Revista Nuestra América

MARXISMO CRÍTICO

ENARBOLANDO LA DIGNIDAD

Creo que es este un momento decisivo de nuestra historia la tiranía ha sido derrocada.  La alegría es inmensa. Y sin embargo, queda mucho por hacer todavía.  No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil.

Fidel Castro

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Ariel Pefaur, militante de Izquierda Guevarista de Chile

Introducción

     Sin duda, la muerte de Fidel es para los revolucionarios una extraña sensación de tristeza, nostalgia y esperanza; amarga y profunda tristeza. Es de común reconocimiento que a nuestro Fidel mucho tiempo no le quedaba en esta vida terrenal. Es la naturaleza de la vida, nacer, perecer. Aún así el impacto fue profundo. Es que vivir tal momento, que dábamos por naturalizado, nos golpeó fuerte, y quizás más de lo que muchos esperábamos, pues la certidumbre de su partida no quito ni aminoro la sorpresa, el impacto y la nostalgia de su huella revolucionaria.

     Y es que Fidel no dejo jamás de sorprendernos. Viejito, se aparecía, nos llenaba de orgullo ver su templanza, pese a la salud, pese a los años, pese a la decadencia capitalista a nivel mundial, ahí estaba nuestro comandante, leyendo críticamente el mundo actual, reafirmando el proyecto histórico del socialismo, apelando a la dignidad de su pueblo amado, al ejemplo heroico de la lucha de los humildes.

     Sensaciones extrañas para quienes nos fundimos en las banderas guevaristas, en el proyecto de la revolución cubana y por supuesto en al arte político, militar llevado a su máxima expresión latinoamericana; en la más nítida y creativa dimensión del ejemplo de Lenin: el faro revolucionario de Fidel.

     Hemos tenido que enfrentar desconcertados, por supuesto, el espectáculo alienado y miserable del enemigo. Pero las ideas dominantes de la época, las ideas de la burguesía no se sustentan, como bien sabemos, en la educación, en la conciencia, sino en la ignorancia, en el desconocimiento, incluso en los miedos y traumas de nuestros pueblos bajo el yugo capitalista.

     Así y todo es inminente que Fidel era una expresión concreta del significado comunista que sentenciara Marx en su Manifiesto del Partido. El miedo, el respeto y admiración son también extrañas sensaciones con las que debe lidiar nuestro enemigo; el Imperialismo y la burguesía. Es inviable todo tipo de indiferencia, ni la ONU, ni la CEPAL, ni las naciones vagones de cola del Imperialismo –como el de nuestro país, ni Estados Unidos, nadie en estos momentos puede negar la trascendencia fundamental de la praxis revolucionaria de Fidel, del último gran vestigio de una era política, que no obstante su cierre de ciclo, deja una gran siembra. La dimensión mundial de Fidel nos asiste hacia el ejemplo histórico de dignidad de las banderas y del proyecto revolucionario.

     En este sentido, no tan sólo se reabren discusiones respecto a qué proyecto de sociedad se constituye como el ejemplo a seguir. Tal dilema se puede sintetizar en la siguiente pregunta: ¿socialismo o capitalismo? Esta interrogante –que tiende a reabrirse nuevamente- ya es algo importante para el periodo histórico de ofensiva radical del capitalismo, en donde hace algunas décadas pensar en la revolución era una caricatura vulgar de fenómenos y posturas añejas del pasado. El constante impulso del comandante Fidel, ahora en otra esfera de la vida, nos permite pensar y abrir debates trascendentales respecto a la tarea de hacer la revolución. 

     Reafirmar compromisos históricos, evocar el ejemplo y la praxis militante y adentrarnos en los alcances, apuestas y lecciones de la revolución cubana y en Nuestra América, esto es Fidel.

     Estas reflexiones buscan abrir ciertos debates desde el guevarismo (marxismo latinoamericano que con toda la justeza muchas veces se nos identificó o identifica como castroguevarismo) lejos de buscar cerrar el debate o polemizar directamente con la desfachatez de los sectores “de izquierda” del bloque en el Poder, la superficialidad e ingenuidad reformista o los debates saludables que introducen trotskistas, estalinistas, anarquistas, maoístas entre otros sobre la revolución cubana, el legado de Fidel, del Che, y de la revolución. Y no es tan sólo que volvamos a los debates marxistas de los años sesenta. Son también los dilemas y desafíos de la actualidad de la revolución, lo cual nos muestra que la muerte de Fidel nos deja prendida nuestra llamita revolucionaria.

La lucha de clases en Nuestra América.

     Fidel evoca en su vida a la lucha de clases heroica de los pueblos de Nuestra América. La moral, la dignidad, la fortaleza, el carisma y la humildad que reunía son aquella expresión del carácter proletario, sacrificado y humilde de nuestra revolución. Los fundamentos de por qué nos movilizamos por la revolución: poder liberar y alzar el potencial de los pueblos de nuestro continente y el mundo explotado y oprimido, donde prima la solidaridad, el apoyo mutuo, la humildad, el caerse y levantarse, el trabajo intenso y dedicado, la resistencia a las tormentas, a las perdidas, a la muerte, a la traición. Si no creyéramos en nosotros como pueblo trabajador, en nuestro enorme potencial revolucionario, caeríamos en depositar en otros sectores, incluso el enemigo, nuestra fe y pasión revolucionaria. Y hemos visto como nos ha costado miles y cientos de miles de vidas  confiar aquella tarea a la burguesía. Primera lección de Fidel.

Algunos medios de comunicación han sabido contextualizar justamente que la salida revolucionaria de Cuba, respondía a la brutal y vergonzosa dictadura del títere del imperialismo, Fulgencio Batista. Pero hay un elemento que no se puede olvidar jamás, elemento que para la misma CIA fue el eco de su renuncia absoluta a buscar intervenir conspirativamente contra la revolución: el ser martiano de Fidel, aquel patriotismo revolucionario. Y cuando señalamos esto, debemos ser enfáticos en que la Patria en Fidel, es la patria en Martí. Es indudable hoy más que nunca que Fidel es el gran hijo de José Martí, el destacado intelectual, militante revolucionario, independentista de Cuba. Para quienes tienen la oportunidad de estar en Cuba es evidente que a Fidel no le gustaba ni un tantito que se le hiciera culto, publicidad, propaganda con su rostro. No, Fidel estaba en el ejemplo, en la conciencia, en la gratitud y el respeto de su pueblo. Así, la concepción de Patria en Cuba no es el mismo significado crítico de muchos de nuestros países, en donde los anhelos de independencia, eran más bien anhelos de riqueza, de ambición, de saquear y despojar al otro. La Patria en Fidel no es otra cosa que lo que escribe Martí en su Teatro 

El amor, madre, a la patria
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca”

      Es por esto que una lección de Fidel es su conexión con la historia de su pueblo, es su ligazón, hoy eterna, con Martí, Maceo, Céspedes, con Julio Antonio Mella, Camilo Cienfuegos, el Che, Vilma, Celia. Fidel es nítido ejemplo del amor por el pueblo y el odio profundo a quien nos oprime. Fidel un ejemplo antiimperialista del pueblo cubano.

     Y no tan solo aquella conexión histórica podemos hacer tras la figura de Fidel. También está el de la lucha de clases, que lejos se encuentra de estar aferrada a los dogmas del desarrollo capitalista que nos imponían los lentes y manuales del marxismo vulgar, dogmático y burocrático de la URSS, el PC chino y la mayoría de PC en nuestro continente.

     Fidel vivió los acontecimientos políticos que iban delineando el enfrentamiento de clases, creativo, heroico -como definiera Mariátegui-, en nuestro continente. Se enfrentó con la dictadura del imperialismo, es decir el dominio, el ejercicio y la detención de las relaciones de poder favorables a los ricos y poderosos.

     Se enfrentó no tan solo a la dictadura de Batista sino que también confronto a la dictadura de Trujillo, participó del Bogotazo en Colombia, vio como los pueblos que se levantan eran aplastados o incluso más perversamente sin siquiera poder levantar la bota capitalista que azotaba sobre sus cabezas una y otra vez. Ante la  disposición histórica del imperialismo, colonizador y monopolista, encontró en José Martí y en algunas apuestas del Partido Ortodoxo puertas para el desarrollo de un pensamiento y practica crítica (pues la historia del Partido Comunista -PSP en Cuba-, y los análisis de las acciones del 26 de Julio de parte de los Partidos Comunistas en el mundo, nos indican la condena irrisoria a las “tácticas aventuristas” de Fidel y los cubanos). Para comprobar tales afirmaciones, basta con leer las publicaciones de aquel tiempo del diario chileno El Siglo y sentir el asco del oportunismo proveniente de estos funcionarios de la burguesía.

     Pero la dictadura de Batista le mostró que no hay doble camino. Para que exista una revolución verdadera, se triunfa o se muere. Y así, Fidel funda el Movimiento 26 de Julio, se funde en los colores de Sandino, de las luchas heroicas del anarquismo y del movimiento obrero en general.  Va delineando así sus piezas en el escenario de la guerra revolucionaria.

     Y aquel 26 de Julio en Santiago de Cuba, estos jóvenes hermosos, dignos, valientes que emprendieron el ataque a los Cuarteles de Céspedes y del Moncada, allí desde donde Martí señalo que se iniciaría el camino del triunfo revolucionario, abrieron un camino de esperanza para los revolucionarios en el continente.

    Podemos fallar, lo haremos y jamás seremos ajenos a aquello, pero la justeza de nuestra lucha, sus métodos, su proyecto histórico, su moral será siempre la bandera estoica de que no tenemos nada que perder. Se forja el Patria o Muerte y Fidel nos muestra un camino: no necesitamos de vuestro apoyo burgués, no necesitamos de vuestro consentimiento para desarrollar la necesaria revolución. La revolución es posible y la hacen, la impulsan los pueblos, sus organizaciones políticas junto a sus individuales más sobresalientes. Y, por supuesto, que aquel consentimiento queda minimizado cuando Fidel se levanta y se defiende ante los tribunales imperialista. La historia me absolverá proclamó y vaya Fidel, vaya que si te absuelve el pueblo en todo el mundo.

La revolución contra el Capital

     La revolución cubana es ese caso que todo marxista dogmático aún le cuesta asimilar. No tan sólo por el hecho de romper por vez primera -y de forma triunfante- con la supuesta tarea (más bien receta) de los explotados en completar el “desarrollo capitalista” para que se acerque nuestro levantamiento final, receta deformada totalmente de las experiencias bolchevique y china.

     Como bien señalo el Che en su Diario de Bolivia, la revolución cubana fue una revolución contra las oligarquías y contra los dogmas. No tan sólo por el hecho de que mostro -una vez más- que un pueblo que no es capaz de enfrentar a un enemigo feroz en todas las esferas de la batalla, especialmente, en el campo estratégico y militar, es un mero simulacro de lucha. La revolución cubana supo cristalizar en Nuestra América la circulación, producción y distribución capitalista y el fenómeno de la dependencia. El desarrollo del modo de producción capitalista en general está repleto de elementos que no pueden ser resueltos por recetas dogmáticas. Son los problemas de la lucha de clases los que debemos asumir concretamente para desarrollar los procesos revolucionarios, es decir, para cambiar todo lo que tiene que ser cambiado. Se trata de la cuestión de la independencia nacional, del problema de la renta, del trabajo y la producción de la tierra, del problema del Estado burgués y su eliminación más allá de la institucionalidad política, de la construcción socialista desde los rincones superexplotados y dependientes de este mundo.

     Y es aquí también donde encontramos la lección estratégica de Fidel: la guerra revolucionaria es expresión directa de la lucha de clases y debe estar alejada de todo “iluminismo” y no ser el “foco” de un núcleo de compañeras y compañeros aislados de las luchas del pueblo. La tarea de la vanguardia revolucionaria es ser el canal, el catalizador del movimiento obrero y popular para el desarrollo de la revolución, pues éste es un enorme y gigante proceso en donde son vertidos nuestros objetivos esenciales.

     Fidel, al igual que el Che, comprendió que las tareas fundamentales de la revolución empiezan con ese momento del triunfo revolucionario. Y vaya que nuestra izquierda vive separando el momento de la revolución de su preparación. Aquí Fidel se liga directamente con Lenin, con Lukács y con el propio Marx y Gramsci. La revolución no se espera, se empuja, se acelera, se impulsa desde la creación de los seres humanos y lejos de todo determinismo económico. Para que el pueblo alcance sus objetivos deberá y deberemos pasar por momentos dolorosos, de enfrentamiento férreo, sin claudicar, sin recetas ni sectarismos, con el pueblo, desde él y con la rabia revolucionaria que le permita enfrentar y derrotar al enemigo más que controlarlo a través de sus elementos supuestamente “progresistas”.

     Pero la revolución está lejos de ser un hecho lineal, prescrito y mecánico. Muchos se cuestionaban ¿Por qué no hay tránsito pacífico? ¿Por qué no hay un papel preponderante de la clase obrera? ¿Es correcto hablar de socialismo entonces? ¿Por qué no hay soviets? ¿Por qué no se triunfo por medio de la Insurrección y sí guerras de guerrillas? ¿Por qué participan más los militares que las “masas”? La revolución cubana no solo abre la ventana de las luchas revolucionarias, del marxismo crítico como bien señalaran los cubanos, con el acento en el rol de la conciencia, en la lucha contra la miseria y la enajenación, en el papel del sujeto revolucionario en las condiciones y situación histórico-concreta que enfrentamos. Asimismo muestra que no es un camino aislado; es el camino de lucha que emprenden los pueblos, el camino de China, de Vietnam, de Argelia, fue el fusil de Martí, de Sandino, el pensamiento de Mella, de Mariátegui, de Recabarren. Es la simbiosis de la revolución cubana, es la evocación histórica de la praxis revolucionaria de Fidel.

     Y esa rebeldía ante los dogmas no fue un desarrollo unilateral e inequívoco. Más allá de que no existía un partido-vanguardia “marxista-leninista” clásico antes de la revolución, más allá de la exigencia para la revolución de un capitalismo desarrollado, más allá de las tácticas “ultraizquierdistas”, la revolución no está, ni estará exenta de dificultades ni de desaciertos, pero es la transición socialista, un manantial de lecciones y muestras de revolución, de dignidad de un pueblo. Como diría Gramsci sobre los bolcheviques, ante toda lectura mecánica y economicista del Capital y del marxismo, se rebelan los cubanos y hacen la revolución desde el eslabón más débil, pero más valiente, más feroz, desde el hambre y amor de nuestro pueblo.

Fidel, el hombre y el arma

     ¿Quién mejor que Fidel para cristalizar tales decisiones de emprender el proceso socialista de la revolución con todo lo que significa? Y es cosa de leer su autocrítica del acercamiento irrestricto, desde finales de los años sesenta hacia la URSS. El problema de la burocratización, de la dependencia, del dogmatismo, del cálculo económico versus la planificación, que impulsara con fuerza el Che (como bien señalo Carlos Tablada en sus estudios económicos del argentino-cubano). Y es así que Fidel nos señala que debieron escuchar, prestar mayor atención a los elementos de crítica que había delineado el Che antes de caer en el impulso internacionalista que desarrolló Cuba, entre otras profundas autocríticas.

      Tal espíritu crítico, el espíritu partidario marxista por excelencia, el desarrollo fraterno de la crítica y la autocrítica, nos adentra a la moral, a la dignidad, el espíritu y la conciencia del pueblo cubano y  por supuesto la de Fidel. Es que como diría Giap, en El hombre y el arma, “la guerra exige de los combatientes un espíritu combativo más alto que en el caso de la guerra común. El espíritu continúa siendo el factor fundamental en la combinación entre el hombre y el arma”. 

     Es que por una parte tenemos un proceso revolucionario, una construcción socialista que dignifica con absoluta justeza a nuestro proyecto revolucionario. ¿Cómo no amamos esta isla, la tierra firme de Silvio, de Guillen, de Compay, de Buenavista? ¿Cómo no sentirnos orgullosos de que pese a un bloqueo genocida, criminal, pese a que la circulación de mercancías a nivel mundial en donde se prioriza por supuesto la producción de joyas o chatarra que el azúcar o la salud desvaloriza a Cuba y que con el deterioro de los socialismos reales más crítico se volvió, el pueblo cubano resiste de pie, digno, feliz, expresado en las sonrisas y lo saludable de sus niños, de sus abuelos, de su pueblo en el retroceso y en el avance de la revolución?  ¿Cómo no recordar con orgullo los triunfos heroicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en Cuba y por supuesto de los combatientes en la lucha contra la dictadura?

     Incluso junto al genocidio, la dependencia, vivir en una isla sin muchos recursos, colonizada y saqueada originariamente por cientos de años, en la Cuba revolucionaria no hay niños en la calle, no hay miseria, la pobreza puede verse desde la ausencia o vacío técnico, pero claramente la educación y la salud, la alimentación, el alfabetismo, la tranquilidad, alegría, y el respeto, son la expresión más sublime de cuáles son los verdaderos y esenciales alcances de la revolución.

     Por supuesto Cuba se encuentra lejos del ritmo vertiginoso del “progreso capitalista”, lejos de las tasas de suicidio, de marginalidad, de violencia y delincuencia, de insatisfacción y estrés, de opresión, traumas e injusticias. Tal realidad, la calidez de un pueblo digno, la igualdad social –más allá del turismo y la mitología burguesa sobre Fidel- la educación, la cultura y el sentimiento revolucionario, martiano, fidelista, son expresión heroica del proceso de transición socialista que debemos mirar con mayor atención en lo rico y múltiple de sus elementos.

     Y esa es la moral revolucionaria ¿Cuáles otros pueden ser los objetivos de nuestra revolución? Ver a nuestros niños sanos, educados. Ver a nuestro pueblo soberano y organizado. No ver violencia, trafico, competencia. Es aquí donde Roque Dalton se vincula con Fidel y la revolución cubana, pues la revolución la hacemos sencillamente, en palabras del salvadoreño, para eliminar el hambre de los que tienen hambre, esto es Nuestro Socialismo.

Fidel y la transición socialista

     Ahora bien, la transición al socialismo no son ideales, no son escenarios que evolucionan linealmente hacia el “progreso”. Fidel, el papel del sujeto en la revolución, la propuesta revolucionaria de los cubanos se encuentra lejos de un desarrollo lineal que solamente conoció y conocerá avances y no retrocesos.  Ya nos lo enseño Lenin con la NEP, nos enseño Fidel con su autocrítica al periodo en que se abrazo dogmáticamente a la URSS, el retomar la crítica antiburocrática (uno de los grandes problemas de la revolución, el vinculo, el aceite de los órganos revolucionarios del Poder de los trabajadores), la aceleración en borrar las categorías capitalistas, esa vuelta a la crítica económica, política y ética de la propuesta revolucionaria del Che, que autocríticamente se hizo Fidel nos muestra que las transiciones están lejos de ser guiones escritos para un desarrollo lineal e ideal.

     Pero ahí se planta estoico nuestro hermano, nuestro comandante, nuestro Fidel. Y sin dudar no podemos olvidar aquellos, los momentos más difíciles, en el contexto de una Guerra permanente, donde por supuesto muchas veces más importante que estudiar los alcances y debates de la transición, es planificar mil veces la defensa de la revolución, pues aunque las posiciones son importantes como señalara el Che, la revolución en un solo país está lejos de poder resolver la destrucción del capitalismo por sí solo.

     Se ha dicho que aún no se terminan de dimensionar los alcances e influencias de la revolución burguesa de 1789 y durante el siglo XIX. Nos encontramos ad portas de celebrar 100 años de la revolución bolchevique de Octubre y ¿podemos cerrar por ende los alcances y dimensiones de la revolución cubana? La transición es esto, avance, retroceso, conciencia, hombres y mujeres construyendo, en la tempestad muchas veces, como lo fue aquel periodo especial, la vida nueva, la nueva sociedad.

     Así y todo Cuba no tan solo ha conquistado los derechos sociales con los que soñamos un día entregar a nuestros pueblos.

    Fidel diseña e impulsa el internacionalismo proletario en su expresión más alta de dignidad y entrega. Y sin titubeos, orgullosos levantamos el ejemplo internacionalista de Fidel, de Cuba, del Che, dirigir, participar, solidarizar, ayudar y acompañar a los revolucionarios del mundo –siempre y cuando por supuesto los avances y retrocesos de la transición en Cuba lo permitieran (aunque dignarse a criticar la política internacional de los cubanos, especialmente las ultimas décadas, sin siquiera acercarnos a cumplir la tarea es ciertamente complejo).

     No creemos que  haya una exportación de la revolución. Como lo señala la II Declaración de La Habana, programa de nuestra revolución latinoamericana, en el capitalismo la revolución brota desde los poros de nuestras tierras, son las contradicciones, son los pueblos que hierven sus contradicciones como la lava de la cordillera, por lo mismo Cuba  es y será el ejemplo más digno del quehacer revolucionario, acompañar y morir junto a los pueblos en lucha, en pie de combate, sin pedir nada a cambio. Y no tan solo una pelea por el poder, las misiones de salud, de solidaridad, de voluntarios, de educadores ¡y si, todo bajo el mismo contexto de guerra, bloqueo y el complejo proceso de transición en un solo país!

     No es nuestra intención ilustrar logros, ilustrar la altura revolucionaria de Fidel, y agrandar el vacío físico pero a la vez también agrandar su presencia histórica en nuestros proyectos de revolución socialista, entendemos pues que los desafíos de la revolución cubana siguen abiertos y asumir tales desafíos son nuestras tareas.

     El momento histórico es de evidente retroceso, tal vez necesario, explicable, pero donde también se nos sigue mostrando el ejemplo de dignidad de la dirección revolucionaria. Las posiciones de los comunistas cubanos no son homogéneas respecto a cuáles son los movimientos a seguir -¡pero para los ingenuos, escépticos y dogmáticos!- movimientos dentro del proceso de transición socialista, de seguir luchando y construyendo la sociedad desde y para los humildes, los pobres, los explotados y humillados. Acompañar a la Cuba revolucionaria ira de la mano irrestrictamente de avanzar como clase trabajadora en cada uno de nuestras países dominados por el capitalismo.

     Y esta situación política por supuesto se propiciara en la medida en que podamos asumir el ejemplo de Fidel, el fusil de Guevara y prepararnos como pueblo para las futuras batallas. El faro revolucionario de Fidel, del Che, de Cuba se encuentra allí, encendido, siendo una invitación luminosa para seguir nutriendo nuestra praxis revolucionaria.

fidel-guayasamin

 

 

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