Revista Nuestra América

MARXISMO CRÍTICO

La psicología del derrotado

 

 

La psicología del derrotado

Por Ignacio Abarca

Militante de la Izquierda Guevarista de Chile

Enero de 2017

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Introducción.

Litros y litros de tinta se han vertido en hablar sobre la crisis del capitalismo. Que la crisis financiera, que la crisis de la burbuja inmobiliaria en 2007-2008, que la caída del dólar. No se sabe cómo cada año que viene es el más crítico en la historia del capitalismo –para el propio sistema- según los analistas marxistas apocalípticos. Pero poco nos hemos preocupado de pensar y escribir acerca de la crisis del proyecto revolucionario, acerca de la crisis del socialismo, que es más profunda, más grave y de un alcance histórico más significativo que la crisis del capitalismo. Si no reconocemos este problema crucial, nunca vamos a dar respuestas políticas adecuadas a la necesidad histórica de la revolución.

Aunque no es el tema central de esta nota el indagar por qué sucede eso, diríamos que existe en el análisis, en la concepción de la realidad, por un lado, un problema metodológico, y por otro, un problema moral. Metodológicamente, consideramos que no es propio del marxismo obtener lecturas de la realidad casi exclusivamente –o siquiera principalmente- a partir de la estadística económica. Más bien, el momento de las relaciones económicas, productivas o financieras es un condicionante más entre un conjunto de relaciones que configuran una situación de la lucha de clases; siendo el más relevante para explicar la balanza de la lucha de clases, sin duda, el grado de organización, de cohesión moral y subjetiva y de consciencia de una clase para enfrentarse e imponerse sobre otra antagónica, es decir, el estado de la consciencia para sí de la clase proletaria. Y moralmente, es evidente que tenemos un problema en la militancia de izquierda o revolucionaria donde carecemos de un espíritu autocrítico, más honesto, más franco y sobre todo más consecuente con el desafío que voluntariamente decidimos asumir. En palabras sencillas, el tránsito de la militancia revolucionaria del hobby a la profesión tiene que obligarnos a dejar de mirarnos el ombligo y levantar la frente al horizonte, abandonar para siempre la autocomplacencia y exclamar: el problema somos nosotros, el problema soy yo.

Preguntas disparadoras.

Con este ánimo es que quisiera plantearme las siguientes preguntas como gatilladoras de un debate y una reflexión profunda en el seno de la izquierda revolucionaria, las cuales han ido surgiendo de la mano y en discusión –muchas veces intensa- con mis compañeros y compañeras de organización:

¿Por qué los revolucionarios no logramos unirnos, aunque sea para efecto de potenciar la actividad táctica?

¿Por qué no somos una única propuesta para la clase trabajadora, o al menos, un grupo de propuestas más articuladas e integradas?

¿Por qué los revolucionarios no constituimos un único proyecto, o como mínimo, un proyecto que englobe varios proyectos?

¿A qué se deben las dificultades para consolidar ese proyecto, robustecerlo, profundizarlo, desarrollarlo y dotarlo de continuidad?

¿Por qué las ideas revolucionarias no calan ampliamente en las conciencias –siquiera- de los propios sectores movilizados del pueblo trabajador?

¿Por qué motivo, por lo general, llegamos tarde y mal parados a las coyunturas de lucha de nuestra clase?

¿Por qué razón, en definitiva, el proyecto revolucionario está en crisis?

La psicología del derrotado.

Solo para arrancar este debate, vamos a atrevernos a tirar una primera piedra. Diría que una línea posible de explicación de las cuestiones arriba planteadas dice relación con que la izquierda revolucionaria chilena –como el mismo pueblo trabajador, porque somos expresión de las condiciones reales del pueblo- expresa de manera contundente y prácticamente transversal lo que podríamos entender como la psicología del derrotado. Es decir, un efecto o un impacto tan profundo y tan potente en la “psicología”, en la subjetividad –social-, provocado por la derrota categórica de los socialismos y los proyectos revolucionarios a escala mundial a finales de la década de los 80’ e inicios del 90’, con la consiguiente correlación desfavorable hasta la actualidad, que reproducimos a cada paso en las dinámicas sociales la derrota, el trauma –en el contexto de una feroz dictadura militar- y la impotencia.

Ya sea que hablemos de los militantes de la época de la dictadura –mayores de 45 años-, los de la “generación perdida” de los 90’ –entre 35 y 45 aproximadamente- o los militantes productos de los nuevos ciclos de movilizaciones de masas entrando al siglo XXI –menores de 35-, me atrevo a sostener que se manifiesta un patrón común. En general, como condicionante subjetiva del período, se expresa el fenómeno de la psicología del derrotado. Como un intento de análisis, la psicología del derrotado se manifiesta en las siguientes tendencias fundamentales:

1. Un orgullo o auto-concepto profundamente dañado, por lo tanto la respuesta frente a ello es: a inmiscuirse en la vergüenza o la inseguridad, coartando por supuesto la capacidad de acción; o bien a sobre-relevar o magnificar desmesuradamente e ilusoriamente los atributos propios. Es perfectamente común que la respuesta ante la inseguridad o la degradación del orgullo propio sea, de manera no completamente consciente y deliberada, expresar un aparente sobre-seguridad.

2. Un anhelo de poder o sed de dirección. Como no se posee, conduce ni controla prácticamente nada de poder, la tendencia es a construir imaginarios de poder o un poder ilusorio, al cual el militante o la organización se aferra como si fuera un poder en realidad.

3. Sectarismo, fanatismo y auto-referencia. Se incurre en una dinámica de competencia destructiva porque, aunque el discurso prometa lo contrario, el objetivo político o el “norte político” se han convertido en ilusión, en dogma, en fetiche, en ideología. El objetivo de la praxis ha dejado de ser la revolución misma y pasan a superponerse los elementos ilusorios, los componentes de la ideología.

4. Quizás el factor más importante a mi parecer, se encuentra castrada o sumamente menoscabada la capacidad creativa del activo militante. La derrota moral, la derrota subjetiva, el aniquilamiento subjetivo, la castración intelectual o la eliminación –física o no- de los intelectuales orgánicos en el país, se manifiesta antes que todo en la incapacidad de crear política, vale decir, de pensar profundamente la totalidad, de diseñar política y proponer líneas concretas de acción. Entonces tenemos, de modo abundante, mentes que no producen; a lo más, que recuerdan y repiten. Pero que no crean, lo cual conlleva que el proyecto revolucionario –las ideas revolucionarias- no emerja ni penetre en las consciencias de las masas.

Por si acaso, algunos/as dirán: es que hace falta perfeccionar la acción política, la práctica; las mejores ideas sin práctica no son nada. Pues claro, nada nuevo desde Aristóteles. Pero es que falta mejorar o afinar la orientación política de nuestra acción, combinando lo simple con lo complejo, lo concreto con lo abstracto, el presente –continuidad histórica del pasado- con el futuro, lo inmediato con lo mediato. Y ese es un ejercicio fundamentalmente intelectual.

5. De la mano con lo anterior, se halla igualmente malograda la capacidad para entender el proceso histórico real, concreto. Y no lo que uno desea o se imagina que es la historia y la forma como se mueve. Por lo tanto, las respuestas o las soluciones políticas una y otra vez van a ser defectuosas e inadecuadas a los contenidos del proceso histórico y los ritmos del mismo.

Algunas líneas posibles de superación.

Principalmente, me proponía visibilizar este problema. Ahora bien, intentaré arrojar a su vez algunas líneas generales de posible superación:

Para salir de esta fase de empantanamiento, necesitamos sí o sí avanzar en la comprensión prístina de los procesos históricos. Para ello el estudio dedicado, la formación marxista, la discusión colectiva y la actividad militante son y van a ser determinantes.

Necesitamos recuperar, desarrollar y redoblar nuestra capacidad creativa. Debemos ser capaces de producir nuevamente una generación de cuadros, de militantes creativos, de intelectuales orgánicos de la clase trabajadora.

Asimismo debemos, con urgencia, sepultar la competencia destructiva y autodestructiva entre organizaciones de la izquierda y de la franja revolucionaria y avanzar en dinámicas de cooperación o trabajo mancomunado en función de los intereses y las aspiraciones de nuestra clase, que no son otra cosa que nuestros propios objetivos.

También, abocarnos abnegadamente al desarrollo de las fuerzas propias de nuestra clase trabajadora. Nuestra fuerza organizativa o partidaria solamente es y será un correlato de las fuerzas reales de la clase, en lucha y organizadas. Cualquier otra cosa es justamente una ilusión de poder.

Por último, reconocernos a nosotros mismos en el pueblo trabajador e identificarnos con su auto-concepto. Ser uno mismo, moral y subjetivamente, en el arduo pero maravilloso proceso de lucha y organización de las fuerzas de los explotados y oprimidos.

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