Los guevaristas y las elecciones municipales: ¿izquierdismo o táctica revolucionaria?

Los guevaristas y las elecciones municipales: 

¿izquierdismo o táctica revolucionaria?

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Por Gustavo Lastra

Militante de Izquierda Guevarista de Chile

Ya inmersos en una nueva coyuntura electoral, se presenta otra oportunidad para la reflexión, el debate y la confrontación de tácticas en el tristemente inmenso archipiélago conformado por las organizaciones de la izquierda chilena. Es por eso que la siguiente columna busca ser una pequeña contribución a la política de la Izquierda Guevarista –como actor político del aún marginal o invisibilizado sector de izquierda revolucionaria– y a su diferenciación con las de otros actores dentro del marco de la izquierda en términos amplios, ante el actual circo electoral de la burguesía.

En primer lugar nos referiremos brevemente a la situación política actual y a la coyuntura, pues constituyen el contexto necesario para proponer o evaluar la política desarrollada en él. Como ya se ha repetido hasta el cansancio, de la editorial del primer número de nuestro medio de difusión oficial “Revolución Latinoamericana” se desprende que nos encontramos frente a una crisis hegemónica –desafección entre gobernantes y gobernados– profundizada por las propias contradicciones del modelo capitalista y no por la existencia de un proyecto revolucionario contrahegemónico consolidado, es decir, la distancia política que existe entre los partidos del bloque en el poder y los intereses del movimiento de masas claramente reivindicativo pero con tendencias a su crecimiento –movimiento por la educación, No más AFP, crisis ecológicas, resistencia en el Wallmapu, las protestas de los pescadores artesanales, etc.– se debe a la propia y cada vez más sorprendente incapacidad de una burguesía local realmente ineficiente.

Dentro de este marco los intelectuales orgánicos de la burguesía, en su afán por “interpretar” las necesidades democráticas de la población, claramente han errado y deslegitimado un elemento esencial a la hora de oxigenar el modelo, me refiero a las elecciones, justamente la coyuntura frente a la que nos enfrentamos. Es así como los utópicos teóricos de una sociedad capitalista donde más o menos se distribuya “justamente la riqueza”, defensores y acuñadores del término actual de ciudadanía y acérrimos propagandistas de la “sociedad de derechos” burguesa, han contribuido con la promulgación del voto voluntario y otros reajustes de “transparencia y probidad” en búsqueda de sueño democrático burgués a que existan niveles de abstención electoral impensados, que junto al “estallido” de los movimientos sociales y a los escándalos de corrupción han hecho que estas expresiones de la crisis no dejen descansar tan tranquilamente a los poderosos como sí lo hicieron durante veinte años de la mano de la Concertación.

Precisado esto es también importante señalar que no podemos caer en la crítica sencilla pues para un correcto análisis tenemos que decir que no todas las elecciones dentro de las reglas de la burguesía son iguales. Una postura tan tajante podría caer en el sectarismo de descartar incluso elecciones de organismos intermedios que constantemente han sido ocupados por los revolucionarios y que se han reconocido necesarios para el avance del movimiento popular, me refiero a por ejemplo las elecciones en sindicatos, federaciones universitarias o liceos, colegios profesionales, etc. Parece ser pues que el descarte se realiza respecto a las elecciones que tienen que ver directamente con lo que la burguesía ha hecho que la sociedad asuma comúnmente como “política”: la disputa por la administración del Estado y sus instituciones. En este contexto, en un segundo plano aparece la administración del gobierno local, es decir las municipalidades. Dentro de las mismas reglas de la burguesía parece evidente la importancia superior de las elecciones parlamentarias y presidenciales por sobre las municipales, que en términos cotidianos, si bien siempre existe una consecuencia política, sus competencias van más asociadas a la administración del municipio, y bastante alejados estaríamos sí, incluso si profesáramos concepciones reformistas, administrar un municipio nos estaría acercando a un nuevo Chile, puesto que ninguna de las demandas del movimiento social hoy pueden ser resueltas desde estos entes –salvo claro, demandas locales de impacto muy limitado–.

A este contexto, que responde a las condiciones objetivas de nuestro país y de la coyuntura, incorporaré ciertos datos entregados por el PNUD –por más que como toda encuesta pueda estar dirigida y no refleje 100% la realidad en Chile– que me parecen bastante acertados para interpretar el sentido común de nuestra sociedad: existe un malestar hacía la política (institucional) y rechazo a ella que no se traduce en acción, sino en desmotivación a participar, salvo en determinadas coyunturas reivindicativas (por ejemplo las enormes marchas en contra de las AFP). Existen anhelos de cambio en torno a temas como salud, educación, pensiones, trabajo, etc., pero a la par sigue predominando el miedo al conflicto –salvo en los sectores más dinámicos del movimiento de masas, pero se habla a modo general– y se tiene una visión positiva del orden, lo que no quiere decir que organismos como las Fuerzas Armadas o Carabineros gocen de un amplio apoyo (los primeros acosados por la corrupción y los segundos aunque siguen siendo de las instituciones más apoyadas en las encuestas, su desmedido actuar hace que esto cada vez se vea más mermado), sino a que existe un rechazo hacía la violencia como motor de los cambios, mi interpretación es que más allá del bombardeo ideológico que diariamente se realiza en contra de la violencia popular y a favor de la del Estado como “legítima”, esto podría responder a que la derrota de 1973 y los 17 años de dictadura aún pesan en la conciencia colectiva de generaciones que vivieron la etapa más triste de nuestro país.

Todos estos datos y breves análisis son necesarios porque es en este marco en el cual debemos hacer política hoy en día, más aún con la inmediatez que la coyuntura requiere. Pero ojo, cuando me refiero a política me refiero a política revolucionaria hacía las masas, no a sólo redactar este texto o esgrimir comunicados que leen solo los emisores desde las redes sociales, sino a intervenir la realidad para transformarla, teoría y praxis, algo tan sabido que no sólo puede quedarse en el discurso.

En el artículo “Sobre la cuestión electoral” publicado en esta misma revista y escrito por un compañero, se aborda de forma coherente la política de los revolucionarios frente a las elecciones de la burguesía, y específicamente frente al bloque en el poder (Chile Vamos y Nueva Mayoría) a los que en las presentes municipales se refiere como “los conglomerados de la vieja política, la política de los acuerdos y del gatopardismo, ya tienen luz verde para desplegar en las calles su marketing electoral y bombardear los ojos de los ciudadanos con sus candidatos – productos y sus frases que no dicen nada (…)”. Se hace también un repaso respecto a los movimientos “ciudadanos” y al reformismo actual y su confusión de estrategia y táctica. Respecto a lo primero, bloque frente al cual –adelantando un poco– hay que denunciar, agitar y de esta forma profundizar la crisis, no profundizaré ya que lo esencial se encuentra en el artículo del compañero.

No obstante, me remitiré analíticamente al segundo punto, pues como anuncié en la introducción es parte de la motivación de escribir esta columna. Independiente de la política o no a desplegar, es un hecho el que –como lo hace normalmente el sector revolucionario– no presentamos candidatos a estas elecciones, lo que inmediatamente nos sitúa en la categoría de “izquierdistas” para muchos compañeros y organizaciones de este archipiélago de la izquierda en Chile, con los cuales, si bien no es lo fundamental el polemizar, a veces es necesario el marcar diferencias. ¿Somos izquierdistas o desarrollamos una táctica revolucionaria? ¿Debemos rechazar o no la participación en elecciones? A estas preguntas daré respuesta a continuación, primero evaluando la viabilidad o no de las alternativas electorales al bloque en el poder, y en segundo lugar refiriéndome a los guevaristas frente a estas elecciones.

Respecto a las alternativas al bloque en el poder que se han presentado en estas elecciones –y que se ha transformado ya en una constante–, debemos distinguir dos bloques diferentes pero tácticamente muy cercanos. Uno es el socialdemócrata (más homogéneo y derechamente burgués) y el otro al que clásicamente podríamos llamar como reformista, pero con matices ya que se plantean diferentes opciones, siendo la más representativa la opción que conforma el recientemente fundado Frente Amplio. Los primeros apuestan a un discurso que re-encante a la “ciudadanía”, a que la crisis se soluciona por medio de la elección de “buenos” políticos y “nuevos” rostros, a que un Chile capitalista más humano es posible por medio de una mejor distribución de la riqueza y el cumplimiento de las “leyes” a que se someterá a los grandes empresarios, etc. Los segundos a dotar de representantes a los movimientos sociales, tomarse así el Estado y transformarlo en un garante de derechos que sirva como herramienta para construir una sociedad mejor.

En sus tiempos Lenin escribió “(…) cuando no hay critica materialista de las instituciones políticas y no se comprende el carácter de clase del Estado moderno, del radicalismo político al oportunismo político no hay más que un paso”. Hoy estas alternativas no sólo no agitan propaganda revolucionaria en sus campañas, sino que tampoco han podido transformarse en reales alternativas, manteniéndose los altos índices de abstención (probablemente sigue siendo así tras estas municipales) y obteniendo magros resultados. ¿Y sí lograsen porcentajes considerables? Pues no olvidemos el rol actual que ocupa el Partido Comunista. El electoralismo como fetiche y sin un discurso que ataque las estructuras de este sistema no sólo no le sirve al campo popular, sino que oxigena el régimen, le hace un favor a la burguesía y su destino es la cooptación. Más allá de lo que haga o no Boric en el parlamento –es solo una persona, un lujo que a pesar de la crisis el sistema se puede dar–, un grupo de parlamentarios de estas alternativas pasará a ser parte de la casta de burócratas, donde por sobre la construcción social predomina el asistencialismo y otras prácticas comunes a los profesionales de la administración del Estado.

Por otra parte, plantear que los objetivos noblemente antes descritos se lograrán por medio de las elecciones municipales es francamente cuestionable. ¿Es entonces una táctica de acumulación de fuerzas para referenciar candidatos de cara a las elecciones parlamentarias? De ser así se ha caído sin reparos en el electoralismo. Con la situación política antes descrita, hoy no se agudiza la crisis presentando candidaturas aunque sean meros saludos a la bandera o tácticas de cada organización o sector. No obstante no se debe responder a todas las candidaturas con soberbia y sobre ideologización, ya es una realidad y respecto a las candidaturas honestas me referiré más adelante.

Existe sí un sector dentro del reformismo que hoy se plantea como alternativa que me interesa tratar pues, más allá de un consecuente trabajo y de dirigentes sociales que han entregado gran parte de sus vidas a la organización del mundo popular y a la construcción del socialismo en nuestra patria, errores teóricos que se han asumido como dogma se traducen en un proyecto que en sí parte derrotado bajo las premisas de la colaboración de clases y del frente populismo. La independencia de clases es un lineamiento estratégico que tiene que ser transversal a toda alternativa que asuma de forma real la lucha anti imperialista y anti capitalista, y es una lección histórica que no debemos olvidar. Son estos los problemas de quienes asumen las concepciones atrofiadas del marxismo soviético o stalinista como ortodoxia mal entendida –recordando a Lukács el marxismo ortodoxo es respecto al método, la dialéctica, y no a obras y autores consideradas como canónicas e incuestionables–, y así pues quienes desde esta posición tratan a los demás de “izquierdistas” no dan ni siquiera para ser llamados como una desviación de derecha dentro del comunismo, sino meramente oportunistas en el sentido vulgar o común de la palabra. Me remito a Mariátegui: “ni calco ni copia”.

Es al menos cuestionable para mí que alternativas de este tipo –en términos generales– planteen temas como la soberanía popular, la segunda independencia, el fin de la corrupción, etc. Si fuese agitación revolucionaria no tendría reparo, pero cuando empezamos a leer propaganda encaminada a que los candidatos sean electos prometiéndose incluso que se subirán los sueldos mínimos, me parece que se está cayendo en los males que decimos querer erradicar. No fui yo sino Lenin y Gramsci quienes dijeron que decir la verdad era siempre revolucionario, y ante el pueblo se debe ser honesto, sino se puede caer en el incluso ser electo de forma populista sin realmente poder cumplir lo que se está prometiendo (sobre todo si son elecciones municipales donde como ya dije existen bastantes límites en el sentido de que es meramente la administración local). Se requiere la claridad de comprender de que el problema no son los corruptos que se han adueñado del Estado, sino que este sistema se fundamenta en un robo –análisis marxista básico– y por ende está lleno y es una fábrica de pobres y explotados por un lado (por más que se haya instalado en el subconsciente el mito de la clase media) y de ricos y corruptos por el otro. No ligar la corrupción al sistema puede llevar hasta a la resurrección de grupos fascistas, como ha ocurrido en Europa de forma alarmante en el último tiempo.

Ahora hablando de la política de la Izquierda Guevarista hacía la coyuntura, donde señalé que no presentamos candidatos, ¿cuál es la postura de los revolucionarios frente a las elecciones? Ante esto, debo señalar con ejemplos históricos que la caricatura de que la izquierda revolucionaria jamás ha considerado el utilizar las elecciones burguesas como medio de lucha es falsa. El MIR en su momento en los años ’70 participó indirectamente –apoyando candidatos del polo más radical de la Unidad Popular– de elecciones complementarias, y el PRT en Argentina vislumbró la posibilidad de apoyar al sindicalista Agustín Tosco como candidato a la presidencia. ¿Cuál es la diferencia entonces respecto al contexto actual y a la táctica ya descrita de los grupos anteriores? Pues que estas tácticas de acumulación de fuerzas se encontraban dentro de un contexto de lucha de clases abierta, con las contradicciones agudizadas y en donde a pesar de que se utilizaba el medio institucional muy validado por amplios sectores de las masas, siempre se consideró como una herramienta más en la lucha frontal contra el Estado burgués y como medio de agitación de la propaganda revolucionaria.

No estamos actualmente cerca de una coyuntura pre-revolucionaria, y la organización popular y clasista es bastante incipiente como para que una táctica electoral permita consolidar la “fuerza” acumulada sin que esta se diluya pasando la coyuntura. Al menos al calor de la lucha reivindicativa existe un aprendizaje y experiencias en el pueblo, en las elecciones solo queda el apego a la falsa ilusión electoral, en ese sentido y en el actual contexto de crisis, no presentar candidatos más que una alternativa izquierdista, es una buena lectura del período que nos toca afrontar.

Por otra parte, el simple llamado a no votar para deslegitimar el sistema con la intención de luego atribuirse los porcentajes de abstención es francamente una ingenuidad. Como se dijo al principio no somos los responsables de la crisis, y el llamar a no votar solo para demostrar consecuencia o rebeldía no nos transforma en alternativa. Tampoco el aparecer –como ya se ha hecho habitual– tomándose alguna dependencia el día de las elecciones para obtener prensa y después entregar un discurso vacío como han solido hacerlo ciertos sectores estudiantiles. La excelente política comunicacional debe acompañarse con trabajo real, con una propuesta hacía la coyuntura, de lo contrario solo subiremos nuestro ego, creceremos entre quienes piensen que somos audaces, pero para la sociedad seguiremos siendo unos radicales incomprendidos que reclaman por reclamar.

Los revolucionarios no debemos rechazar ningún método de lucha, y hemos aprendido en nuestra formación que estos pueden ser legales e ilegales. La coyuntura electoral no puede ser desechada meramente porque es el circo de la burguesía, y en este contexto la Izquierda Guevarista debe ser ejemplo de que se puede difundir la propaganda revolucionaria en las elecciones sin presentar candidatos ni participar de las campañas meramente para no “hacerle el juego a la derecha”. Nuestra tarea es profundizar la crisis, y en este período, a pesar de que la participación electoral resulta ser paupérrima, las personas están más abiertas al debate político, a que se le entreguen propuestas, y nuestra política debe ser tanto para quienes votan por las alternativas “honestas” como para quienes se abstienen de votar porque están hartos del saqueo y ya no confían en las instituciones. Por alternativas “honestas” me refiero a candidatos pertenecientes a organizaciones o independientes que cumplen con los requisitos de ser alternativas que respetan la independencia de clase y la denuncia al régimen (que se suele entender como “duopolio” en la crítica política), y respeto a estos y a las personas que les apoyan no podamos disputar desde una posición sectaria de mayor consecuencia, ni boicotear candidaturas populares, sino más bien confrontar ideas e invitar a continuar el trabajo concluida la coyuntura y demostrar en la práctica que los derechos se conquistan en la lucha y no con votos. Respecto a los segundos que no votan por convicción, el llamado es a organizarse, a trabajar colectivamente para cambiar este país desde la organización popular y no quedarse en la crítica, lo dijo Lenin “si no eres parte de la solución eres parte del problema”.

¿Cómo hacemos esto? Pues interviniendo en la coyuntura. Entre tantos afiches y desfachatada propaganda de las campañas de los candidatos del poder económico, debemos multiplicar las acciones de propaganda revolucionaria ahí donde la coyuntura lo amerita, acorde a cada contexto local. Denunciemos la corrupción, al bloque en el poder, las falsas ilusiones electorales, la colusión, las leyes represoras, la privatización de nuestros derechos, etc., pero todo ello desde nuestra actividad misma en el pueblo. Pero no debemos aprovechar estas instancias para agitar en base a denuncias, tenemos una propuesta en desarrollo, nuestra alternativa hacía el movimiento de masas, el congreso de los trabajadores y del pueblo, que perfectamente podemos visibilizar como una herramienta de lucha que sí nos permitirá solucionar tanta problemática y canalizar las inquietudes populares que no tienen cabida en el agobiado y deslegitimado sistema institucional de los poderosos.

Leyendo bien cada contexto y con diversos medios de propaganda  y actividades hacía la coyuntura, o apoyando actividades encaminadas en un sentido similar, es como realmente apostamos a ser desde la propia izquierda revolucionaria un referente distinto al bloque en el poder, y comenzamos a romper con esa marginalidad que, salvo puntuales excepciones, ha sido una de las consecuencias más nefastas que nos ha dejado la dictadura. La Izquierda Guevarista es una organización que puede transformarse en un actor político fundamental en la profundización de la lucha que se avecina si logramos profundizar la crisis y que esta no se resuelva a favor de la burguesía. Nuestra política es radical e independiente, pero ello implica aún mayores esfuerzos en interpretar y canalizar las inquietudes de nuestro pueblo para realmente organizar a cada vez más sectores del movimiento popular y avanzar para más temprano que tarde transformar de raíz esta sociedad injusta. Ser un soldado de américa requiere de aquella astucia, a seguir el ejemplo de Guevara y predicar con el ejemplo, desde la praxis misma.

Chile, octubre del 2016

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