El arte de la clase trabajadora

El arte de la clase trabajadora

Camila Álamos, militante Izquierda Guevarista de Chile

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Me urge la necesidad de escribir sobre este tema debido a múltiples discusiones que he sostenido al respecto en el último tiempo. Discusiones que si bien me han enriquecido y motivado a pensar en ello más profundamente, también han sembrado en mí un nivel no menor de disconformidad, y por qué no decirlo, de preocupación tanto por el trabajo creativo de los artistas revolucionarios, como por la sesgada recepción del arte en nuestro pueblo trabajador. 

No podemos desmentir el hecho de que la clase dominante, con todos sus medios ha fortalecido la permeabilidad del acceso al arte, tanto respecto al goce de este, como a su práctica y desarrollo. Es muy claro: nuestra clase ha recibido las sobras de una producción que muchas veces no alcanza la talla de “arte”, y que tiende únicamente a profundizar en nuestra gente los anti valores proclamados por el capitalismo. Y sí, estos han triunfado bastante, pues son reivindicados en los principales medios de comunicación masiva, son ofrecidos como lo correcto, como el camino a seguir para vivir en los parámetros de una “normalidad” que naturaliza y justifica incluso las violencias más aberrantes. 

Es en este sentido que los trabajadores y trabajadoras del arte tenemos una importante tarea que cumplir: luchar también desde nuestra trinchera, ya sea la música o la pintura, las letras o la danza. Debemos entender nuestro arte como una herramienta más para la transformación de nuestra sociedad, tal como pudiese serlo la sociología, la ingeniería o cualquier profesión u oficio en el que nos desempeñemos, porque al fin y al cabo, es menester poner lo mejor de nosotros mismos en el desarrollo de nuestras tareas militantes.  Dicho esto, quisiera hacer hincapié en la necesidad de no encasillar al artista militante en un eterno panfleto, pues para ello cada organización contará con sus determinadas tácticas de agitación y propaganda, en las que claro está, el artista podrá colaborar, sin dejar de lado su quehacer de poeta, músico o pintor. 

El artista revolucionario puede y debe hacerse cargo de las problemáticas de la clase trabajadora sin que ello le haga caer en la redundancia de las consignas, porque para cumplir con las tareas propias de la organización política, el artista se constituye primero como militante, y es en ese marco de acción que se desempeñará como tal. No propongo con esto una disociación entre arte y militancia, sino más bien una separación necesaria para que el artista –como tal- no se vea limitado en su trabajo creativo. Por lo demás, cualquier consigna política puede decirse, escribirse, cantarse o pintarse sin caer en una suerte de “pornografía” panfletaria. 

El militante comunista y poeta salvadoreño Roque Dalton, ya hace mucho tiempo se refirió al tema, y planteó que el artista revolucionario “debe tener para construir su obra dos puntos de partida necesarios: el profundo conocimiento de la vida y su propia libertad imaginativa” (en Poesía y Militancia, 25). Es en esta idea donde quisiera detenerme, pues un artista de la clase que conoce la realidad de la cual forma parte materialmente, debe ser capaz de poner su sensibilidad artística y su imaginación al servicio de la representación de esta. Si el artista se limitase únicamente a hacer propaganda y a profetizar respecto del futuro socialista al que se aspira ¿no estaría pasando por alto un sinfín de sentimientos innombrables producto de la explotación de nuestro pueblo? ¿Acaso hablar del amor o de las manos partidas de una mujer temporera no es referirse a la realidad de la clase trabajadora? ¿Será que el arte militante debe carecer de belleza y sublimidad? Yo, habiendo sentido y comprendido aún más las contradicciones de la lucha de clases luego de conmoverme con libros y películas, me atrevo a afirmar que no. 

Quisiera dejar este debate abierto, con la esperanza de que los revolucionarios abordemos este tema con la importancia que merece, por ser el arte una necesidad inherente al ser humano. Cómo no serlo, si nos permite la expresión sin límite alguno y con ello abre nuestras mentes, nuestros corazones, llevándonos a aprehender lo bello y lo adverso de los días, permitiéndonos lidiar con las contradicciones y estimulándonos a superarlas. Cómo no profundizar en la capacidad creadora de los seres humanos, si esta nos significa una gran zancada en el camino hacia la libertad. 

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