corriente revolucionaria, se quedaba constreñida a sus viejas ideas únicamente porque eran las que -por principio- habían aceptado en algún momento de su historia, y porque estuviese dando muestras concretas éxito. Evidentemente era una resolución determinada por un dogmatismo puro, sobre la base de una concepción anquilosada del marxismo (cuestión aún presentes en muchos de cuadros dirigentes y militantes actuales). Perfectamente la IV Internacional podría haber recogido esta estrategia, en su línea general, pero incorporando una concepción programática de raigón socialista, constriñendo el reformismo (en su faceta programática) a un segundo plano en este aspecto. Incluso podrían haber aceptado el papel protagónico del campesinado sin tierra (obrero agrícola) sin modificar el carácter proletario del partido revolucionario y su programa. La tozudez de la IV Internacional y su entorno, relegó aún más al trotskismo en la lucha por la hegemonía mundial sobre el proletariado y los procesos de lucha que se desataban en todo el mundo con fuerza y amplitud inusitada (incluso más que en los primeros años que siguieron al triunfo bolchevique en Rusia).

De todas formas, casi como un paréntesis largo, queremos señalar que Santucho y el PRT optarían por recoger muchas de las enseñanzas del proceso revolucionario chino, vietnamita y cubano, respecto al problema de la estrategia, pero por supuesto no de manera mecánica. Esto lo podemos observar en el hecho que -como la Argentina de la época era muy distinta a China o Vietnam, incluso en muchos aspectos a la misma Cuba- los principios estratégicos que guiarán su actuación (incluidos los aportes particulares de Guevara) partían reconociendo una realidad concreta caracterizada por un desarrollo urbano superior, similar mayormente a los países europeos que a los asiáticos; caracterizado por una industria mediana y pesada con un desarrollado atrofiado pero  considerablemente existente; el que a su vez producía un proletariado que había dado muestras de una importante disposición de lucha y radicalidad (un lugar especial ocupa el llamado “cordobazo” del año 1969 como ejemplo de esto); escalando muchas veces hasta puntos de enfrentamiento cuasi-insurreccionales, pero de carácter espontáneo. Sobre esta base, la conclusión correcta y obvia, era que el protagonismo del proceso revolucionario argentino se sostenía en el proletariado urbano y que el resto de las fuerzas del campo campesino y popular cumplían un papel auxiliar a la fuerza revolucionaria del proletariado argentino. por supuesto que, estratégicamente, dicha definición alejaba rotundamente al guevarismo argentino del maoísmo y el trotskismo.

Por otro lado, el maoísmo, pese a que con el triunfo de la Revolución Popular China pasó a ser una referencia mundial en todo aspecto, no logró transformarse -luego de la ruptura política con la URSS- en una vanguardia a escala internacional, pese a que dentro de la matriz de argumentos que separaron al Partido Comunista de China respecto al Partido Comunista de la Unión Soviética estaba -en primer orden- el problema de la internacionalización de la lucha revolucionaria. El conflicto se agudizó cuando es declarada la “co-existencia pacífica” entre el capitalismo y el socialismo por parte de la URSS,  cuestión que obviamente indignó a la dirección de la República Popular China que anunciaba al mundo estar dispuesta incluso a entrar a una guerra nuclear contra el capitalismo, si así fuera necesario. No obstante, el Partido Comunista de China -sin perder de vista los apoyos materiales y políticos a la guerra de resistencia y liberación nacional que se desarrollaba en los tres países de Indochina- no impulsó con todas sus fuerzas la lucha revolucionaria en otros rincones del mundo; pese a poseer los recursos humanos y materiales para ello (además del prestigio necesario como para poder haber influido de mayor manera en el desenvolvimiento de la lucha de clases a escala mundial). De hecho, aquella pequeña isla llamada Cuba, hizo mucho más, política y materialmente, por la lucha revolucionaria mundial (especialmente en África y América Latina) que el gigante Chino. El aporte de Cuba y su Gobierno Revolucionario a los pueblos oprimidos y explotados del mundo, especialmente durante sus tres primeras décadas de existencia, es sencillamente inconmensurable. La Revolución Cubana había comprendido desde un inicio que su proceso revolucionario no era más que parte de un proceso mundial de lucha emancipatoria que había comenzado hace siglos y actuó siempre en consecuencia a esta tesis.

Cuba, hacia mediados de los años 60’s y, en medio de la histórica conformación oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1965, termina de insertarse en el movimiento comunista internacional. Desde el año 1965 en adelante comenzaba en Cuba una fase histórica que podemos denominar como de consolidación socialista que se extiende hasta los años 70’s. Con una Cuba internamente sólida e inserta en el campo socialista mundial política y económicamente, se plantea a sí misma la tarea de asumir un papel más trascendente, de vanguardia, en la lucha revolucionaria de América Latina y los países retrasados en general. Por ello, con motivo de la celebración de la “Conferencia Tricontinental” en enero de 1966, se inician los preparativos, y se realiza la convocatoria, de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). El objetivo de la OLAS era claro y contundente: coordinador a los grupos, partidos, movimientos y fuerzas revolucionarias y anti-imperialistas, bajo los principios de la unidad internacional y la lucha armada, dentro del marco programático del socialismo, pero no excluyendo -necesariamente- a los movimientos de liberación nacional “progresistas”, pero que poseyeran inclinaciones o tendencias marxistas en su interior. Este esfuerzo unitario continental “coincidía” (obviamente no era mera coincidencia) con la ubicación de Guevara a la cabeza de los preparativos para la implementación de la lucha guerrillera a lo largo de la cordillera de Los Andes (Argentina, Perú y Bolivia como eje organizador). El objetivo de la estrategia guevariana era avanzar desde la organización y constitución de una fuerza político-militar que se fuera acerando en la guerra revolucionaria, mediante la táctica político-militar de focos armados esparcidos por diferentes puntos del continente junto a la conformación de frentes políticos donde convergieran las fuerzas revolucionarias que aceptaran las tesis programáticas y estratégicas sintetizadas por la OLAS y que Guevara recogía en su “Mensaje Tricontinental”. Poco después Guevara moría en combate y la OLAS -debido a la enorme presión desmovilizadora de la URSS- se convertiría en una instancia mucha menor incidencia en el concierto latinoamericano internacional. La estrategia de desatar una guerra revolucionaria continental quedaba trunca, al menos bajo esta forma específica o enmarcada en el proyecto OLAS. De ahí en adelante la estrategia cubana se re-orientaría, pero sin perder su naturaleza revolucionaria y su vocación internacionalista en absoluto, básicamente al apoyo -directamente- de los movimientos revolucionarios de liberación nacional de los continentes retrasados, pero sin asumir directamente el papel de vanguardia de los procesos mismos, como si era el objetivo de la OLAS.

El PRT y Santucho, junto al MIR de Chile, el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN) de Uruguay y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) fundado por el Che en Bolivia (con presencia varios países del Cono Sur), recogerían gran parte de la propuesta estratégica guevariana de la OLAS, pero insertando modificaciones y re-orientaciones que hacían de esta nueva convergencia internacional, una experiencia histórica y singular.

Hacemos referencia a la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) formada en Chile durante 1973 a propuesta del MIR. Esta nueva articulación incorporaba a las cuatro organizaciones guevaristas antes nombradas. Dicha experiencia de unidad internacional de los guevaristas, inédita y jamás nunca repetida en esta parte del continente, era de alguna manera la continuidad informal e indirecta (pero histórica) de la política internacionalista impulsada desde la OLAS pocos años antes, pero con una serie de particularidades que hacían a este intento unitario diferente en muchos de sus aspectos. Era, para decirlo en otras palabras, continuidad y cambio a la vez, un intento de superación del esfuerzo inmediatamente anterior, del cual no había sido parte ninguna de las cuatro fuerzas revolucionarias fundadoras de la JCR.

Cuando nos referimos a continuidad, estamos señalando -entre otros aspectos- a las nociones programáticas y estratégicas que eran más o menos transversales a las cuatro organizaciones de la JCR, aunque por supuesto con ciertos matices en el MLN del Uruguay, pues esta último era una organización político-militar con fuertes inclinaciones nacionalistas (no ahondaremos en este tema) que no necesariamente coincidían armónicamente con el marxismo en todos sus aspectos; o al menos no en el sentido desde el cual era interpretado por el MIR, el PRT y el ELN. No obstante, si había acuerdo en el carácter continental y armado de la revolución; fundamentalmente debido a la interpretación común de la naturaleza voraz y brutal que el imperialismo poseía (y posee) sobre nuestro territorio. De todos modos, las organizaciones por lejos más gravitantes dentro de la JCR eran el MIR y el PRT, grupos que hacia el año 1973 (antes del golpe militar en Chile) vivían sus mejores momentos políticos. Ya que, por el lado de los revolucionarios bolivianos y uruguayos, la represión había hecho mella en sus fuerzas, las cuales -aunque aún relativamente solidas y cohesionadas- se encontraban considerablemente menguadas en comparación al ciclo de lucha del lustro anterior. Señalamos aquello en el sentido de caracterizar que, pese las diferencias o distancias respecto al marxismo que podría haber existido con el MLN, el peso específico de los partidos revolucionarios de Chile y Argentina desequilibraba absolutamente la balanza, cuestión que se hace notar con fuerza en las declaraciones públicas que la JCR empieza a lanzar hacia el año 1974, donde claramente el análisis marxista domina ampliamente el marco de compresión política. Otro matiz relevante era la morfología organizativa que tenían los distintos grupos. Por un lado, el ELN, conservaba una estructura que podríamos denominar como “clásicamente guevarista”; en el sentido de que no era -bajo la lupa leniniana- un partido revolucionario tradicional, pero tampoco un ejército revolucionario que no hacia ni producía política. El ELN era una organización político-militar integral que estructuraba en su propio seno el trabajo armado (guerrillero) y el trabajo organizativo sobre el movimiento de masas -obrero y campesino- pero desde la estructura de combate misma. El ELN, en el fondo, se constituía como la dirección estratégica del proceso revolucionario, al mismo tiempo que era el instrumento predilecto para la organización de los sectores de avanzada del movimiento obrero y campesino. Cuestión similar, en muchos aspecto, al MLN del Uruguay, pero claramente distinta a la concepción presente en el actuar del PRT y el MIR; ambos partidos en el sentido más clásico de la Internacional Comunista, pero con las adaptaciones y adecuaciones propias de una estrategia basada en el concepto de guerra revolucionaria, opuesta -como ya revisamos- al insurrecionalismo de la vieja Internacional. Conducentes a este modelo estratégico, ambas fuerzas políticas apostaron al esquema -también clásico- de los tres instrumentos organizativos: el partido revolucionario: fuerza dirigente de la revolución y de los otros instrumentos; frente(s) de masa(s): instrumento(s) de organización de los sectores más avanzados o dinámicos del movimiento de masas, especialmente de la clase obrera urbana, también dirigido por el partido, y; ejército revolucionario: estructura especializada en el combate armado y militar, en el cual se organizan, bajo -por supuesto- la dirección del partido revolucionario, los elementos más conscientes, dinámicos y combativos de la clase obrera y el pueblo trabajador (no necesariamente siendo todos militantes del partido).

La apuesta de la JCR sería la coordinación de los esfuerzos revolucionarios que se desataban a nivel nacional pero fundamentalmente sobre el terreno del enfrentamiento militar. Aquello lo podemos observar sobre la base de varias consideraciones, siendo la más notable -a nuestra parecer- el hecho para nada casual que, en el caso argentino, fue el Ejército Revolucionario del Pueblo (fuerza militar del PRT) la estructura que asumió el papel de articularse en la dirección ejecutiva internacional con el resto de las fuerzas revolucionarias, y no directamente el Partido Revolucionarios de los Trabajadores, como podríamos haber pensando primeramente, si la naturaleza u objetos de la JCR hubiese tenido una inclinación más política. Era una expresión más que gráfica del dominio militar sobre el campo de lo político, pero sin perder en ningún caso la concepción integral del entrenamiento revolucionario de clases. Si a eso sumamos que los primeros intercambios concretos de experiencias entre las fuerzas coordinadas, se diera justamente en el campo de lo militar, es evidente que el acento estaba puesto en coordinar el aspecto más radical de la estrategia de guerra revolucionaria. Cuestión meridianamente evidente si consideramos que la fase de enfrentamiento armado -abierto y masivo- en el Cono Sur ya había comenzado hacia el momento de su nacimiento en 1973 (Bolivia, Uruguay, Argentina) o estaba a punto de comenzar (Chile). Pese a que la JCR tendría una vida relativamente corta -apenas hasta 1976- marcó con fuego un camino que sin duda debe ser asumido con consecuencia por las generaciones de revolucionarios que hoy conciben -con franqueza y férrea voluntad- una estrategia que parta del hecho (para nosotros ineluctable) del carácter continental de la lucha. No está demás decir que lejos quedaron los nacionalismos estrechos toda vez que la identidad internacionalista del revolucionario latinoamericano se fundió en las voluntades inmortales de estos proyectos revolucionarios y guevaristas.

V

Santucho y el PRT trazó un camino, el cual obviamente no debe ni puede ser recorrido del mismo modo pues la condiciones históricas del enemigo de clase, como de la clase revolucionaria en sí, no son exactamente las mismas. No obstante, en su concepción política y práctica revolucionaria, hay un sinfín de elementos que se articulan hoy como una síntesis útil y coherente que debe ser tomada y absorbida por el conjunto de los revolucionario latinoamericanos, especialmente por quienes nos reincidamos guevaristas. Nos referimos especialmente a la concepción de poder revolucionario y estrategia revolucionaria basada en la disputa del poder efectivo; en la práctica consecuente sobre la cual se erige el sujeto revolucionario del cambio histórico; y la formación, sobre la base de la emulación, de los cuadros revolucionarios que deben protagonizar la lucha por el socialismo. Como por supuesto también la nítida concepción del internacionalismo proletario basado en la unidad estratégica de las fuerzas revolucionarias de Nuestra América. Creemos que, independiente de las formas histórico especificas que deben adecuarse las condiciones actuales de la lucha de clases, todos estos conceptos y problemáticas siguen delineando y enmarcando a los proyectos revolucionarios con franca vocación de poder.

Invierno del 2016, Santiago de Chile.

roby