Revista Nuestra América

MARXISMO CRÍTICO

Por qué la sexualidad es un trabajo

Por qué la sexualidad es un trabajo 

Silvia Federici

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La sexualidad es el descanso que se nos otorga dentro de la disciplina del proceso laboral. Es el complemento necesario para la rutina y la reglamentación de la semana laboral. Es una licencia para «ser natural», para «dejarse llevar», para que así podamos regresar más frescos a nuestro lugar de traba- jo el lunes siguiente. El «sábado noche» es la irrupción de lo «espontáneo», lo irracional dentro de la racionalidad de la disciplina capitalista en nuestra vida. Se supone que es la compensación por nuestro trabajo y se nos vende ideológicamente como «lo distinto» al trabajo: un espacio de libertad en el cual presumiblemente podemos ser nosotros mismos ―una posibilidad para conectar íntimamente, de «manera genuina», en un universo de relaciones sociales en las cuales nos vemos constantemente forzados a reprimir, aplazar, posponer y esconder, incluso de nosotros mismos, lo que deseamos.

Siendo esta la promesa, lo que de hecho recibimos está bastante lejos de nuestras expectativas. Igual que no podemos regresar a la naturaleza con solo despojarnos de la ropa, tampoco podemos ser «nosotros mismos» simplemente porque sea la hora de hacer el amor. Poca espontaneidad es posible cuando los tiempos, las condiciones y la cantidad de energía disponible para el amor están fuera de nuestro control. Tras una semana de trabajo, nuestros cuerpos y sentimientos están entumecidos y no podemos ponerlos en marcha como si fuésemos máquinas. Porque lo que surge cuando nos «dejamos llevar» es más a menudo nuestra violencia y nuestra frustración reprimidas que nuestro propio yo oculto y listo para renacer en la cama.

Ya que, entre otras cosas, siempre somos conscientes de la falsedad de esta espontaneidad. No importa cuántos grititos, suspiros y ejercicios eróticos hagamos en la cama, nosotras sabemos que es un paréntesis y que mañana ambos estaremos de nuevo dentro de nuestros civilizados trajes (nos tomaremos juntos un café mientras nos preparamos para ir a trabajar). Cuanto más nos damos cuenta de que esto es un paréntesis que se nos negará el resto del día o de la semana, más difícil se nos hace volvernos «salvajes» y «olvidarlo todo». Y no podemos evitar sentirnos enfermas fácilmente. Es la misma vergüenza que experimentamos cuando nos desnudamos sabiendo que haremos el amor; la vergüenza del día después, cuando ya estamos ocupadas restableciendo las distancias; la misma vergüenza (finalmente) que sentimos al pretender ser alguien totalmente distinta de quien somos durante el resto del día. Esta transición es especialmente dolorosa para las mujeres; los hombres parecen ser expertos, posiblemente debido a que han estado sujetos a una reglamentación más estricta en su trabajo. Las mujeres siempre nos hemos preguntado cómo es posible que tras una nocturna muestra de pasión, «él» pueda levantarse ya en un mundo diferente, tan distante algunas veces que es difícil restablecer incluso una conexión física. De todas maneras, siempre son las mujeres las que más sufrimos el carácter esquizofrénico de las relaciones sexuales, no solo porque llegamos al final del día con más trabajo y más preocupaciones sobre nuestras espaldas sino porque además tenemos la responsabilidad adicional de hacer placentera la relación sexual para el hombre. Esta es la razón por la que habitualmente las mujeres somos menos receptivas. Para nosotras el sexo es un trabajo, es un deber. El deber de complacer está tan imbuido en nuestra sexualidad que hemos aprendido a obtener placer del dar placer, del enardecer y excitar a los hombres.

Ya que se espera que proporcionemos descanso, inevitablemente nos con- vertimos en el objeto sobre el cual los hombres descargan su violencia reprimida. Somos violadas tanto en nuestros lechos como en las calles, precisamente porque hemos sido situadas para proveer satisfacción sexual, para actuar como válvulas de escape para todo lo que va mal en la vida de un hombre, y a los hombres siempre se les ha permitido volcar su rabia contra nosotras si no nos adaptamos al rol asignado, especialmente cuando nos negamos a actuar.

La compartimentación es solo uno de los aspectos de la mutilación de nuestra sexualidad. La subordinación de nuestra sexualidad a la reproducción de la fuerza de trabajo ha supuesto la imposición de la heterosexualidad como único comportamiento sexual aceptable. En realidad toda comunicación genuina tiene un componente sexual puesto que no hay división posible entre nuestros cuerpos y nuestras emociones y nos comunicamos utilizando continuamente todos estos aspectos. Sin embargo, el contacto sexual con otras mujeres está prohibido puesto que, según la moral burguesa, todo lo que es improductivo es obsceno, antinatural y pervertido. Esto ha implicado la imposición sobre nosotras de una verdadera condición esquizofrénica, ya que desde muy pronto en nuestras vidas debemos aprender a trazar una línea entre las personas a las que podemos amar y las personas con las que tan solo podemos hablar, entre aquellas a las que podemos abrir nuestros cuerpos y aquellas a las que tan solo podemos mostrar nuestras «almas», nuestros amantes y nuestras amigas. El resultado es que somos almas incorpóreas para nuestras amigas mujeres y cuerpos sin alma para nuestros amantes masculinos. Esta división no solo nos aleja de las otras mujeres sino que nos separa de nosotras mismas en relación con lo que aceptamos o no de nuestros cuerpos y sentimientos, de esas partes «puras» que están ahí para su exhibición, y aquellas «sucias», las partes «secretas» que solo pueden ver la luz (y así transformarse en partes puras) en el lecho conyugal, punto de partida de la producción.

Es esta misma preocupación por la producción la que ha forzado que la sexualidad, especialmente en las mujeres, se confine a determinados momentos de nuestras vidas. La sexualidad se reprime en los niños y en los adolescentes así como en las mujeres mayores. Por ello los años en los que se nos permite ser sexualmente activas son los mismos en los que nos encontramos más cargadas de trabajo, cuando disfrutar de nuestra sexualidad supone una hazaña.

Pero la principal razón por la que no podemos disfrutar del placer que nuestra sexualidad puede proporcionarnos es porque para las mujeres el sexo es un trabajo. Proporcionar placer al hombre es lo que se espera de toda mujer.

La libertad sexual no nos ayuda en esto. Ciertamente es importante el que no se nos lapide si somos «infieles», o si se dan cuenta de que no somos «vírgenes», pero la «liberación sexual» ha incrementado nuestra tarea. En el pasa- do solo se esperaba de nosotras que criáramos a nuestros hijos. Ahora se exige que encontremos un trabajo asalariado, también que limpiemos la casa y tengamos niños y, además, que, al final de una doble jornada laboral, estemos listas para saltar a la cama y seamos sexualmente tentadoras. Para las mujeres el derecho a la sexualidad es la obligación de tener sexo y de disfrutarlo (y esto no es algo que se espere de muchos trabajos, es decir, que además resulten placenteros), razón que emana como origen de tantas investigaciones habidas durante los últimos años en torno a qué partes de nuestro cuerpo —ya sea la vagina o el clítoris— son sexualmente más productivas.

Independientemente de si se observa desde su vertiente más liberal o desde su forma más represiva, nuestra sexualidad sigue estando bajo control. Las leyes, la medicina y nuestra dependencia económica de los hombres, todo ello garantiza que, aunque se relajen las reglas, la espontaneidad quede descartada de nuestras vidas. La represión sexual dentro de la familia es una función de este control. A este respecto, padres, hermanos, maridos, chulos, todos ellos han actuado como agentes del Estado, para supervisar nuestro trabajo sexual, para asegurarse de que proveeríamos los servicios sexuales de acuerdo a lo establecido, a las normas sancionadas de la productividad.

La dependencia económica es la forma final de control sobre nuestra sexualidad. Es la razón por la que el trabajo sexual es todavía hoy una de las principales ocupaciones laborales de las mujeres y la razón de que la prostitución subyazca en cada encuentro sexual. Bajo estas condiciones no puede haber ninguna espontaneidad sexual para nosotras, y eso explica también por qué el placer es tan efímero dentro de nuestra vida sexual.

Precisamente debido a la compraventa que se da en estas relaciones, la sexualidad siempre va acompañada para nosotras de ansiedad, y es la parte del trabajo doméstico que genera más odio hacia nosotras mismas. Además, la comercialización del cuerpo femenino vuelve imposible que nos sintamos a gusto con él, independientemente de su tamaño y forma. Ninguna mujer puede desnudarse felizmente frente a un hombre sabiendo no solo que está siendo evaluada sino que existen estándares de actuación para los cuerpos femeninos con los que hay que identificarse y de los que, cualquier persona, hombre o mujer, está al tanto, ya que están esparcidos por todas partes alrededor nuestro, en cada muro de nuestras ciudades y en la pantalla de la televisión. Saber que, de alguna manera, nos estamos vendiendo, ha destruido nuestra autoconfianza y el placer para con nuestros cuerpos.

Esta es la razón que nos lleva a que, seamos flacas o gordas, tengamos la nariz pequeña o grande, seamos bajitas o altas, todas odiemos nuestro cuerpo. Lo odiamos porque estamos habituadas a observarlo desde fuera, con los ojos de los hombres que conocemos, y con la mente puesta en el cuerpo como mercancía. Lo odiamos porque estamos acostumbradas a verlo como algo que hay que vender, algo que está alienado de nosotras y que está siempre en el mostrador. Lo odiamos porque somos conscientes de todo lo que depende de él. De nuestra apariencia corporal depende que podamos encontrar un trabajo mejor o peor (ya sea en casa o fuera de ella), que podamos adquirir cierto poder social, algo de compañía para así vencer la soledad que nos espera cuando envejezcamos y, a menudo, también durante la juventud. Y estamos siempre temerosas de que nuestro cuerpo pueda volverse contra nosotras, que tal vez engordemos, nos salgan arrugas, nos hagamos viejas rápidamente y esto provoque la indiferencia de la gente, de que perdamos nuestro derecho a la intimidad con alguien, que malogremos la oportunidad de que nos toquen o abracen.

En resumen, estamos demasiado ocupadas representando un papel, demasiado atareadas complaciendo, demasiado temerosas de fallar, para disfrutar haciendo el amor. Es nuestra sensación de valía la que está en juego en cada relación sexual. Si un hombre nos dice que hacemos bien el amor, que le excitamos, independientemente de que nos guste o no tener relaciones sexuales con él, nos sentimos bien, sus palabras impulsan nuestra sensación de confianza, incluso aunque tengamos claro que después tendremos que fregar los platos. Pero nunca se nos permite olvidar el intercambio producido, porque nunca trascendemos la situación de relación- valoración en nuestras relaciones amorosas con los hombres. «¿Cuánto?» es la pregunta que siempre domina nuestra experiencia con la sexualidad. Muchos de nuestros encuentros sexuales se van entre especulaciones y cálculos. Suspiramos, sollozamos, jadeamos, resoplamos, saltamos arriba y abajo en la cama, pero mientras tanto nuestro cerebro sigue calculando «cuánto»: ¿cuánto de nosotras podemos dar antes de perder o de malvendernos? ¿Cuánto lograremos que nos devuelvan? Si es nuestra primera cita, ¿cómo de lejos le podemos dejar que llegue? ¿Puede levantarnos la falda, le dejamos abrirnos la blusa, meter los dedos bajo el sujetador? ¿En qué momento deberíamos decirle «hasta aquí»? ¿Cómo de duramente debemos rechazarle? ¿Cuándo podemos decirle que nos gusta antes de que empiece a pensar que somos «baratas»?

Hay que mantener altos los precios ―esta es la norma, al menos la que se nos enseña. Si ya estamos en la cama los cálculos se vuelven más complicados, porque también tenemos que contar con las posibilidades de quedarnos embarazadas, lo que significa que entre jadeos y suspiros tenemos que calcular nuestro calendario menstrual. Fingir excitación durante el acto sexual, en ausencia del orgasmo, también es un trabajo, y uno duro, porque cuando finges nunca sabes hasta dónde deberías llegar y siempre acabas haciendo más de lo que deberías.

De hecho, nos ha llevado un montón de combates y ha sido necesario empoderarnos para empezar a admitir que nada estaba sucediendo.

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